90 años del Obelisco porteño

Ese trozo de tiza en el pizarrón de la noche
El 23 de mayo de 1936, en una Buenos Aires que se pensaba a sí misma moderna, cosmopolita y en expansión, apareció una figura que desde entonces perfora el cielo porteño como una certeza: el Obelisco. Nació para conmemorar los 400 años de la fundación de la ciudad y tardó más de ocho décadas en ser reconocido como monumento histórico nacional, un título que recién llegó en 2019. Para entonces ya era otra cosa: un tótem urbano, un punto de fuga para la mirada, un escenario donde la ciudad se celebra, se protesta, se abraza o se incendia de euforia, de rabia, de emoción.

El Obelisco es, desde hace 90 años, un punto de encuentro y un punto de partida. Una marca en el mapa emocional de quienes viven y transitan Buenos Aires. Postales, películas, recuerdos personales: todo lo que pasa por la ciudad, de algún modo, lo atraviesa.

Un año atrás, el Gobierno porteño decidió concesionarlo para convertirlo en un mirador turístico privado. La discusión sobre su destino volvió a encenderse: ¿Qué se privatiza cuando se privatiza un símbolo? ¿Qué parte de la memoria colectiva queda en manos de quién?

Un año después, este 2026, para celebrar su aniversario número 90, la ciudad organizó La Noche del Obelisco, una edición especial del programa Corrientes 24HS que aspira, en esta noche fría, a transformar la avenida en una fiesta a cielo abierto. Celebración que, como siempre, lo tendrá a él en el centro, iluminado, quieto, testigo.

Breve historia del Obelisco
En 1936, el intendente Mariano de Vedia y Mitre firmó el decreto que daría origen a la obra. Buenos Aires atravesaba un proceso de modernización urbana: el ensanchamiento de la calle Corrientes, la apertura de la avenida 9 de Julio, la creación de la Plaza de la República. El Obelisco debía levantarse en el lugar exacto donde flameó por primera vez la bandera argentina, en la torre de la iglesia de San Nicolás de Bari, el 23 de agosto de 1812. Para construirlo, la iglesia fue demolida junto con otros edificios vecinos.

El proyecto quedó en manos del arquitecto Alberto Prebisch, recién regresado de Estados Unidos y empapado de las corrientes modernistas. Su diseño —inspirado en los obeliscos que había visto en París— buscaba una geometría pura, casi ascética, que dialogara con la idea de una ciudad que se proyectaba hacia adelante. La obra se levantó en apenas cuatro semanas —sí, estimado lector o lectora, leyó bien, tan solo un mes—, con 157 obreros y un costo de 200.000 pesos de la época. El 23 de mayo de 1936 fue inaugurado.

Pero no todos lo celebraron. Su estilo moderno generó polémicas feroces entre quienes defendían la renovación urbana y quienes lo consideraban un cuerpo extraño, una excentricidad innecesaria. El 13 de junio de 1939, el Concejo Deliberante llegó a votar su demolición, argumentando razones estéticas, económicas y de seguridad: algunas placas de su revestimiento original se habían desprendido. El Poder Ejecutivo vetó la ordenanza y el Obelisco sobrevivió.

Desde entonces, resistió críticas, tormentas, intervenciones artísticas, celebraciones multitudinarias, derrotas deportivas, reclamos sociales y rituales espontáneos. Está a punto de verse si resiste, también, su absurda privatización. Lo cierto es que «ese trozo de tiza en el pizarrón de la noche», como lo definió el poeta, se convirtió en símbolo sin proponérselo.

Hoy, a 90 años de su construcción, el Obelisco sigue ahí: firme, vertical, obstinado. Un trazo de tiza señalando el corazón de la ciudad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *