Las grietas de Santa Catalina
La vieja ciudad que asoma cuando el negocio inmobiliario empuja
Durante días, las misas salieron al atrio y el templo quedó en silencio. A partir de esas puertas cerradas, el monasterio de Santa Catalina volvió a encender una discusión que Buenos Aires arrastra desde hace décadas: qué significa proteger un edificio histórico en una ciudad que interviene, densifica y transforma incluso allí donde el pasado sigue siendo una presencia física.
Una escena mínima para un conflicto mayor
En la esquina de San Martín y Viamonte, donde el bullicio del microcentro parece sonar como una máquina que nunca se apaga, durante varios días se abrió una escena extraña: un altar montado sobre el atrio, un puñado de fieles reunidos al aire libre y, detrás, las puertas cerradas de uno de los conjuntos religiosos más antiguos de Buenos Aires. No se trataba de una puesta en escena o una postal inusual. Sino de una interrupción. Como si, por un instante, la ciudad se hubiera visto forzada a detenerse frente a algo que ya estaba ahí antes de sus torres, sus oficinas y su tránsito apurado.
La razón de ese repliegue fue concreta y alarmante a la vez: nuevas grietas, un diagnóstico preventivo de riesgo estructural y la necesidad de cerrar el templo. A partir de ahí, lo que parecía un episodio edilicio adquirió otra densidad. Las autoridades de Santa Catalina atribuyeron las rajaduras al avance de la peatonalización de Viamonte, con sus excavaciones, vibraciones y remoción de calzada frente al edificio colonial. El Gobierno porteño respondió que las fisuras eran preexistentes. En esa disputa técnica se filtró, casi de inmediato, una pregunta profunda: ¿Cómo se transforma una ciudad vieja sin quebrarla?
La intervención del arzobispo Jorge García Cuerva terminó de sacar el caso del terreno estrictamente técnico. Frente al templo cerrado, habló de “riesgo estructural” y advirtió que si una obra de peatonalización ya había puesto al edificio en tensión, una construcción de mayor escala en la misma manzana podía resultar todavía más agresiva. La frase condensó algo que alrededor de Santa Catalina se sabe desde hace tiempo: cada daño visible activa una memoria de expedientes, litigios, proyectos demorados y alertas patrimoniales que nunca terminan de disiparse.
La pericia estructural pendiente dirá, con lenguaje de ingeniería, qué parte del daño puede atribuirse a la obra sobre Viamonte y qué parte responde a fragilidades anteriores. Pero incluso antes de que llegue ese dictamen, el episodio ya dejó expuesta otra verdad menos técnica y más urbana: los edificios históricos no se deterioran solo por abandono. A veces se resienten, también, porque el presente los rodea con una intensidad para la que nunca fueron pensados.
Lo que persiste en esa esquina
Santa Catalina fue inaugurada en 1745, cuando Buenos Aires era una ciudad de edificaciones bajas, con límites difusos y ritmos coloniales. Nació como el primer monasterio femenino de la ciudad y durante más de dos siglos funcionó como un espacio de clausura, oración y vida comunitaria. Que hoy sobreviva en pleno microcentro no es solo una rareza arquitectónica: es la persistencia física de otra temporalidad, una porción de ciudad anterior a casi todo lo que la rodea.
En sus claustros, patios, muros de ladrillo y cal, rejas, galerías y piezas artísticas coloniales, el conjunto conserva algo más difícil de nombrar que la simple antigüedad. Conserva espesor. Conserva materia. Conserva una forma de experiencia urbana que Buenos Aires fue perdiendo a medida que se elevaba, se aceleraba y se volvía una capital de oficinas, tránsito y recambio permanente. Incluso su paso por la Segunda Invasión Inglesa lo volvió parte de una memoria que desborda lo religioso y lo inserta en la larga biografía de la ciudad.
La iglesia fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1942 y el monasterio recibió esa protección en 1975. Sin embargo, el conflicto actual vuelve evidente una paradoja conocida: las declaratorias protegen el objeto, pero muchas veces no alcanzan para defender la atmósfera, la escala ni la delicadeza estructural de aquello que resguardan. En una trama urbana bajo presión, la amenaza no siempre llega en forma de demolición. A veces aparece como vibración, excavación, sombra o sobrecarga del entorno.
La disputa por el borde
Por eso el problema no empieza ni termina en las grietas. Desde hace más de una década, el lote lindero —esa parcela estratégica entre Viamonte, Reconquista y avenida Córdoba— funciona como un territorio en disputa donde se superponen expedientes, cautelares, proyectos frustrados y objeciones patrimoniales. Durante años allí hubo una playa de estacionamiento. Pero bajo esa imagen anodina persistía otra cosa: un suelo históricamente ligado al antiguo convento y cargado de implicancias que el paisaje presente no alcanza a revelar.
La secuencia de proyectos dice bastante sobre la forma en que Buenos Aires procesa sus zonas sensibles. En 2011 se autorizó en esa manzana una torre de gran altura que luego fue frenada judicialmente. Después aparecieron otras variantes urbanísticas que tampoco prosperaron. La propuesta más reciente pertenece a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, que en 2025 presentó la idea de construir allí un gran templo mormón con espacio verde de acceso público y estacionamientos subterráneos. Cambian los diseños, cambian los actores, cambian las justificaciones. Lo que no cambia es la pregunta: ¿Cuánto peso adicional puede soportar un borde histórico antes de empezar a ceder?
La controversia volvió a ganar velocidad cuando una cautelar de primera instancia suspendió la Disposición 1957/24 de la Dirección General de Interpretación Urbanística, que había considerado factible el uso del predio como local de culto. La jueza Andrea Danas entendió que, por la magnitud del emprendimiento, el expediente debía pasar por la Legislatura porteña mediante doble lectura y audiencia pública. La Cámara revocó luego esa decisión y reabrió el trámite. Desde entonces, cada resolución parece decir algo más que lo que formalmente resuelve: habla de los límites del control público, de la elasticidad de las normas y de la dificultad para construir consensos cuando patrimonio y desarrollo entran en fricción.
Para las organizaciones patrimonialistas, el caso resume una doble presión sobre Santa Catalina. Por un lado, la obra pública que ya habría producido daños visibles o, al menos, expuesto crudamente la vulnerabilidad del edificio. Por otro, la posibilidad de una intervención privada de gran escala en un entorno que especialistas y activistas urbanos consideran extremadamente sensible. Entre ambos frentes, la manzana funciona como un laboratorio involuntario de una pregunta recurrente en Buenos Aires: ¿Cuánto patrimonio está dispuesta a conservar la ciudad cuando conservar implica renunciar a parte de su lógica de transformación permanente?
Santa Catalina volvió a quedar en ese punto incómodo donde el patrimonio deja de ser una postal y se convierte en una discusión sobre poder, velocidad y límites. Las grietas obligaron a mirar de cerca un edificio que estaba ahí desde antes de la Argentina, pero también hicieron visible algo más contemporáneo: la dificultad de la ciudad para convivir con lo que no puede absorber del todo ni reemplazar sin costo. Tal vez la pericia estructural establezca pronto si los daños fueron causados, agravados o simplemente expuestos por la obra sobre Viamonte. Aun así, el asunto de fondo seguirá abierto. Lo que se juega en esta manzana no es solo la estabilidad de un monasterio colonial, sino la manera en que Buenos Aires decide qué hacer con aquello que todavía le recuerda que no todo empezó con el presente.
