El alma no come vidrio
La crudeza del encierro y la potencia de la escena
En escena, pequeños gestos denotan vestigios de violencia en los cuerpos. Un dedo que se mueve de manera repetitiva, ojos que buscan ser mirados, músculos tensos ante bombas continuas que explotan cerca de la piel. Cuerpos que tiemblan y respiran, pero que también danzan y cantan en la crudeza del encierro. Cuerpos que hablan. Cuerpos con hambre que no pierden la ternura y que resisten al despojo de aquellos que regentean el hospicio.
por Mei Kisz
Una médica psiquiatra trabaja en el lugar. Ella, desahuciada por la violencia y el olvido en el que viven las personas que habitan ese encierro, pide ayuda a una poeta. Así, estas dos mujeres, ideadas por Vicente Zito Lema y en esta ocasión dirigidas por Daniela Catz para la producción teatral “El alma no come vidrio”, emprenden un viaje hacia las profundidades de aquellos seres invisibilizados por la sociedad, personas que, entre la locura y la poesía, se muestran ante el público como cuerpos potentes que permanecen entre sueño y realidad.
La obra, que puede verse los domingos de junio a las 20:30 horas en el espacio Timbre 4, ubicado en Boedo 640, expone las grietas que quedan en la psiquis de los sobrevivientes de la crueldad. Así, se expresan las palabras de una madre a la que le arrebataron a su bebé, de amantes cuyos amores están en vilo y de un eterno combatiente de la guerra de Malvinas. En todas estas historias, tanto por las formas que adquiere la narrativa como por el contenido mismo, las huellas del trauma se exponen y se combinan con el dolor que se profundiza ante la desidia del lugar en el que pasan sus días. Un espacio que Vicente Zito Lema conoció como periodista, defensor de los derechos humanos y poeta, en especial por su búsqueda por reencontrarse con Jacobo Fijman, poeta al que había perdido el rastro, pero que, según decían, podría estar en un hospicio.
Así, aparece una certeza: las voces que trae Zito Lema en su escrito “El alma no come vidrio” son construcciones testimoniales. Si bien la ficción opera con sus artificios, lo que se transmite es verídico. Y a esto se suma el movimiento indagatorio de la compañía de teatro que representa la versión escénica. El grupo, dirigido por Daniela Catz, en su búsqueda por reconocer los gestos de la locura, asistió a espacios que trabajan con la salud mental. “Fue importante tomar nuestro trabajo con seriedad. No queríamos subirnos al escenario a ‘hacernos los loquitos’, sino a representar con veracidad a este universo”, dice Daniela Catz en comunicación con Periódico VAS.
No es la primera vez que la directora trabaja con esta obra. Ella ya había utilizado el texto “El alma no come vidrio: los manifiestos de la locura” (Ed. Topía 2026) hace diez años en una muestra de fin de año de estudiantes. Y hace poco, a raíz de que tuvo muchos alumnos con tratamientos psicológicos, psiquiátricos o TDHA, volvió a su recuerdo esta producción que, además, por la cantidad de personas que requiere en escena, se vuelve ideal para grupos de 20 personas que desean hacer una representación teatral. Así, Daniela hizo la propuesta; el grupo de estudiantes avanzados se entusiasmó y pidió los derechos del texto a Regine, la mujer de Vicente —porque Vicente ya había fallecido—. Así, a partir del trabajo que realizan hace más de un año, esta grupalidad teatral trae la voz de Vicente Zito Lema ante el público y reaviva el interés del poeta por hablar de la salud mental desde el arte. “Porque Shakespeare nos sigue hablando, Brecht nos sigue hablando, y Vicente Zito Lema nos sigue hablando”, dice Daniela Catz, para quien el teatro es un refugio muy grande y una herramienta potente a la hora de pensar la salud mental.
En escena, la locura no aparece como un espectáculo para ser observado desde la distancia, sino como una experiencia profundamente humana. Cada personaje arrastra dolores que exceden las paredes del hospicio y que dialogan con una sociedad que muchas veces margina aquello que no comprende. La puesta evita caer en estereotipos y apuesta, en cambio, por construir sensibilidad. Las actuaciones están sostenidas en una escucha colectiva que vuelve tangible el sufrimiento, pero también la necesidad de afecto y compañía.
La música y los movimientos corporales funcionan como extensiones de aquello que las palabras no alcanzan a nombrar. Hay gritos, silencios, canciones y respiraciones compartidas que convierten la escena en una experiencia inmersiva. Esto se refuerza por la presencia de la poeta, que atraviesa al público para insertarse en el escenario. La obra interpela. Una sale con más interrogantes de los que ingresó.
Así, aparecen incomodidades sociales. Porque, en realidad, en nuestro presente,
¿Qué lugar ocupan en la sociedad aquellos cuerpos considerados improductivos? ¿Cómo aparecen sus voces en nuestras mentes? ¿Esas voces son escuchadas o acalladas? ¿Reconocemos los cuerpos de aquellos que han sido históricamente marginados? Así, desde la poesía y el teatro, “El alma no come vidrio” propone una mirada sensible sobre la salud mental y devuelve humanidad allí donde históricamente hubo abandono.
¿Regine, la compañera de Vicente, fue a ver la obra?
Daniela: Sí. Y nos dio una devolución muy cálida. Dijo que veía a Vicente en mis ojos de directora y en los ojos de los actores. Y que creía que lo que hicimos con una versión de sus obras es lo que Vicente hubiera hecho hoy.
La obra hace que parezca que Vicente nos sigue hablando. Hay algo en el modo de enunciar que reaviva su voz. Y, además, todo es tan actual. Temas como la salud mental en especial, pero también el amor, el arte, la vida.
D: Vicente aún nos habla. Y no es tan conocido como se merece. Pero sus obras están vigentes así como su trabajo por los derechos humanos, junto a las Madres, y, en especial en este caso, sus ideas sobre la salud mental.
Además, no es menor pensarlo en este contexto. En este momento de este gobierno en el que las personas, en especial las que tienen alguna discapacidad o trastorno, son más un gasto que una persona, ustedes traen esa voz de Vicente que muestra lo humano. Representan una obra sobre lo humano de las personas en el encierro.
D: Lo humano de las personas en el encierro y también hay algo de la salud mental unida al mundo teatral. Porque el teatro es un refugio muy grande. Hay gente que llega porque la manda su psicólogo a hacer teatro. Y en cada encuentro se trabajan un montón de cosas, a veces se sanan otras, porque trabajamos con conductas, con vínculos, con acción.
En la obra aparecen dos personificaciones fuertes: la medicina y la poesía. Podríamos sumar, entonces, el teatro. ¿Cómo es esa relación entre medicina, poesía y teatro?
D: Son cosas que tienen que estar juntas sí o sí porque somos cuerpo, somos voz y somos alma. Todo está unido.
¿Cómo fue el trabajo de investigación para representar esa realidad de la que hablan?
D: Investigamos mucho para hacer este trabajo. Fuimos al Moyano; hablamos con distintas personalidades del mundo de la psiquiatría, de la psicología. Porque lo que se muestra, por ejemplo, es a una persona que tiene una psicosis determinada, o a un militar que quedó aferrado a Malvinas porque le siguen explotando las bombas cerca. Entonces hay que estudiar los matices y los colores particulares de cada situación.
Uno de los personajes, el que regentea el hospicio, tiene un libro de Hitler. Por un lado, qué interesante cuánto puede decir un objeto cuando no es solo decorado. Pero, por otro lado, ¿les fue muy difícil conseguir ese libro?
D: Lo venden en Once, en los quioscos. O en Primera Junta. Y, sí, este personaje en la obra, así como Hitler en su momento, lo que hace es deshumanizar. No les da lo básico a los que habitan en el lugar que él dirige. Y cuando no le das ni baño ni comida ni limpieza a una persona durante un tiempo determinado, esa persona se deshumaniza. Eso lo que trae, a corto plazo, es una conducta irracional.
En medio de eso, una poeta que irrumpe desde el público.
D: La poeta sale del espectador. Es la visitante, la que no tiene nada que ver con ese mundo y se va metiendo. Y es la que salva a la médica, que está metida solo en el lugar de la medicina. La poeta la salva de la realidad más cruel. Y es importante que salga desde el público, porque es una propuesta hacia todas las personas. La poeta invita a mirar con otros ojos.
Foto de portada: Timbre 4
