Ni Una Menos: A Luchar por Todas

El 3 de junio nos encontró nuevamente rabiosas: así como hace 11 años el femicidio de Chiara Páez sacudió y motorizó la masiva manifestación, esta vez fue el de Agostina Vega el que encendió la mecha. Estamos hartas porque vivas nos queremos.

por Jesi Farías.

Paula llegó desde Merlo. Laburó todo el día en su estudio y arribó a la Ciudad de Buenos Aires cuando Avenida de Mayo ya estaba cortada y copada por miles y miles. Junto a varios grupos, se sumó a la peregrinación que bajaba desde 9 de Julio hacia el Congreso con banderas, con bronca, pero también con abrazos y muchos cantos. “Decidí participar —me cuenta— porque me pude acomodar a nivel laboral y porque era muy necesario estar acá, hacerme presente activamente, no ya desde las redes o desde otro lugar. Tenía la necesidad de estar presente, de unirme. Es urgente que esto deje de pasar”. A su lado, dos chicas desplegaban un cartel que decía: “Les prometo que un día vamos a llegar a tiempo”. Hubo que hacer fuerza para aclarar la garganta, llena de nudos, luego de leerlo.

Un rato después de caminar, de volver a ver a las pibas en la calle y también a algunos varones, le pregunté a Pau cómo se sentía: “Con mucha bronca y, a la vez, mucha compañía”. Y siguió, mientras dábamos unos pasos más hacia la Plaza del Congreso: “También muy acompañada, sin conocer ni saber quiénes están alrededor. Pero estamos todas en la misma. Siento mucha bronca, mucha decepción después de tantos años de lucha, porque hay un retroceso en todo lo que se había logrado”.

¡Necesitamos fundar un pueblo nuevo, ya!

Mucho se dijo —y se dice— sobre que nos pasamos tres pueblos, pero ¿de qué hablan? ¿Les parece tanto todo lo que construimos? Pedimos lo básico: derechos para vidas libres de violencia, dignas, felices, desendeudadas. ¿Tanto miedo les da? Parece que sí, porque en todos estos años impulsamos luchas, políticas públicas, leyes, herramientas ¡y tanto más! ¿Qué nos pasamos tres pueblos? Queremos uno nuevo y el viejo, ¡qué arda!

“La marcha se hizo después de un ataque sistemático contra el colectivo y el movimiento de mujeres por parte del Gobierno, en medio de una crisis económica que nos quita tiempo, que nos aleja de las calles, que nos hace estar encerradas, pluriempleadas y endeudadas. Fue un repudio masivo y contundente, una marcha federal que combinaba, por supuesto, tristeza, rabia, porque estamos hablando de un femicidio de una adolescente, pero también una alegría por haberla sostenido durante todos estos años”, analizó Luci Cavallero, socióloga y referente del movimiento Ni Una Menos, en conversación con Periódico VAS.

El pasado 3 de junio la movilización fue masiva, intergeneracional, intersectorial y con “una capacidad de convocar a la juventud que no se ve en otras marchas”, agregó Luci. Hablemos de las pibas: Agostina Vega vivía en Córdoba y tenía 14 años. Desapareció el 23 de mayo: la Policía no tomó la denuncia de inmediato y, una semana después, su cuerpo descuartizado fue encontrado en un descampado al sur de la capital cordobesa. No apareció muerta: fue asesinada. Otra vez una mujer descartada como desecho. ¿Hasta cuándo?

“Nos movilizamos cargando la tristeza y la rabia de los femicidios, lesbicidios, travesticidios y crímenes de odio más recientes y de todes les que ya no están. Estamos conmovidas por el femicidio de Agostina Vega, adolescente de 14 años de Córdoba, y exigimos la renuncia del ministro de Seguridad, Juan Pablo Quinteros, y la destitución de los fiscales Raúl Garzón e Iván Rodríguez, por la desidia organizada del poder judicial que la desprotegió y garantizó la impunidad. Este caso sintetiza las violencias institucionales a las que nos somete el Estado. También nos conmueve el femicidio de Dulce María Beatriz Candia, adolescente de 17 años de Misiones, y de Noelia Romero, de Temperley, Provincia de Buenos Aires. Seguimos buscando a Camila Maidana de Comodoro Rivadavia (Chubut), a Delicia Mamani desaparecida en Córdoba hace seis meses, oriunda de Jujuy. Pedimos justicia por Mariel Jiménez, de Villa Lugano (Buenos Aires), y condena efectiva a su femicida. Exigimos justicia por Pamela Cobbas, Roxana Figueroa y Andrea Amarante, y justicia y reparación efectivas para Sofía Castro Riglos, la única sobreviviente del triple lesbicidio de Barracas. Este fue un crimen lesboodiante, nacido de la violencia machista y patriarcal, en un contexto de precariedad habitacional y desamparo estructural. Exigimos una condena histórica a Justo Fernando Barrientos, que se condene el crimen de odio, que se reconozca que fue un lesbicidio. ¡Lesbicidios Nunca Más! Estamos aquí por ellas y por todas”, apuntó el documento, firmado por más de 300 organizaciones, que se leyó durante la actividad del 3 de junio en la Ciudad y se escuchó fuerte, como un grito de hartazgo.

Agostina en 2026, Chiara Páez —embarazada de pocas semanas— en 2015. Su femicidio fue la chispa que inició la fogata feminista o, en realidad, echó más leña: hace 11 años su novio, otro adolescente, la asesinó a golpes y la enterró en el patio de la casa de sus abuelos en Rufino, Santa Fe. Apenas sucedido, la periodista feminista Marcela Ojeda tuiteó: “Actrices, políticas, artistas, empresarias, referentes sociales… mujeres todas… ¿No vamos a hacer nada? NOS ESTÁN MATANDO”.

Desde entonces, el Observatorio de Femicidios en Argentina, Adriana Marisel Zambrano, coordinado por La Casa del Encuentro, registró 3424 víctimas por violencia de género, entre las que se cuentan femicidios, lesbicidios y trans/travesticidios. Cada 30 horas, una mujer es asesinada por un varón. “La violencia más extrema, el femicidio y las violencias que la preceden no cesan ni descienden”, remarcaron desde esa asociación civil. Es que poco antes de la fecha, la senadora Patricia Bullrich, con la insensibilidad y las pocas luces que la caracterizan, indicó que esos crímenes habían bajado un 14 por ciento bajo su gestión. Lo tuiteó en el momento en que se conocía el brutal desenlace de Agostina, mojando la oreja, mientras el Gobierno —con mucho odio— discontinúa, achica o desalienta las políticas públicas, planes y programas en clave de género.

En la calle, entre esa mezcla de bombos y cantos, me encuentro con Agos. Ella tiene una nena de 6 años, a quien cría sola. “La verdad es que vine acá porque estoy cansada, porque a todas nos pasó algo y no quiero que a ella le suceda lo mismo. No puedo permitirme que esto siga pasando. Yo confío en nuestra lucha; en el Gobierno no creo porque no apoya ni acompaña. Además de la crisis económica, que, siendo mamá sola porque el chabón se borró, la siento todo el tiempo; le sacaron todo lo relacionado con la ESI y talleres. Un desastre”, decía mientras nos movíamos otro poco dentro de la Plaza del Congreso. “Estoy acá por eso, por el futuro de ella”, reforzó mientras se despedía. Somos un montón.

En ese sentido, el documento de la asamblea expuso: “Este gobierno ejerce un antifeminismo de Estado que nos ataca mientras fomenta la violencia y la crueldad como único vínculo social. Nuestros feminismos hacen comunidad en cada barrio, escuela, sala de salud. Hacemos redes para construir las vidas que queremos vivir para todas, todes y todos”.

¿Y los varones?

Una vez más, esa fue la pregunta que rondó en la previa a la movilización. Porque no son todos los varones, pero siempre es un varón. Por eso intercambié mensajes con Luciano Fabbri, doctor en Ciencias Sociales y coordinador de Masculinidades en la organización Grow-Género y Trabajo. “La pregunta —comienza— acerca de qué pasa con los varones es recurrente en la agenda del movimiento de mujeres y feministas, y se agudiza o tiene más audiencia cuando se acercan efemérides como las del 3 de junio; sobre todo cuando esta fecha está antecedida por femicidios con intensa repercusión social, como el caso de Agostina. Yo no hablaría de silencio necesariamente; me parece que los varones vienen y venimos diciendo muchas cosas y muchas cosas diversas”.

Hay varones que reproducen discursos misóginos y antifeministas, tan promovidos por el propio Gobierno, “pero también hay otros tantos organizados en diferentes colectivos, grupos, círculos de hombres, redes, que por supuesto no tienen ni la magnitud ni la visibilidad que tiene el movimiento de mujeres y feministas. De manera complementaria, también creo que tenemos que poder poner el eje no solamente en esa tarea micropolítica y cotidiana de conversar entre varones, romper los pactos de silencio y cortarnos el mambo cuando estamos reproduciendo estereotipos machistas, para también advertir que la violencia de género es de carácter estructural, es sistemática y que el derecho a una vida libre de violencia es una responsabilidad del Estado”, avanza. Es que los gobiernos nacionales y provinciales también atacaron las políticas públicas, que eran pocas aún para trabajar con hombres violentos, para prevenir las masculinidades patriarcales. Por poner un ejemplo, dentro del portal oficial del Estado argentino ya no existe el mapa federal de experiencias ni de dispositivos locales.

“Me parece que es necesario politizar el carácter estructural de esas violencias para demandar al Estado políticas públicas para el trabajo con hombres y no quedarnos en ese plano de la micropolítica que, si bien es relevante, no va a ser la vía de desmontaje o desmantelamiento de las violencias patriarcales, estructurales”, cerró Luciano.

Después de algunas horas, el cielo detrás del Congreso se ve algo rosado, tan vibrante como las voces que resuenan en la calle aún. “Podría no estar acá”, me grita un cartel: vivir así no es vivir. Por eso seguimos, porque ya no queremos ser más esta humanidad.

Imagen de portada: Ni Una Menos

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *