Morir para volver a nacer…

Por Alejandrina Morelli

Ernesto Guevara, el «Che», fue capturado el 8 de octubre de 1967, cuando se internó en la selva boliviana para extender la revolución social a Bolivia, corazón de América Latina. El 9 fue asesinado en el pueblo de Higuera. Tenía 39 años.

Su trayectoria en la guerra de guerrillas que derrocó la dictadura de Fulgencio Batista, el 1 de enero de 1959, es conocida. Pero lo es menos su batalla para la creación de un hombre nuevo y una sociedad igualitaria a partir de un diferente modelo económico y de relacionamiento entre los pueblos.

Esta otra batalla, más profunda, más irreversible y más definitiva, lo lleva a buscar aliados en los países en proceso revolucionario en medio de las tensiones que existían entre el bloque capitalista y el comunista durante la guerra fría.

Antes de tomar la decisión de empuñar las armas en Bolivia, Guevara intenta encontrar aliados en una gira por el mundo socialista y por los países en lucha anticolonialista. Comienza en noviembre de 1964 con la visita a la Unión Soviética, donde logra mejores acuerdos pero dentro del marco de relaciones que acentúan la dependencia cubana.

Más tarde, da un famoso discurso en la ONU en el que defiende a Cuba y apoya las luchas de liberación anti imperialistas, raciales y anticolonialistas del mundo: a los pueblos heroicos de Vietnam, de Laos, de la Guinea llamada Portuguesa, de Sudáfrica, o Palestina, de Venezuela, de Guatemala y de Colombia y «a todos los países explotados que luchan por su emancipación y a los que debemos extender nuestra voz amiga, nuestra mano y nuestro aliento».

Su gira continua en busca de aliados con los que sostener esta estrategia y formar la Tricontinental, asamblea donde los países de  África, Asia y América puedan encontrar un foro de acuerdos que los fortalezca en sus respectivas luchas.

Visita, entonces, Argel, Malí, Congo, Guinea, Ghana; pasa por París y va a Dahomey. En febrero se entrevista con Nasser en El Cairo y termina la recorrida nuevamente en Argel pronunciando, en febrero, un discurso en el que muestra su desilusión por las relaciones económicas con el bloque socialista:

«¿Cómo puede significar «beneficio mutuo» vender a precios de mercado mundial las materias primas que cuestan sudor y sufrimientos sin límite a los países atrasados y comprar a precios de mercado mundial las máquinas producidas en las grandes fábricas automatizadas del presente? Si establecemos ese tipo de relación entre los dos grupos de naciones, debemos convenir que los países socialistas son, en cierta manera, cómplices de la explotación imperial».

A su regreso a Cuba, se entrevista con Fidel y la plana mayor del gobierno y durante unos meses no se sabe nada de él. Recién en octubre se harán públicas las tres cartas de despedida del «Che», a sus hijos, a su familia y a Fidel, en un acto organizado en el Teatro Chaplin.

En la carta a Fidel dice «Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos. Yo puedo hacer lo que te está vedado por tu responsabilidad al frente de Cuba.» y para evitar que acusen a Cuba de «exportar la revolución», renuncia a sus cargos y a su ciudadanía.

Las cartas, las otras cartas, las del destino, estaban echadas. La misión diplomática de Cuba había fracasado: el camino, para el «Che» no podía ser otro que el de las armas.

 

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