Mujeres en rebeldía

por Rocío Bao

Hubo entre ellas una mirada cómplice durante las casi dos horas  de la conversación. Podría decirse que lo que las unió en este contexto fue el dolor por la búsqueda de sus hijos, por la pérdida de ellos, o por el reconocimiento de la identidad de género de una hija menor de edad. Pero no, no fue el dolor únicamente lo que las unió, aquí se respiró fuerza y lucha, y la complicidad entre ellas apuntó por ese lado.

El sábado 16 de septiembre, en el marco de anticipación de la semana «Se Trata de NO + Trata» (celebrada del 23 al 30 de septiembre), tuvo lugar la jornada «Madres en lucha por los derechos humanos», el encuentro se llevó a cabo en la Mutual Sentimiento, del barrio de Chacarita. Allí, se reunieron para realizar un conversatorio: Margarita Meira, de «Madres Víctimas de Trata”; Gabriela Mansilla, presidenta de la «Asociación Civil Infancias Libres», madres de niños y niñas trans; Angélica Urquiza, madre de Jonathan «Kiki» Lezcano, joven víctima de gatillo fácil; y Pilar Díaz, integrante de «Madres Amazonas», agrupación de mujeres revictimizadas por la justicia patriarcal.

El grupo “Raíz Batuka Mujeres de Tambor” dio inicio a la jornada con un potente sonido de repique, redoblantes y timbales que hicieron vibrar el piso y a todas las personas. Al finalizar la música, las cuatro mujeres convocadas subieron a un pequeño escenario y hablaron.

Lucha popular, condena social

Arrancó Angélica Urquiza: “Volví a nacer cuando encontramos a mi hijo”. Su voz parece desvanecerse, pero no se calla, mientras presiona con su mano la rodilla y un pañuelo de papel. Es pausada al hablar, sus palabras suavizan. Y así, con ese temple, contó cómo mataron a su hijo y la lucha que encara desde aquel 8 de julio de 2009, cuando Kiki tenía 17 años y fue torturado y asesinado por el policía federal Daniel Santiago Veyga (de la Comisaría 12), absuelto a mediados de este año por el Tribunal Oral en lo Criminal (TOC) Nº 16.  Kiki fue, además, enterrado como NN en el cementerio de la Chacarita.

Incansable, después de 8 años de batallar contra las instituciones que la denigraron por ser pobre, contra los policías que en más de una ocasión le gritaron en la cara “te vamos a enseñar, negrita de mierda”, y le armaron una causa y la detuvieron, acusándola de romper un vehículo (que el mismo dueño se encargó de desmentir), Angélica afirma: “La lucha popular es la condena social que nosotros les podemos hacer a los poderosos que se llevaron a los nuestros”.

“Soy nena y me llamo Luana”

“A vos te falta tu hijo, yo necesito que mi hija tenga futuro”, le dice Gabriela Mansilla a Angélica, conmovida por su relato. Y cuenta el difícil camino que su hija, nacida con genitales masculinos pero ya desde muy pequeña identificada con el género femenino, tuvo que atravesar.

Cuando el DNI de Luana aún figuraba como Manuel, ella dijo como pudo: “Yo nena, yo princesa”, y somatizó con el cuerpo su disconformidad: sufría caída del pelo, lloraba con angustia, buscaba con desesperación y a escondidas ponerse ropa que pareciera un vestido de mujer. El padre de la niña se limitó a la violencia, a la falta de conocimiento y a sostener que no quería “un hijo puto”. Gabriela Mansilla, en cambio, con el tiempo entendió porque quiso entender, trató de ayudar a su hija. Y lo hizo. No sólo por buscar en su desesperación ayuda psicológica, neurológica, y hacer cuanto estudio fuera posible, sino porque cuando comprendió que -como ella define- su hija es “una mujer con pene”, salió al campo de batalla. Y sabía que sería complejo: “Salimos a pelear cuando no había una ley de identidad de género”, recordó.

En 2012, Argentina dio un paso fundamental en materia de derechos humanos al sancionar la Ley de Identidad de Género, aplaudida por Naciones Unidas.

Entonces, Gabriela Mansilla decidió no perder el tiempo y realizó el trámite. “Durante un año seguimos buscando, peleando, golpeando puertas, y nos lo negaron porque pensaron que era una loca que disfrazaba a la criatura. Con una ley vigente se asustaron, faltaron a todos los derechos que le correspondían a Luana por ser una menor para acceder a la rectificación de la partida, nos pusieron todos los obstáculos, y mostraron los prejuicios que tenían los funcionarios. Al año decidí salir en los medios y en menos de dos meses le otorgaron el DNI”, dijo Gabriela.

“Logramos que a Luana le dieran el DNI por visibilizar su lucha”, se empoderó quien fuera “diagnosticada” como “una loca esquizofrénica” por los expertos que hablan de traje y corbata en televisión pero se mantienen lejos de la empatía y la concientización. Y entonces, con cierta ironía cómplice, rieron las cuatro mujeres en la charla frente al público, porque a cada una de ellas, desde distintos ámbitos institucionales o mediáticos, las catalogaron de “locas”: el viejo -y no casual- truco de subestimar a la víctima que se empodera frente a una causa, sobre todo en esas causas que evidencian las falencias institucionales y/o la hipocresía mediática y social.

Hoy, Luana, Luanita, Lulú, tiene 10 años y Gabriela sabe que comienzan los cambios físicos típicos de la edad, sabe también, que la expectativa de vida de una persona transgénero es de 35/40 años, a causa de un contexto aún prominente de discriminación, dificultad o falta de acceso a la educación, salud, vivienda y trabajo. Por eso Gabriela Mansilla busca establecer, tal como dijo, “cambios de paradigmas”; por eso publicó el libro “Yo nena, yo princesa” (de lectura obligatoria en varios institutos de formación docente de nivel inicial y primario, además de ser bibliografía recomendada en el anexo 3 de la Ley de Educación Sexual Integral y declarado de interés cultural por el Senado de la Nación), y por eso brinda charlas y conferencias sin parar.

“Hacer ruido ante las bestias”

Y si de no parar se trata, quizás por eso, se le otorgó el turno de hablar a Margarita Meira, de estatura pequeña pero incontenible. Pareciera que no le tiene miedo a nada. Resulta que, como dirá Pilar Díaz al final de la charla -y como coincidieron todas-: “cuando se llevan a tus hijos, también se llevan tus miedos”.

Margarita Meira lleva -en propias palabras- “veinticinco años de lucha y búsqueda”. Es mamá de Graciela Susana Betker o Susy (como ella la recuerda), una joven que fue secuestrada, torturada y asesinada, víctima de explotación sexual. Margarita contó detalle a detalle su recorrido de búsqueda y lucha, por comisarías, tribunales y hasta en la SIDE, donde el agente Raúl Martins -denunciado más tarde por su propia hija Lorena, por proxeneta y por financiar la campaña de Mauricio Macri para Jefe de Gobierno de la Ciudad con dinero proveniente de ese negocio- le dijo sin culpa: “Váyase tranquila, que vamos a encontrar a su hija”. Margarita no sabía que el agente Martins era el dueño de Cocodrilo, uno de los boliches donde fue vista Susy, quien trabajó allí explotada sexualmente y bajo amenazas -más tarde se enteraría-.

Poco tiempo después de la visita a la SIDE, Susy apareció muerta en un departamento de un ambiente. Le habían dejado el gas abierto. A Margarita no le avisó la policía. Un vecino le dijo que a su hija se la habían llevado. Y Margarita partió corriendo, y la encontró en la morgue, asfixiada, golpeada y embarazada. Con el correr de los años, la muerte de Susy dio una nueva forma de vida a Margarita y su esposo, quien estudió y se recibió de abogado para saber cómo luchar por su hija. Luego de una larga batalla, nació entonces “Madres Víctimas de Trata”, organización abolicionista, sin fines de lucro y autogestionada, que lucha contra la explotación sexual de las personas mediante denuncias y reclamos al Estado, brinda contención y compañía a las víctimas y sus familias, y asesora y patrocina sus causas judiciales.

Margarita levantó la voz reafirmando: “Ellos se juntan para cagarnos, nosotros tenemos que juntarnos para luchar, para hacer ruido ante estas bestias”. Sabe de lo que habla, sabe muy bien contra quienes se enfrenta. De hecho, contó que estuvo “meses presa por luchar”. Y una de las cosas que entendió a través de sus luchas fue que “el problema es el prostíbulo, no solamente el cliente; si no hay prostíbulo no hay trata”.

“Nos declaramos en rebeldía”

La historia de Pilar Díaz, igual que la de Angélica, Gabriela y Margarita, también continúa escribiéndose con trazos duros. Pilar tomó el micrófono y contó todo, sin tapujos, atravesada por la violencia de género que vivió con su ex marido Diego Sequeira, en Villa Mercedes (San Luis), un policía que, además de ser golpeador, tenía el oficio de recibir coimas para habilitar talleres clandestinos, entre otras cosas.

En 2014, Pilar Díaz denunció por violencia de género a su ex marido y tuvo que mudarse alrededor de 30 veces, porque ese policía no dejaba de seguirla y amenazarla. Finalmente, decidió mudarse a Buenos Aires y, de sus tres hijos, pudo llevarse únicamente a su hija más pequeña. Pero eso duraría poco. En una audiencia la jueza Verónica Silvina Lafuente le dijo: “Yo recibo una sola denuncia y usted no ve más a sus hijos”. Y así fue. La jueza dictaminó que el padre también debía ver a su hija, y tras uno de los viajes de la pequeña el policía Sequeira llamó a Pilar y le dijo que se olvidara de volver a verla. Desesperada, Pilar viajó a Villa Mercedes para buscarla; y la encontró en el jardín Remedios de Escalada, donde un grupo de policías, al enterarse de su presencia, irrumpió con violencia, la golpeó y la detuvo. La magistrada, entonces, le quitó la tenencia de sus tres hijos: “Me castigó con el procesamiento como método persecutorio sin que se probara nada, porque eran delitos inexistentes que la otra parte denunciaba”.

Pilar Díaz integra la organización Madres Amazonas, que pertenece al Movimiento Internacional de Madres contra la Violencia Institucional, y deja en claro el papel del Estado como opresor y represor: “Cuando se acrecienta la protesta social, responden con represión”, dijo Pilar y aseguró que “la lucha contra el Estado es cruel y desigual”. No obstante, su actitud revela que el miedo queda en segundo plano cuando se trata de luchar: “Nuestras vidas ya están arruinadas. No queremos ser sobrevivientes, nos declaramos en rebeldía”, afirmó.

“La vida de nuestros hijos”

Al final de charla y de una participación del público con preguntas y respuestas, las integrantes de Raíz Batuka Mujeres de Tambor, que habían dado comienzo al encuentro con música, se acercaron a saludar con un abrazo a las cuatro mujeres. Y en medio de los abrazos y conversaciones, esas que dejan entrever la solidaridad de ambas partes, Angélica Urquiza, la madre de Kiki dijo: “Cuando ustedes tocaban se me movían las piernas solas. Tenía ganas de bailar. Y es ahí, en el sonido de los tambores, donde está la vida de nuestros hijos”.

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