Buenos Aires en Venta. Nadie está a salvo

por Cristina Sottile

En la variante actual del capitalismo global en que nos toca vivir, una de las características definidas hace bastante tiempo por Bourdieu es que todo o casi todo puede ser definido como bien de mercado: la comida, el agua, el tiempo libre, el derecho al entretenimiento, la información, los bienes culturales, además de aquello que tradicionalmente conocemos como mercancía.
En esta definición mercantilista del mundo, a la que el neoliberalismo salvaje agrega exclusión, concentración de riqueza, desigualdad y desarticulación de los mecanismos de control y protección estatales, sobrevuela en ciertos sectores sociales la ilusión de estar parados en la mejor vereda, aquella en la que no desalojan a nadie, donde no se caen balcones ni se matan los árboles.
Hasta que sucede. Porque estar parado en la mejor vereda tiene un precio, y la mejor vereda es más cara que la otra, mercancía que puede traficarse con un mejor margen de ganancia. Y en esta analogía de la vereda, la mejor vereda de la CABA es sin dudas la zona Norte. Sí, claro, la zona Sur es un buen coto de caza económicamente hablando, usted compra por dos mangos y levanta un edificio inteligente, una pajarera de dos ambientes en 10 pisos, y hace una gran diferencia. Pero la zona Norte tiene un valor agregado: usted no tiene que hacer nada, o casi nada, para que produzca dinero. La Ciudad de los sectores patricios, de la patria terrateniente, está en esta zona: se instalaron allí cuando la fiebre amarilla, alrededor del primer cementerio público católico, el de Recoleta, y erigieron mansiones, parques y museos.
En el núcleo de esta zona, la aledaña al Cementerio, el arquitecto Buschiazzo erige un Hogar de Ancianos en 1880, que muchos llegamos a ver. Este edificio cumplía con el principio edilicio hospitalario propiciado por Pasteur: ventilación, sol, galerías abiertas y espacios verdes arbolados alrededor y en medio de los pabellones. Los ’60 y parte de los ’70 vieron crecer al pie del paredón de este Hogar una feria de artesanías, allí se escuchó cantar a Pappo, a Moris, tal vez a Tanguito, gente muy joven con guitarras.
Después del golpe militar de 1976, instalada la furia reformista y desarrolladora del brigadier Cacciattore, éste avanza también sobre la zona. Y tomemos nota, porque este es el barrio de los dueños de casi todo, y sin embargo les alcanza la mano de la Dictadura. En principio, esta intervención, que comienza con la reasignación de los edificios de Buschiazzo a la Secretaría de Cultura de la CABA, no es mal vista por el barrio, que prefiere tener un Centro Cultural frente a las casas antes que un asilo. Por otra parte, el renombre de los arquitectos convocados, eriza al culturaje local: Clorindo Testa, Benedict y Bedel son los encargados de la remodelación, a fin de construir un complejo museológico. El Centro Cultural se inaugura en 1980, y es declarado posteriormente Monumento Histórico Nacional.
Ya recuperada la democracia, pero instalado el proceso de neo liberalización de la economía, se decide en los ’90 no seguir con el proyecto original. En lugar del Museo del Cine, la Escuela de Restauración y una Biblioteca Pública, se construye el paseo de compras y comidas Buenos Aires Design (BAD). Esto, que no se hizo durante la Dictadura, se instala durante la democracia. El mercado desembarca en la zona más rica de la Ciudad, apropiándose de parte del capital cultural y material de los porteños.
Esta zona, en 2009, es declarada mediante la Ley 3106 Área de Protección Histórica (APH). Contiene 21 edificios catalogados, y además está protegida mediante normas especiales que incluyen detalles como reglamentos sobre marquesinas o toldos y conservación del estilo del mobiliario urbano original. En este mismo año, la gestión PRO destruye las escalinatas de mármol de Carrara del Cementerio de la Recoleta, Monumento Histórico Nacional y APH, transgrediendo leyes y Constituciones y escandalizando a los vecinos, que vieron por primera vez su barrio vandalizado.
Por un tiempo nada sucede, salvo que las escaleras no se reconstruyen, y se instalan unas absurdas bolas de cemento frente a la noble entrada del Cementerio.Y llega enero de 2012, cuando las grúas y retro excavadoras en plenas vacaciones porteñas, sin cartel de obra alguno ni aviso previo, y sin pasar por la Comuna 2 o por el Consejo Consultivo, se cargan impunemente las palmeras que Thays plantó hace más de 100 años en la barranca original. Las máquinas desmontan la barranca y cunde el pánico en el vecindario: están destruyendo el paisaje urbano de Recoleta, uno de los íconos paisajísticos más tradicionales de la CABA. Y además, claro, el abaratamiento y la vulgarización del paisaje disminuye el valor de las propiedades. La organización Basta de Demoler interpone un recurso de amparo, al que da cabida el Juez Scheibler ordenando además la restauración total.
Podría creerse que tal cosa se hizo, pero no. La arquitecta Berjman, amparista de Basta de Demoler que dice, “los funcionarios no son los dueños de la ciudad, somos los vecinos”, es demandada posteriormente por el Ejecutivo porteño, por atreverse a utilizar el amparo, un recurso que brinda la Constitución a todos los ciudadanos. No se le escapa a nadie la intención disciplinadora, pero lo que más llama la atención es hacia quienes va dirigida. No es hacia los otros, esos que protestan en las marchas, esos que van a la plaza, los que viven en el lejano sur en conventillos o asentamientos. Resulta que hacer primar los beneficios del mercado trasciende ahora sectores sociales. Porque la intención del vandalismo estatal, en la Plaza Intendente Alvear, fue favorecer al BAD con una entrada directa desde el subte. No en la Plaza Francia, donde había sido aprobado, no en la Facultad de Derecho, donde hubiera sido necesario, sino frente al BAD para favorecer el emprendimiento comercial.
Hablamos de esto porque este espacio enorme, maravilloso, tradicional y ubicado en la zona más elegante de Buenos Aires, fue entregado en concesión. La concesión, en medio de la ola menemista de libre mercado, le fue otorgada a la empresa IRSA y otras, asociadas desde hace tiempo con el Estado Municipal, que gozan de privilegios, tales como extensiones de las concesiones por decreto, canon irrisorio, leyes a medida, etc. Beneficios que las empresas obtuvieron en la época del menemato y en la gestión del PRO. Desde 2010, la empresa Emprendimientos Recoleta SA paga un canon irrisorio de 42.353 pesos mensuales por la explotación de 70 locales, 174 cocheras y dos centros de convenciones en este predio.
Y ahora lo quieren vender. Declarándolo innecesario para la gestión de gobierno, sale del Ejecutivo porteño un proyecto para ponerlo en venta. En este punto debemos parar y reflexionar acerca de la profundización de los mecanismos de apropiación de la riqueza: de igual manera que la Patagonia fue un “desierto” definido para expandir fronteras, ahora la Ciudad aparece como un lote libre de habitantes, para ser loteado y vendido sin consultar. No hay en esto otro criterio que el mercantil más burdo, que ni siquiera reconoce el valor de la pieza auténtica, de la obra de arte. Aparece el mercachifle barato, que es capaz de cortar la Gioconda en pedacitos si vendiéndolos puede obtener dinero rápido. Y entonces es cuando todos estamos en peligro: no hay paisaje urbano que se salve, no hay obra que pueda recrear la Ciudad, el lugar donde vivieron nuestros antepasados, quienes admiramos o no. Peligra entonces lo que hace que una Ciudad sea una estructura viva y no una escenografía.
Esto sucede ahora, en el barrio de Recoleta, y quienes hasta ahora no se habían preocupado, se preocupan, porque la avanzada de mercado viene de su propia retaguardia. Los beneficios son demasiados como para ponerse a considerar el paisaje urbano, la historia de Buenos Aires u opiniones de vecinos ilustres. La voracidad del mercado arrasa con todo. Las políticas neoliberales de derecha no discriminan a la hora de su aplicación, aunque se trate del barrio del núcleo duro de sus votantes, porque los mercados no tienen lealtad, ni pertenencia, ni tampoco compasión y menos, memoria.
Aquellos que se sientan a salvo porque creen formar parte de algo, no lo están. La venta del BAD no está decidida todavía, pero hubo el atrevimiento de proponerla. La vía privatizadora iniciada en la Dictadura, seguida por Ménem, es completada en este acto por la administración PRO.
La última palabra todavía no está dicha, este sábado 10 de octubre se escuchó la voz de los vecinos de Recoleta en una radio abierta.
Y como dice la arquitecta Sonia Berjman: la Ciudad es nuestra.

 

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