Carnavales en blanco y negro

En la Europa blanca Goethe definía al carnaval «No como una fiesta que se le concede al pueblo, sino como una fiesta que el pueblo se concede a sí mismo. Amo absoluto y alegre, durante el carnaval, el pueblo toma consciencia de su comunión objetiva en la sensación popular de un devenir colectivo. Pero también de su inmortalidad terrestre e histórica, y de su renovación y crecimiento incesante»

por Cristina Peña

Para Batjín1 esta tradición, que por un breve período de tiempo subvertía jerarquías sociales, habilitaba la inversión de roles, fagocitaba el quiebre de normas y olvidaba restricciones corporales o sexuales, tenía como objetivo generar un cierto sentido de igualdad que se ponía de manifiesto a través de la burla o lo burlesco.
Impuesto en nuestro continente a partir de la colonización española, la historia del carnaval está atravesada por rasgos interculturales donde se mixturan los rituales de pueblos originarios y una fuerte impronta africana, producto del aporte cultural de las personas de distintas comunidades traídas a este continente en calidad de esclavas.

Durante esta celebración los habitantes del Río de La Plata se volcaban a las calles, donde se mezclaban sirvientes, artesanos, comerciantes, damas de sociedad y esclavos. Los carnavales porteños llegaron a ser famosos, e incluso fueron motivo de escándalo, como el «fandango» que se bailaba en la Casa de Comedias. Sin embargo,  a partir de la segunda mitad del siglo XIX, el poder y la xenofobia se hicieron constantes en esta celebración.

El antropólogo Norberto Ciro, especialista en estudios afroargentinos y afroamericanos de la Universidad de La Plata, desarrolla una visión particular respecto al festejo de los carnavales y sus aportes desde la época colonial. Sostiene que «fue una de las expresiones que desde mediados del siglo XIX revelaría -detrás de la risa y la máscara- las diferencias sociales de un país y una ciudad fuertemente racista, en la que existían diferentes cosmovisiones y donde se impondría la visión europea, en tanto que la población afrodescendiente terminaría replegándose al mundo privado ante la burla de los blancos».

«A partir de la segunda mitad del siglo XIX se entabló una lucha de sentidos muy fuerte entre la envolvente sociedad blanca y la comunidad afroporteña, que era de afroargentinos de tronco colonial, porque festejaban el carnaval de manera distinta. Se fusionan o prácticamente se impone esa versión europea y todo queda como carnaval, un ‘carnaval mestizo’, se podría decir», explica.

«En tanto que la población negra, aquélla que había sido traída de África donde no existía el concepto de carnaval, y que había vivido esclavizada por los amos colonialistas, tenía otra cosmovisión, otra cultura, en la que la práctica de la música era cotidiana -y entre los afroargentinos también-, no era que sólo en carnaval salían a tocar y divertirse sino que eso lo hacían todo el año», explica Ciro y añade: «Durante el proceso de Conformación del Estado Nacional, después de 1850, un Estado que se erigía sobre una fuerte desigualdad, control y exclusión social -que pivotaba en las herencias coloniales, y donde los festejos de cada sector social era diferente-, surgió un elemento inesperado y terriblemente desnivelador:  la moda de los blancos de salir pintados de negro. Esta moda, que en  Estados Unidos  había impactado a Sarmiento, hombre muy afecto al carnaval, era nada menos que los denominados ‘Minstrels’: compañías cómicas circenses de blancos que se pintaban de negro parodiando en tono despectivo a las plantaciones del sur y a los negros con el estereotipo de holgazán, sonriente, hipersexuado, siempre amigo de las fiestas y del alcohol».

En el carnaval de 1870 Sarmiento, por entonces presidente de la Nación, trae estas comparsas, que hacen furor entre los porteños. Desde  entonces surgen decenas de comparsas de falsos negros. «Eso produjo un hondo dolor en la comunidad afroporteña, porque quienes se burlaban de ellos eran sus propios amos y los hijos de sus amos. No podían entender ese tipo de burlas, porque las reglas de los negros en el carnaval eran otras».

«Mientras que para los blancos, el carnaval era diversión: se cambiaban los roles y todo estaba bien. Los negros mantenían una lógica distinta, tocaban los tambores en carnaval al igual que lo hacían el resto del año. En esa relación asimétrica de los negros como descendientes de esclavizados, la lógica de los festejos de los blancos no entraba, entonces se retiraron del espacio público de carnaval y se llamaron a silencio, retiraron sus comparsas y replegaron el candombe al ámbito privado familiar. Esto se dio alrededor de 1880, cuando se consolidaba un modelo de país fuertemente europeizado, en donde la membresía de la ciudadanía era ser blanco, europeo en piel y cultura; ninguna otra tradición no blanca se podía mantener con dignidad en la arena pública».

No obstante, hubo persistencias aisladas que se mantuvieron, algunas asociaciones afroporteñas festejaban el carnaval público, como el «Shimmy Club» en la ahora desaparecida Casa Suiza, en el barrio de San Nicolás. Allí, entre 1929 y 1978, se festejaban las ocho noches y luego salían por las calles próximas bailando candombe y rumba al son de los tambores.

Era al cierre de cada noche de carnaval, cuando todo el Shimmy Club salía bailando por la calle Rodríguez Peña, llegaba a la avenida Corrientes, y después al bar Ramos en la esquina de Montevideo, cantando:

Miralá qué linda viene,
miralá qué linda va,
la comparsa de los negros
que se va y no vuelve más.

Pero por suerte y por la lucha cultural volvieron. Y están con nosotros -negro sobre blanco o blanco sobre negro- para enseñarnos la alegría, porque no hay carnaval que se precie ni lucha por la emancipación que valga sin alegría.

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