Desapariciones en democracia

Con libros que conversan entre sí, Ximena Tordini y Adriana Meyer no sabían que mientras escribían había una colega abordando el mismo tema, pero con esos trabajos ya en la calle, se encuentran en entrevistas compartidas para hablar de las historias que acompañaron durante años de investigación y hoy pueden instalar en la escena pública para plantear preguntas que conmuevan a una sociedad que parece no advertir que no se trata de casos aislados sino que hay una lógica a transformar para que no sean la violencia y la negligencia una constante en el dispositivo de poder de la Argentina ante las desapariciones de personas.

-¿Cómo influyó la pandemia en este entramado que analizaron? Adriana, por ejemplo, cuestionás la idea de «policía del cuidado» que circuló al comienzo de la cuarentena.

-A.M.: Traté de desdoblarme y pensar como mamá, entonces pensaba ¿por qué les tengo que decir a mis chicos que tengan miedo de la cana? Pero la verdad es que al toque desaparecieron Espinoza y Facundo, también me hizo click que cuando ves los resultados de las personas asesinadas a manos de fuerzas policiales en todo el país, ya sea por gatillo fácil o en cárceles, el año pasado hubo 411 asesinatos y el 70% ocurrieron en la fase 1 del ASPO. Ahí está el accionar de la fuerza policial pero también del poder judicial, con una jueza como (Gabriela) Marrón que ordenó que se dejaran de hacer actas en las detenciones por incumplimiento de la cuarentena, lo que implicaba que las detenciones no tenían control judicial. La gente del barrio de Facundo te decía que salían de cacería, esperaban el colectivo a la mañana y los hostigaban a todos con el pedido del permiso.

-X.T.: Muchas veces la no investigación de la desaparición y que persista en el tiempo significa no estar investigando un delito muy grave. No pasa solo con las desapariciones: se van cumplir 20 años de la represión del 19 y 20 en la ciudad de Buenos Aires, que fue responsabilidad directa del gobierno de De la Rúa y la condena de (Enrique) Mathov no está firme. Lo condenaron a 4 años. En el caso de las desapariciones genera incertidumbre. Rosa Bru todos los años que lleva buscando a Miguel son años de incertidumbre sobre qué le pasó. Ese rasgo del tiempo fue acentuado por la pandemia, no me cabe duda. hay una cuestión del servicio de justicia en nuestro país que es desolador.

– ¿Qué características tienen los casos que llegan a los medios?

-X.T.: No soy socióloga y no me gusta categorizar acerca de por qué la sociedad reacciona como reacciona, lo que sí creo es que se juega mucho la capacidad que tiene la familia o las organizaciones sociales, de derechos humanos, la que sea que las acompañe, para construir una narrativa que perfore la normalidad. En algún momento esa narrativa estaba muy construida en relación a la trata, lo que se convirtió en un problema porque en su mayoría las mujeres son víctimas de femicidios, no de la trata para explotación sexual. A veces esas narrativas son un problema para comprender lo que esta pasando pero lo cierto es que sin ellas el periodista x no va a poder hacer la nota nunca. Miremos el caso Tehuel, que debería ser un escándalo: una persona trans desaparecida en un contexto todavía de pandemia. No lo encuentran y nadie da una explicación. La visibilización depende mucho de la posición social de los casos. Eso es un problema porque el Estado debe responder por todos, no importa si hay una marcha en Plaza de Mayo o hay una señora que está en La Matanza pegando un cartelito en una parada de colectivo.

-A.M.: Me viene a la mente una frase de Virginia Kreimer, a quien entrevisté para el libro y trabajó en el caso de Astudillo Castro, como sucede en varios hechos del litoral, donde hay una constante que es que tiran a las víctimas al Paraná y luego es muy difícil hacer las autopsias porque las palometas se comen la mitad de los cuerpos. Ella dice que cuando son morochitos y saben que no viene Correpi o el CELS detrás, algunos peritos ni tocan los cuerpos NN, ponen su huella con tal de no tocar. Eso está en el libro de Ximena. El perito forense que hizo la autopsia de Luciano Arruga lo describió como caucásico de más de 35 años, Luciano tenía 17 y era morocho. No lo vio. De casualidad Vanesa Orieta, su hermana, estudiaba en la UBA y alguien le dijo que yo había investigado el caso López y se acercó.

– ¿Qué repercusiones tuvieron en este tiempo de circulación de los libros? ¿Alguna las sorprendió en particular?

-X.T.: Me sorprenden las personas que no conozco y no son ni abogados, ni periodistas, ni funcionarios y se sacan fotos con el libro en las redes sociales. Me sorprende y me alegra porque quiere decir que hay reacción social, he tenido jefes que me decían que estos temas no le importan a nadie. Y no, resulta que si, que hay un interés.

-A.M.: Me sorprendió que me llamaran de lugares lejanos que me permite contar que hay casos en todo el país. También me aparecieron varias veces comentarios sobre esto de las familias resilientes. Miriam, la mamá de Sebastián Bordón, tiene una frase que repito siempre y es el lado luminoso el libro: «Cuando te desaparecen un hijo podés hacer varias cosas: tener otro hijo, dedicarte a la religión, a la espiritualidad, al alcoholismo o a luchar. Y nosotras somos un grupo de madres que lucha para que esto no le vuelva a pasar ni a un pibe, ni a una piba, ni a nadie en la Argentina». Apoyémoslas entonces porque todavía esperan respuesta de un Estado que por ahora no lo toma como agenda.

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