Dos cuadras de la calle Lavalle

por Gabriel Luna

Parte IX

Hubo en el país, desde 1968 a 1975, un período notable de auge cultural y emancipación. Fue notable por la resistencia obrera y estudiantil a las dictaduras militares -como en el caso del Cordobazo- y por la aparición de organizaciones políticas armadas como las FAR, el ERP y los Montoneros, que secuestraron al dictador Aramburu y lo ejecutaron por los fusilamientos de 1956 y por la desaparición del cadáver de Eva Perón.(1) Y fue un período notable por el giro cultural hacia la izquierda de la clase media, inmersa en las lecturas de Camus, Sartre, Simone de Beuvoir, Freud, Marx, Marcuse, García Márquez, Cortázar, Guevara, Paulo Freire, Galeano, en el teatro de Alejandra Boero y Pedro Asquini, Carlos Gorostiza, Juan Carlos Gené, Ricardo Monti, Eduardo Pavlovsky, y en películas como “La Fiaca”, “Operación Masacre”, “La Tregua”, “Juan Moreira”, “La Patagonia Rebelde”, “Quebracho”, “La Revolución”, “Crónica de una señora”, “La Raulito”. Todas, estrenadas con enorme éxito en la calle Lavalle. Era entonces cuando la gente debía tomarse de las manos a la salida de los cines para no perderse en la marea de las cuadras.
Este auge cultural y de emancipación consiguió la democracia en 1973 y la vuelta de Perón. El viejo líder volvía “descarnado”, tras un exilio de 17 años. Volvía con la promesa electoral de la patria socialista. Pero no hubo tal. Perón, que ganó las elecciones con un 62 % de los votos, no hizo la revolución ni la consecuente patria socialista. Por el contrario, José López Rega, quien fuera su mano derecha, organizó la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), una asociación clandestina y parapolicial que asesinaba a referentes de izquierda. López Rega era una especie de secretario, mucamo, brujo y enfermero, encumbrado a ministro de Bienestar Social tras la asunción de Cámpora en 1973.

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En 1974, el diputado Rodolfo Ortega Peña, el militante peronista Julio Troxler, el profesor Silvio Frondizi, y el cura villero Carlos Mugica fueron acribillados con saña en sendos atentados de la Triple A: Mugica al salir de una iglesia en Villa Luro, Frondizi secuestrado en el barrio de Almagro y ejecutado en los bosques de Ezeiza, Troxler -quien fuera sobreviviente de los fusilamientos de la dictadura de Aramburu en 1956 y narrador protagonista en la película “Operación Masacre”, (2) donde testimonia estos hechos- fusilado en el barrio de Barracas, Ortega Peña ametrallado en pleno Centro porteño, calle Pellegrini y Arenales, a pocas cuadras del sector de los cines de calle Lavalle. Y siguieron las matanzas.

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La Triple A, que asesinaría a 685 personas en dos años, fue organizada por López Rega, paradójicamente, desde el ministerio de Bienestar Social. Estaba organizada en células compuestas por policías, ex policías, sindicalistas de derecha, custodios de López Rega y Perón, matones varios, y tuvo sus cuarteles en el propio ministerio y en las oficinas de la revista “El Caudillo”, dirigida por el filo nazi Felipe Romeo, en la calle Lavalle 1942. Esta revista de ultraderecha -financiada desde el ministerio de Bienestar Social- amenazaba a activistas o militantes de izquierda, publicaba listas de enemigos, los instaba a abandonar el país, condenaba a muerte por posiciones políticas y adelantaba los atentados de la Triple A. La revista y cuartel ilegal estaba a diez metros de la Comisaría 5º (Lavalle 1958) y en línea con la Comisaría 1º (Lavalle 451), atravesando la zona de Tribunales y el sector de los cines. Cuando López Rega fue nombrado por Perón comisario general de la Policía Federal, el terrorismo de Estado era ya evidente.
Perón murió el 1º de julio de 1974, a los nueve meses de iniciar su tercer mandato. Le sucedió su viuda, “Isabelita”, quien no tenía capacidad para el cargo, y gobernó de hecho López Rega, que tampoco tenía. La Triple A redobló sus fuerzas y declaró una guerra contra todos los opositores del régimen. Aumentaron los asesinatos. Decenas de profesionales, intelectuales y artistas amenazados abandonaron el país.

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En 1975 las cuadras de la calle Lavalle ya no son tan transitadas. Dos cosas explican la ausencia. Y explicarán también gran parte del futuro del país. La primera es la habilitación por decreto presidencial de las fuerzas armadas para intervenir en la represión interna con el fin de «neutralizar y/o aniquilar el accionar» subversivo. En este sentido, el general Albano Harguindeguy será nombrado jefe de la Policía Federal por la presidente María Estela Martínez de Perón. La segunda cosa es el arribo de Celestino Rodrigo y Ricardo Zinn al ministerio de Economía, impulsados por López Rega. ¿Qué tiene de trascendente? Ricardo Zinn, que viene del CEA (Consejo Empresario Argentino), diseña un plan de ajuste para “sincerar” la economía. El plan resulta brutal y de tal dureza que pasará a la historia como un capítulo negro con el nombre de “Rodrigazo”. Consiste en una enorme devaluación del peso, enorme aumento de los servicios públicos y los combustibles, libertad de precios para los empresarios y salarios rezagados y congelados para obreros y empleados. Una receta parecida a la implementada por el economista Raúl Prebish durante la dictadura de Aramburu, pero aún más drástica. (3) El plan lanzado el 4 de junio de 1975 para “sincerar” la economía y equilibrar la balanza de pagos tiene tres objetivos ocultos: 1) Realizar una enorme transferencia de ingresos de los asalariados a los grandes empresarios a través del aumento de precios. 2) Licuar la deuda de las empresas con la inflación. 3) Desestabilizar el gobierno constitucional.

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El ajuste produce una rápida reacción en los sindicatos (que eran entonces clasistas y combativos). La CGT y la UOM convocan huelgas. Al principio se trata de paros sin movilización, pero cuando los precios de los alimentos se disparan obreros y empleados toman las calles. El 26 de junio hay 250.000 manifestantes en Plaza de Mayo y dos millones de personas movilizadas en todo el país. No hay paritarias y estalla una huelga general por tiempo indeterminado. El 11 de julio renuncia López Rega, cuatro días después Celestino Rodrigo y Ricardo Zinn. El plan acaba pero el daño está hecho, la inflación alcanza el 777 % anual al finalizar 1975. Quiebran muchos comerciantes y productores pequeños y medianos, hay desabastecimiento de alimentos y combustibles. Y a pesar de todo no se ha logrado el equilibrio en la balanza de pagos, pero sí los tres objetivos ocultos. Hay enormes ganancias para las empresas que imponen los precios, que además reducen sus costos laborales y licúan las deudas con la inflación. Los dueños y gerentes generales (hoy llamados ceos) José Alfredo Martínez de Hoz, Francisco Soldati, López Aufranc, Eduardo Escasany, Alfredo Fortabat, Carlos Pedro Blaquier, (4) Raúl Lanusse, Pérez Companc, Agostino Rocca, Franco Macri, Arturo Acevedo, entre otros tantos miembros del CEA, festejan entusiasmados.
La desestabilización del gobierno constitucional, lograda por el efímero plan de ajuste y por los enfrentamientos armados, hará posible la vuelta al poder de la elite neo colonial o liberal conservadora (como quiera llamársela) que integra el CEA (Consejo Empresario Argentino). Entusiasmado por las ganancias y por la oportunidad de “cambio”, el CEA fogonea la conspiración a través de varios grupos de reunión (que hoy podrían llamarse think tanks) de intelectuales, economistas y militares. Los más conocidos son el Grupo Azcuénaga -que funciona en un petit hotel de la calle Azcuénaga 1673, propiedad de Carlos Pedro Blaquier- y el Grupo Perriaux, ambos frecuentados por los generales Albano Harguindeguy y Hugo Miatello, que invita a las reuniones al general Jorge Rafael Videla.

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En 1976 el período de auge cultural y emancipación termina. El 24 de marzo un golpe cívico militar anula el gobierno constitucional e impone al general Videla como dictador, al presidente del CEA José Alfredo Martínez de Hoz como ministro de Economía y al general Harguindeguy como ministro del Interior. ¿Cuál es la diferencia con otras asonadas? No han venido a restablecer el orden y dar elecciones. Han venido a quedarse por mucho tiempo. Hasta imponer definitivamente el plan económico del CEA, esbozado en el “Rodrigazo”. La excusa del golpe es luchar contra la subversión, pero las organizaciones armadas de izquierda ya han sido militarmente derrotadas en 1976. Se monta un enorme aparato represivo organizado en células, al modo de la Triple A y hasta con la misma gente, para aterrorizar a la población e imponer el modelo económico a rajatabla, sin huelgas y manifestaciones. ¿Hay diferencias con la represión anterior? Sí. Harguindeguy lo explica claramente en una reunión: “Nosotros no vamos a andar tirando cadáveres en los zanjones, de ahora en adelante los cadáveres no van a aparecer”, dice marcando una diferencia con las matanzas expuestas de la Triple A y los fusilamientos de Aramburu. Pero hay más diferencias. La represión es a gran escala. Los enemigos de la dictadura de Videla y el CEA, además de los guerrilleros, son los sindicalistas, los políticos, los homosexuales, los artistas contestatarios, los periodistas y académicos independientes, las maestras villeras, los intelectuales de izquierda, los hippies, las lesbianas, los marxistas, los anarquistas, los sacerdotes y las monjas tercermundistas, los ateos, las putas, los judíos, los travestis, los humanistas, los estudiantes politizados, los obreros clasistas, los peronistas, los troskos, los pobres rebeldes…

24 marzo

Habrá 30.000 desaparecidos. Cualquiera puede desaparecer. Nadie sabe bien por qué desaparece la gente. Algo habrán hecho…
El terror disciplina la sociedad para el cambio. Las calles, los espacios públicos, son peligrosos. Uno puede ser detenido por caminar en la calle, de noche o de día, por estar en un bar, por ser amigo de alguien, por figurar en una libreta telefónica, porque te denuncia un vecino, porque al policía de la esquina no le gusta tu cara, porque no le gusta a tu jefe. Tampoco hay lugar seguro. Pueden venir a buscarte a tu casa o al trabajo, también puedes quedarte sin trabajo.
El otro es peligroso. Se rompen los lazos sociales, se cambian las costumbres. Se rompe, se achica, desaparece la cultura emancipadora. Argentina atraviesa un período histórico muy siniestro. La cultura cambia, no sólo por el ajuste económico sino porque el poder ha pasado a manos de una elite neo colonialista. La ideología de esta elite es el orden, la disciplina y lo que difusamente se trasmite como el ser nacional. Que no tiene mucho de nacional, sino de anquilosados valores europeos del siglo XIX. La cultura se transforma en espectáculo, negocio, evasión y disciplina.

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En el cine nacional, la Dictadura impulsa más la comedia y el entretenimiento que los temas reflexivos y artísticos.
La comedia para niños tiene como productor y director estrella a Palito Ortega: “Dos locos en el aire” (1976), “Brigada en acción” (1977), “Amigos para la aventura” (1978). Películas donde la alegría alterna con fomentar el respeto por las instituciones militares y policiales, dedicadas en esos años al secuestro, la tortura y la desaparición de personas. Películas donde se puede ver al propio Ortega manejando un Ford Falcon verde sin patente -como los usados por las instituciones para secuestrar gente- y se destaca que la policía argentina se encuentra entre las mejores del mundo. Películas donde se condena a las ideologías extrañas que corrompen a los humildes y se reivindica a la elite agraria y a la religión cristiana, donde se destaca la unión de la familia y hasta se escucha la melosa “Sonrisa de mamá” cantada al son de una marcha militar.

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La comedia para adultos tiene como directores estrella a Hugo y Gerardo Sofovich, Enrique Cahen Salaberry y Fernando Siro: “La noche del hurto” (1976), “La guerra de los sostenes” (1976), “Las turistas quieren guerra” (1976), “La nueva Cigarra” (1977), “Un toque diferente” (1977), son algunos de los títulos. Si bien la intención de estas películas es divertir, también puede decirse que exaltan el individualismo, el consumo, y la ideología capitalista de pisar al de abajo para ascender y de tratar a la mujer como un objeto sexual. Los personajes masculinos son normalmente adúlteros y lascivos (en clara contradicción con las comedias formativas de la familia unida), sin necesidades económicas pero ávidos de dinero fácil. Los personajes femeninos tienen cuerpos de vedetes, son ligeramente idiotas y tienen modos de putas, no hay mayores precisiones psicológicas. Las escenografías suelen ser: boliches, oficinas, hoteles alojamiento, piletas, bulines, todo tipo de camas, lencería, vasos de whisky. Y los elencos suelen ser más o menos los mismos: Alberto Olmedo, Jorge Porcel, Moria Casán y Graciela Alfano, a quien se le atribuye una relación adúltera con el mismísimo almirante Massera, que dirige el centro clandestino de detención más grande del país, la ESMA. Tal vez este sea el único dato para vincular esta serie de películas ramplonas y falsas con la realidad profunda del país. Pero no alcanza.
De modo que las cuadras de la calle Lavalle ya no son transitadas como antes y crece la ausencia. No se inauguran más cines, y aunque la calle será convertida en peatonal durante las 24 hs. en el año 1978, nunca tendrá aquella asombrosa marea de espectadores.

(Continuará…)

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1.Ver “Dos cuadras de la calle Lavalle”, Parte VII y Parte VI.
2.Basada en el libro de Rodolfo Walsh de 1957.
3.Ver “Dos cuadras de la calle Lavalle”, Parte VII.
4.Carlos Pedro Blaquier, dueño del ingenio Ledesma, fue procesado en 2012 por haber entregado los vehículos a las fuerzas de seguridad para los secuestros de más de trescientos dirigentes sindicales y referentes sociales de la industria del azúcar en los episodios conocidos como “Noche del Apagón” en julio de 1976.

Comentarios

  1. Muy buena reseña. Tristísima…, claro, a uno se le encoge algo en el centro del cuerpo al recordar esos tiempos vividos, pero fue así- y para otros: peor; pero, pobrecitos, ya no están.

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