Indio Solari. Adiós a un ídolo pagano

Este viernes amaneció raro.
Era un día gris, espeso, lluvioso: un día suspendido en una niebla honda. Como si el cielo hubiera quedado en pausa, tomando las ventanillas opacas de los trenes, el curso de las vías, el líquido peso del agua del río marrón.
La noticia empezó a correr temprano, primero en susurros, después en mensajes reenviados, después en la radio.
“Murió el Indio Solari.” Tres palabras que parecen un malentendido, una frase que no puede pertenecer a esta realidad inmunda. Pero pertenece. Conmueve y atraviesa como una daga a varias generaciones.

Murió el hombre, no el mito. El mito hace rato que baila solo.

Dicen que nació en Paraná, pero en verdad nació en cada lugar donde alguien lo escuchó por primera vez.
Nació en el casete pirata de un adolescente, en un auto viejo, en un recital clandestino, en un parlante distorsionado, en las voces desalineadas de madres, padres, abueles. Nació en la garganta de quienes encontraron en su música un modo de sobrevivir a la intemperie.

A principios de los años 70, en esos comienzos pobres de perdedores hermosos, se cruzó con Skay Beilinson en Valeria del Mar. Fue un encuentro sin épica, sin luces, sin un destino escrito. Dicen que entonces intuyó que algo nuevo estaba por ocurrir. Fue entonces cuando, como un ídolo pagano, mutó en Patricio Rey y sus Redondos de Ricota. Una cofradía de voces en fuga.

El Indio se presentaba como un narrador que hablaba desde un costado del mundo donde la realidad se veía más nítida. Pero a veces la historia se arma así: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, una banda que nunca fue solo una banda. Fue un mito clandestino, una hermandad, un experimento. Los primeros recitales eran ceremonias de baja intensidad. El Indio cantaba desde un lugar que no era el escenario: era el margen, el borde, el territorio oculto del conurbano.

En Gulp! (1985) ya dejaba caer frases que parecían telegramas del futuro. Frases que hoy, con su muerte fresca, suenan como advertencias que no supimos leer del todo.

Con Oktubre (1986), la banda dejó de ser un secreto. El país recién salía de la dictadura y necesitaba un idioma para nombrar lo que todavía dolía.
El Indio lo ofreció sin ofrecerlo: cuerpos vigilados, ciudades que devoran, libertades frágiles.
En una de esas líneas que se volvieron consigna, hablaba de presos que no siempre están detrás de rejas.
Y la gente entendió.

Los noventa fueron un carnaval oscuro.
La Mosca y la Sopa (1991), Lobo Suelto / Cordero Atado (1993), Luzbelito (1996).
Cada disco era una radiografía emocional del país: la fiebre, la paranoia, la belleza clandestina.
En Luzbelito, por ejemplo, dejaba caer esa idea de que el mal no es un monstruo, sino un detalle.
Y todos sabíamos de qué hablaba.

Pero la masividad también trajo su propio monstruo: la policía, la violencia, la presión de ser símbolo. Y la muerte.
El Indio, que siempre eligió la sombra, empezó a sentir que la criatura crecía más rápido que él. En 2001, los Redondos se disolvieron sin despedida. Patricio Rey se evaporó como un santo hastiado de sus fieles.

La etapa solista fue otra cosa. Más íntima, más quebrada, más luminosa en su oscuridad.
En El Tesoro de los Inocentes (2004) parecía hablar desde un cuarto sin ventanas.
En El Ruiseñor, el Amor y la Muerte (2018), su voz ya era un instrumento gastado, pero todavía capaz de abrir heridas y cerrarlas en la misma frase.

Y ahora esto. La madrugada en que el Indio murió, miles de personas sentimos que se apagaba una luz que no sabíamos que necesitábamos tanto. Una vez más, el país se quedó un poco más huérfano.

En las calles, en los bares, en los colectivos, la gente no habla: escucha sus canciones, como si fueran el idioma del duelo. Hay quienes dicen que se fue un músico. Hay quienes dicen que se fue un poeta. Hay quienes dicen que se fue un profeta.
Tal vez todos tengan razón.

Su obra —esa criatura indomable— es como una brújula subversiva, marcando el rumbo, nuestro rumbo que siempre será el Sur.

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