El Último de los Libreros

por Gabriel Luna

Alto, flaco, de frente amplia, lentes y ojos grandes que parecían llegar a todas partes, la figura de Pedro resplandecía como un faro entre las estanterías y las mesas con pilas interminables de libros. Y era realmente un faro para nosotros, los navegantes noveles abrumados por tanto texto desconocido, los que queríamos llegar a buen puerto con una monografía, aguzar el pensamiento, amarrar un tema, o embarcarnos en esa novela que nos reflejaría como nunca nos vimos y cambiaría nuestras vidas. Todos nosotros necesitábamos de la mirada de Pedro. Y Pedro escuchaba, inquiría, volvía escuchar, paciente, amable. Hasta que hacía un comentario, o pronunciaba un nombre y se movía. Entonces ocurría la magia, nos quedábamos en suspenso hasta que él buscaba y traía desde una pila, desde el depósito, o de una estantería cualquiera, esa maravilla tan perseguida. Y digo tan perseguida, porque la mayoría de nosotros -después de mucho andar- acudía a Pedro como último recurso. Y si la maravilla no estaba en su librería, él indicaba dónde debíamos buscar, cuáles eran las fuentes y las inmediaciones. Además de conocer el tema de la obra que buscábamos y sus vinculaciones con otras obras, Pedro conocía la historia comercial del caso: cuál era la editorial, la distribuidora; y si el libro estaba agotado, dónde podría conseguirse. Impresionante, el tipo de verdad proyectaba luz sobre las cosas. ¿Quién era Pedro?

Se llamaba Pedro Wolkovikz, era autodidacta e hijo de ucranianos, me dice Jorge Soto, compañero de trabajo de Pedro durante veinticuatro años, y actual encargado de la librería Cúspide en Av. Corrientes 1316 (en pleno Centro de la ciudad de Buenos Aires). Pedro -o Pedrito, como lo llamaban sus compañeros de trabajo- empezó su carrera en la librería Martín Fierro (Av. Corrientes al 900) en el año 1972, dice Jorge Soto. De allí pasó a la legendaria librería Fausto en Av. Corrientes 1311 (donde hoy hay una librería Hernández). En 1981 Fausto se mudó de la vereda de enfrente, con Pedro incluido, a este local de Corrientes 1316.

Yo lo conocí acá, cuando empecé de cadete él ya era un fenómeno, dice Soto. Venía mucha gente a consultarlo sobre los temas más diversos. Su fama crecía. Hasta los propios libreros cuando se les quemaban los papeles recomendaban: pregúntele al flaco con anteojos de Fausto, si no sabe él… Pedro leía muchísimo: libros, reseñas, informes, revistas especializadas. Y se enriquecía además con lo que le preguntaban. Todo le interesaba. Tenía una crítica infalible. Respecto a lo profesional, dice Soto con entusiasmo, Pedro podía ver en un cliente al lector potencial de un autor determinado. Aquel será un lector empedernido de Joyce, vaticinaba, o aquella será lectora de Alejandra Pizarnik, aquel de Dostoievski, aquella de Tolkien… Y no se equivocaba. La gente volvía y le agradecía la recomendación. Para un librero, tener esa capacidad es el mejor de los dones.

¿Aquí estuvo la librería Fausto?, le pregunto a Jorge Soto. Sí. Desde 1981 hasta 1999, cuando fue absorbida por el grupo Santillana, responde Soto. Luego se convirtió en una librería de Cúspide. ¿Y Pedro Wolkovikz fue empleado de Fausto, después de Santillana, y luego de Cúspide?, pregunto. Sí. Trabajó en este lugar veintiocho años. Fue la imagen viva de la librería. ¿Habrá sido el encargado?, ¿habrá formado a muchos libreros?, pregunto. Nunca quiso ser encargado, me dice Jorge Soto. No quería tener empleados a su cargo, no quería problemas. A él le gustaba: leer, informarse, investigar, descubrir, informar, recomendar, vender: ser librero. Sentía pasión por lo que hacía, sabía muchísimo, pero no se imponía… No era invasivo con sus compañeros de trabajo ni quería hacer escuela. Pero si le preguntabas, te respondía con todo detalle y amabilidad, aprendías.

¿Cómo vivía fuera de la librería?, pregunto. Vivía solo, tenía un gato que llamaba Yin. El gato era lo oscuro y el desorden, y él era el Yang, explicaba con una sonrisa. Le gustaba cocinar, y le gustaba muchísimo la música: desde Mozart hasta la música étnica africana, pasando por el tango, por nuestro folclore, y por Deep Purple. Sabía de música tanto como de libros. Por lo demás, vivía con cierta armonía, todo el mundo lo quería, viajaba, distribuía sus vacaciones a lo largo del año, ¡tenía muchos días de vacaciones! Ya estaba por jubilarse. ¿Cuándo falleció?, pregunto. El 18 de octubre del 2010, tenía 64 años. Cumplía 65 el 21 de enero de 2011 y se jubilaba…

Recordaremos el faro de Pedro, nosotros, los clientes de Fausto y de Cúspide, y también sus compañeros de trabajo. Tal vez su muerte sea como una señal de un mundo que está desvaneciéndose ante nuestros propios ojos, pienso. ¿Ya no hará falta el faro? Ahora buscamos los libros o la información por Internet. ¿Es lo mismo? ¿Es mejor?, ¿es más accesible para todos?

Pedro Wolkovikz encarnaba, a mi entender, al último librero erudito de la calle Corrientes, tal vez de toda la Ciudad. No es que fuera concretamente el último, pero sí estaba representando el fin de una estirpe. Pedro venía de una tradición de libreros románticos, emprendedores, o sacerdotales, dueños de sus librerías, con decisiones propias, con cierta autoridad intelectual (ganada o atribuida). Y había llegado a un mundo donde las librerías y las editoriales eran controladas por corporaciones. Los libreros de antes elegían qué vender según sus gustos y pareceres -muchos eran también editores-, aquellos libreros que aconsejaban, investigaban, debatían, y se formaban a la par de sus clientes, son hoy una estirpe en extinción. Los libreros se han convertido en simples vendedores detrás de un monitor, que intentan vender lo que deciden las corporaciones.

De todas estas cosas, quise hablar con Pedro. Le pedí una entrevista para el Periódico VAS dos años antes de su muerte. La idea era resaltar, a través de él, la imagen del librero. Pedro era un entusiasta lector del VAS, pero no quiso hacer la nota por no aparecer en primer plano. La entrevista surgió igual, aunque nunca hasta ahora publiqué nada de lo que me dijo. El panorama de la tradición y el devenir del librero, es un aporte suyo. También le pregunté sobre sus gustos literarios y nombró a W. G. Sebald. Le había gustado enormemente su obra, en particular “Los Anillos de Saturno”. Yo no conocía al autor y él hizo un reseña. Dije que le agradecía los datos, que iba a comprar “Austerlitz”. Él sonrió, no sé si me lo agradecerás después de leerlo, dijo.

8 comentarios en “El Último de los Libreros”

  1. Conocí a Pedro personalmente y en varias oportunidades pude comprobar que se trataba de un caso singular, diferente a los vendedores que hoy te atienden en cualquier librería. Realmente sabía de autores y de libros.

    Muchas gracias por registrar su historia!

    Un gran abrazo…!!!

  2. Un merecido homenaje al librero ejemplar del Bs.As. perdido, de los 80 a los 90, en que las fuentes “del saber estaban encarnadas” en los seres reales y en cambio hoy como cibernautas solitarios recibimos los aportes, incentivos y orientaciones de “asesores desconocidos, páginas espureas y profetas lejanos con vocación de protección sin fines de lucro” que asumieron la angelada función que los extraordinarios libreros como Pedro dejaron vacantes…QEPD

  3. Trabaje con Pedrin casi dos hermosos años.Era un ser fuera de este mundo…Ademas de un gran librero era una persona excelente…Se te extraña horrores,Peter,estas en todos los rincones de la libreria…Gracias por la nota…

  4. Muchas gracias por este homenaje a alguien excepcional, buena persona, luminoso, sabio de verdad (nunca alardeaba de todo lo que conocía), sencillo y de un especial sentido del humor. Peter nadie que te haya conocido podrá olvidarte. Trabaje con él, pude conocerlo, reirme con sus chistes y disfrutar su andar casi gatuno por la librería. Para mí su energia debe seguir rondando por los estantes de Corrientes 1316.

  5. Pedro era un ser excepcional, maravilloso, y quizá también algo extraño.
    Lo conocí hacia 1975, cuando comencé a comprar libros en Fausto -Corrientes 1311- (no recuerdo que haya trabajado en Martín Fierro, que estaba en Corrientes al 1200, vereda par -aunque ese dato no añade nada importante-).
    Pedro sabía todo lo que uno necesitaba saber, y era tan generoso que lo compartía con quienquiera que le preguntara.
    Su memoria registraba hasta los datos más nimios. Recuerdo que una vez fui a Fausto a buscar una cosa rara, y José Luis -otro de los empleados- que me estaba atendiendo, me dijo: “¡Esperá! Vamos a preguntarle a nuestra computadora caminante” (y eso que aún no era la época de las computadoras), y por supuesto llamó a Pedro.
    No tengo palabras para expresar la congoja que me produjo su muerte.
    Pero por suerte tuve cientos de oportunidades de agradecerle personalmente todos los favores que me hizo.
    Pedro, un ser inolvidable.

  6. Todavia no puedo creer que se haya ido. A los que lo hemos conocido nos ha marcado. Era un ser que transmitia paz y armonia. Lo extrañamos mucho.-

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