“Constelaciones de performance”

por Dolores Pruneda Paz

¿Qué tienen en común las marchas multitudinarias y vigilias que precedieron a la ley de aborto legal en Argentina con las tendencias y circulación en redes de consignas como Black Lives Matters o la incitación a la insurrección de Donald Trump? Según Marcela Fuentes, autora del ensayo “Activismos tecnopolíticos”, todo es performance, todas son expresiones corporizadas que no distinguen entre la calle y la virtualidad y sirven como herramienta para cambiar la realidad.

En el libro, que lleva por subtítulo “Constelaciones de performance”, Fuentes distingue las performances contrahegemónicas, las que no buscan el espectáculo sino la justicia y transformación social -que son las que concentran su atención-, de las performances de los líderes políticos, que apuntan sobre todo a crear públicos y seguidores mediante la manipulación, y las performances artísticas, que manejan códigos claros.

La artista e investigadora santafesina, profesora de la Northwestern University en Illinois, analiza en esta publicación de Eterna Cadencia, casos de acción política colectiva en Latinoamérica y construye un mapa de constelaciones.

El libro adopta en su versión en castellano (la primera fue en inglés en 2019) una tapa rosa chicle que alude a la incorporación de un capítulo inédito sobre el movimiento argentino Ni una menos (NUM) y repasa su impacto en otros países, como Chile, donde la legalización del aborto en Argentina el último 30 de diciembre sirvió para reabrir sus discusiones sobre las despenalización.

Comienza en los 90 con el movimiento zapatista, sigue con la crisis argentina de 2001, las manifestaciones estudiantiles chilenas de 2011, las de la generación sin miedo, las movilizaciones por la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en México y el surgimiento del colectivo feminista Ni una Menos.

“Quizás porque crecí en una dictadura creo firmemente que las concentraciones de masas para celebrar victorias ganadas con mucho esfuerzo o para repudiar políticas abusivas son herramientas democráticas cruciales”. La declaración que da comienzo a este ensayo parece la base conceptual que lo estructura, el principio de un credo que recurre al campo de la performance para leer cómo la sociedad dirime sus conflictos y ejecuta sus identidades.

Flash mobs (multitud que se reúne de golpe en un lugar público para hacer algo inusual y se dispersa rápidamente), sentadas virtuales, campañas de hashtags: en la era de la posverdad, Fuentes se concentra en el entrelazamiento de las protestas callejeras y las redes digitales como cocreadoras de acciones colectivas insurgentes on y off line.

“No es activismo social por un lado y protesta en la calle por el otro. No es uno para que se dé la otra. Aún cuando compartamos el espacio físico de una asamblea cara a cara estamos ‘atravesadxs’ por lo digital. Lo remoto no quita lo sincrónico y esto no quita lo vital. La memoria en nuestros cuerpos de protestas se resiste a abandonar nuestro ser en las pantallas”, resume la autora.

¿La performance, aquí, sería una herramienta de análisis y de transformación?

 El libro muestra cómo la performance -como conducta simbólica, dinámica y corporal- está en el centro de la cultura y de la política. Lo rico de los estudios de la performance, el campo desde el que proviene mi investigación, es que permite analizar una amplia gama de expresiones sociales y culturales y entender cómo funcionan esos “modos de hacer”, tanto para consolidar sistemas de identidad, comunicación y poder, como para subvertirlos. Entonces vamos de la performance artística que se juega con códigos claros, a la performance social (la del género, la raza, la nación), a la performance cultural, a la performance política, que comunica ideas de poder, cohesión, horizontes, justicia. Son maneras de poner en la escena social una idea de “ser en movimiento”, en transformación, inestable. Nada es apriori, ni de una vez para siempre. Por eso la performance es esencial a la política, no sólo como un modo de representar a quien está al mando, sino como un accionar a través del cual devenimos pueblo, movimiento social, movilización revolucionaria.

¿Cómo funcionan las constelaciones performativas?

 Tiene que ver con mostrar que en nuestra cultura digital e hipermediatizada la protesta callejera y el agite en redes están imbricados, no están en relación jerárquica. Lo más interesante es observar la centralidad de los cuerpos en las protestas urbanas, por ejemplo en las marchas feministas, y que el trabajo en red no es ni la antesala ni la mera documentación de estos acontecimientos. Es una herramienta crucial a la hora de destacar qué corporalidades, qué sujetas y cuerpos colectivos están en el centro de una contienda y por qué. Muchas veces se piensa que no hay cuerpos en las redes o que la acción en red sirve como apoyo al verdadero desborde que se da en la ocupación del espacio público, pero este concepto de constelaciones de performance o “dramaturgias constelativas” muestra que para los activismos contemporáneos estas imbricaciones, estas movidas multiplataforma de sincronicidades remotas, son imprescindibles a la hora de confrontar sistemas de poder supranacionales y de crear alianzas entre movilizaciones locales y movimientos transfronterizos.

¿Qué otras lógicas reclaman estas luchas?

 Se habla mucho en estos tiempos de autoexplotación, de borradura de límites entre los espacios de producción y reproducción, que es tan caro al capitalismo “inmaterial”, al capitalismo semiótico, creativo, se habla del auto-cuidado, y de la retirada de esa lógica, de lo improductivo. Mabel Rodríguez Centeno incluso lo trabaja en el contexto de Puerto Rico como “vagancia queer” para revisar las lógicas de lo que es respetable y, en ese contexto, la puja por la soberanía (del pueblo) dentro de un estado colonial.

¿Qué otros espacios hay para retirarse del capital? Pienso en TikTok y el poder que la creatividad tienen en esta gramática performática de las luchas sociales.

Algunxs incluso plantean la retirada de la performance en sí, dejar el campo de lo visible, volverse opaco, fugarse de lo legible. Hay todo un terreno de experimentación con formas de hacer/se (a la fuga). E incluso la fiesta, el placer, la sexualidad como terreno de la afirmación de sí, y debemos agregar lo trans/travesti como lógica comunitaria de cuidado y de implosión del ordenamiento de cuerpos en categorías sexogenéricas, y sigue la lista por las formas que nos damos de co-existir, con especies compañeras y con la tierra. Eso también tiene sus expresiones en las redes, en performances del yo, que forman otro tipo de constelaciones más sutiles, tal vez, pero no menos políticas.

¿Cómo resignificó la pandemia esta gramática de la performance? Pienso en hashtags: #cierrenlasescuelas o #Luchartienesentido y #abranlasEscuelas o #ArgentinaXsusHijos

 Están los esfuerzos de La Campaña por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito por seguir con el impulso por la ley a través de protestas que vincularan redes y espacio urbano: desde ruidazos en balcones hasta pañuelazos virtuales en Zoom, cintas en las casas, sillas y cartelería (presencia de cuerpos in absencia) y marchas con estandartes que aseguraran la distancia y que también fueran llamativos desde arriba (los drones son protagonistas en el tema de visualizar a la masa hoy día). Y también está el tema de disputar el sentido de la función de ‘les maestres’ y cómo se les está tomando como seres sacrificiales, haciendo parecer su inagotable trabajo virtual como suspensión de clases. Las consignas “sin salud no hay educación” o “virtual para cuidar” circularon en redes reclamando el fin de la actitud necropolítica de que la educación está por delante de todo y de que la virtualidad implica abandono. Por otra parte, la libertad y la disputa por su significado y movilización en la esfera pública es otro hito del momento, un momento de interdependencia, de vulnerabilidad, precariedad e incertidumbre donde es obvio que la salida es colectiva.

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