¡FUEGO!

por Cristina Sottile

“La cultura es la sonrisa que brilla en todos lados
en un libro, en un niño, en un cine o en un teatro
sólo tengo que invitarla para que venga a cantar un rato”

 

En la noche entre el 27 y el 28 de agosto, un incendio destruyó la marquesina del Teatro Alvear, parte del una vez prestigioso Complejo Teatral de la CABA, cerrado y abandonado a su suerte por la gestión del ingeniero Mauricio Macri en la Ciudad, cuya mano ejecutora en el ámbito de la Cultura fue el Ministro Lombardi.
Dicen “se quemó”, dicen “se prendió fuego”, apelando al impersonal que sugiere una fatalidad mágica, a modo de maldición, o una catástrofe natural como una tormenta, por poner un ejemplo.
Dejemos de lado los testimonios de vecinos que dicen que los colchones de los nuevos pobres de la ciudad más rica del país fueron quemados intencionalmente, a la hora de la sombra y de la niebla. Dejemos de lado la puesta en venta de todas las oficinas del edificio en otro emprendimiento inmobiliario de la CABA, que declarando la propiedad sin valor para la gestión, innecesaria, para que sea posible ponerla en venta.

¿Qué precio tiene una propiedad sobre la calle Corrientes?
Es pregunta retórica, solamente para que lo pensemos, porque lo que se intenta abordar desde este lugar, es el resultado de las políticas neoliberales en el campo de la Cultura. Que no abarca solamente aquellas prácticas que tienen que ver con muestras, escenarios y entretenimiento: la Cultura, entendida en su vasta y compleja definición, atraviesa y es parte de todo quehacer humano, nos define como integrantes de una comunidad, es identidad y es memoria.
El Teatro Alvear sufre en el régimen neoliberal, el mismo destino del Teatro General San Martín, las escuelas de arte, los centros culturales, las bibliotecas y toda expresión artística en espacios públicos: la condena, el vaciamiento y la represión. Porque una de las características más despreciables del neoliberalismo en gestión es la transformación de todo en un bien de mercado, y desde esta lógica de compra-venta sólo tiene valor lo que tiene precio, cuestión que se aplica a todos los terrenos y propiedades de la Ciudad de Buenos Aires, pero también para la Salud, la Educación y la Cultura.
El derecho al goce, al espacio público disfrutable, la inversión en felicidad para el pueblo no son considerados, y esto se refleja en el presupuesto destinado a las áreas mencionadas.

“La cultura es la sonrisa para todas las edades
puede estar en una madre, en un amigo o en la flor
o quizás se refugie en las manos duras de un trabajador”

Así, es cultura y es espacio de disfrute solamente aquello que puede obtener un soporte económico propio, aquello que puede ser pagado en una ventanilla, aquello que es definido desde un grupo que detenta el poder e invisibiliza no solamente la producción cultural de sectores sociales que son desjerarquizados por procedencia geográfica, económica y/o política, sino que además toma precauciones para que quienes integran dichos sectores, no sólo no muestren lo suyo (esa riqueza social que nos perdemos) sino para que tampoco sean vistos en los lugares que esta elite cultural y política excluyente considera como propios.
Así, se rediseña la Plaza de Mayo intentando borrar los pañuelos y la marcha de las Madres (y los multiplicaron); así, la solidaridad expresada en una murga o un grupo de músicos callejeros, se reprime (y las murgas siguen tocando sus tambores); así, fue atacado sistemáticamente a lo largo de la Historia todo aquello que remitía a la dignidad de los trabajadores y sus derechos: hospitales, teatros, barrios obreros, el modo de producción industrial y las instituciones que lo conforman.

“La cultura es la sonrisa con fuerzas milenarias
ella espera mal herida, prohibida o sepultada
a que venga el señor tiempo y le ilumine otra vez el alma”

El 3 de septiembre, se perdió para siempre el mayor y más antiguo museo de América del Sur, con alrededor de 20 millones de piezas, y más de medio millón de títulos en la biblioteca. Fue la colección más grande de títulos antropológicos y arqueológicos en la región, y el edificio mismo es un bien patrimonial irrecuperable, que había sido residencia imperial antes de la Independencia.
Y se quemó, lo mismo que el Alvear. Otra vez la catástrofe natural, la maldición. Después de la hora de cierre, se quemó.
El museo pertenece a una de las áreas que el neoliberalismo, también en Brasil, considera “gasto” (porque además, estas gestiones neoliberales de la región tienen la característica de ser profundamente ignorantes y vergonzosamente cipayas), bienes suntuarios, lujos innecesarios. Entonces, los complejos mecanismos de control de fuego, de temperatura, de humedad, que requiere un museo de esta envergadura, se vieron resentidos. No sabemos qué fue lo que ocasionó el fuego, como no sabemos en qué lugar se inició el incendio de Roma, pero sabemos que los mecanismos protectores no funcionaban correctamente, que no se había invertido en eso.
De las cenizas no se vuelve, como bien sabían aquellos que fueron convocados a quemar libros en 1933 en Berlín y otras ciudades en los inicios del gobierno de Hitler (asumido mediante elecciones libres). Fueron imitados patética y trágicamente por los dictadores locales en quemas similares a partir de abril de 1976. La Inquisición quemaba brujas, los gobiernos autoritarios queman libros. Y el neoliberalismo extiende su acción hacia cualquier espacio de cultura, esos peligrosos (para ellos) espacios de libertad.

“La cultura es la sonrisa que acaricia la canción
y se alegra todo el pueblo, quién le puede decir que no
solamente alguien que quiera que tengamos triste el corazón.”

Sin embargo, la memoria no se quema.
La ausencia del objeto a veces es más perdurable y más visible que el objeto mismo.

“Ay, ay, ay, que se va la vida
pero la cultura se queda aquí”
La cultura es la sonrisa, León Gieco

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