Hace 400 años en Buenos Aires

¿Cómo vivían, qué deseos e intereses tenían los primeros porteños? Doblando la propuesta evocadora del Bicentenario (400 años en vez de 200), Periódico VAS ofrece a continuación un fragmento del Capítulo XX de LA OTRA HISTORIA DE BUENOS AIRES escrita por Gabriel Luna. Esta obra ha sido publicada por partes en 25 números del Periódico VAS, y la editorial Punto de Encuentro la ha publicado recientemente en forma de libro.

Trinidad, la primitiva Buenos Aires, es un contraste de pobreza y opulencia, de chicos morenos descalzos y algunas mujeres níveas con zarcillos de rubíes transportadas en sillas de manos. Es una aldea de azahares, durazneros, y olores rancios de toneles, cueros y carne al sol. Es lugar de carretas, bueyes, barro, vendedores al paso y tiendas de ultramarinos, de calafates, carpinteros, tahúres, aventureros, de algunos hombres arrogantes con botas altas, capas de Segovia y sombreros emplumados. Es aldea de procesiones con cirios e incienso, de soldadesca y marinería ociosa trajinando burdeles.

Y un malestar de reyerta y alcohol, de inquietud y resentimiento, de pícaros y mendigos, de ladrones y cuatreros, llega desde la periferia.

El 16 de septiembre de 1631 dos figuras trepan el muro sur del Fuerte (ubicado aproximadamente donde hoy está la Casa Rosada, frente al Ministerio de Economía), hacen un boquete, y se llevan 9.477 pesos de la Real Hacienda. Son Pedro Cajal, criollo chileno, y Juan Puma, indígena al servicio de Cajal, que viven en las afueras. El gobernador Céspedes ordena una búsqueda intensa. Los encuentran en una semana, los juzgan durante la semana siguiente. No tienen a su favor, como el contrabandista Vergara -que ha robado a la Real Hacienda mucho más que ellos-, un obispo que los defienda blandiendo un hacha para liberarlos de la cárcel y excomulgando al gobernador, tampoco han comprado al Tribunal o a los carceleros, ni tienen abogados enredistas a su favor. El 30 de septiembre Cajal es condenado a morir por garrote vil y Puma es ahorcado. Sus cabezas, a modo de escarmiento, son colocadas en picas y exhibidas en la Plaza Mayor hasta que se las comen los pájaros.

Pero el malestar no sólo llegaba desde la periferia. El juego, la lujuria, el racismo, la prostitución, el cohecho, la explotación del trabajo humano, la ambición desmedida, surgían desde la misma Trinidad; precisamente, de las casas de ladrillo con interiores palaciegos ubicadas en el centro de la aldea. Buenos Aires es un monstruo con varias cabezas, decía Hernandarias en una carta al rey refiriéndose al contrabando. El contrabando produce exclusión, pero también corrompe a la sociedad que lo sostiene. Pongamos un ejemplo. La prostitución no sólo es ejercida en Trinidad por esclavas y pobres mujeres desesperadas, también la ejercen las damas porteñas.

La casa de Antón García Caro es una sencilla construcción de adobe con tres cuartos ubicada a poco más de una cuadra de la Catedral, ocupa la actual esquina SO. de San Martín y Perón -en la manzana donde hoy se erige la monumental Galería Güemes- y tiene un terreno que llega hasta la actual calle Florida. Exactamente en los fondos de ese terreno hay un jardincillo rodeado de tupidos naranjos y durazneros. Allí se representa, al caer la tarde o en las noches de luna, una curiosa escena dedicada a la elite de la aldea. El espectador -siempre se trata de un solo espectador por vez- se oculta tras el follaje asistido por una esclava de la casa o atisba, cómodamente sentado, por las rendijas de unas sábanas tendidas entre los árboles. En el centro del jardín hay una tina que despide vapores aromáticos. No se ve otra cosa hasta que, después de esperar varios minutos, llega un resplandor. Una mujer descalza trae un candelabro de tres velas y se acerca a la tina. Es hermosa, joven y pálida, lleva el cabello suelto y hábitos azules y blancos que la cubren hasta los tobillos como una virgen de Murillo. La virgen -que no es en absoluto virgen- apaga una vela, deja el candelabro en el piso, y se quita sin más el manto de tonos azules. Nuestro espectador se inquieta. La joven no parece advertirlo, pero sonríe, y danza vestida con su túnica blanca en derredor de la tina. Hasta que se detiene, y apaga otra vela. Entonces, alejándose un poco del candelabro y dando la espalda al observador, se agacha para sostener la túnica desde los bordes y la alza haciéndola pasar sobre su cabeza. La mujer sólo tiene puesta una camisa de gasa, sin mangas, que le cubre hasta la mitad de los muslos. Ahora sus movimientos son más lentos, juega con las trasparencias acercándose y alejándose del candelabro como en una zarabanda. El espectador vislumbra la forma de los glúteos, la firmeza de las piernas, las cúspides canelas de los pezones en la camisa. Y deja de respirar en un intento inútil de detener el tiempo. Quiere retener, poseer ese cuerpo para siempre. Ella apaga la última vela. La mirada del hombre tarda en habituarse. Se va formando un pálido brillo en la sombra. La mujer no se ha ido, está de pie, quieta frente a él, completamente desnuda. Su cuerpo de tan blanco brilla a la luz de la luna. El hombre retendrá esa imagen para siempre. La mujer va resuelta hacia la tina, el agua suena como un chasquido. Todo ha terminado. La esclava conduce al espectador a la salida, cobra la función en metálico o en alhajas, y tal vez arregle otro tipo de encuentro.

La escena del Baño de la Virgen tiene distintas protagonistas: entre ellas Doña Margarita Carabajal, nieta de fundadores y viuda del contrabandista Texeido Acuña;8 y doña Ana de Matos y Encinas, que tuviera años después una estancia en Luján y comprara (¡vaya casualidad!) la milagrosa imagen de la Virgen de la Inmaculada o Limpia Concepción para hacerle capilla en sus campos.9 Pero la más famosa de todas las intérpretes del Baño de la Virgen será sin duda la que acabamos de mostrar: doña María de Guzmán Coronado, 21 años, rubia de ojos glaucos, caderas amplias y piel nívea, hija natural de Francisca Rojas y el capitán Luis Guzmán Coronado, sobrino del gobernador Marín Negrón.10 Esta mujer, María de Guzmán Coronado, tendrá una gran fortuna y seis hijos naturales de distintos padres; el primero de ellos será concebido con el sucesor de Céspedes, el futuro gobernador del Río de la Plata, don Pedro Esteban Dávila.

Es interesante notar cómo estos símbolos: las vírgenes, el baño, el cuerpo de piel blanca, la coreografía edénica del jardín, la limpieza de concepción, etc., van conformando una singularidad social en la elite de contrabandistas y gobernantes de la primitiva Buenos Aires, que está muy relacionada con la singularidad del espacio urbano. Ambas son manifestaciones de la exclusión: una a través de la economía, la otra a través de la discriminación étnica. Porque el dogma de la inmaculada o limpia concepción desemboca, en este caso, en una limpieza de sangre con sentido étnico, es decir, en un feroz racismo.11 Lo que ofrecen las señoras del Baño de la Virgen, es la limpia concepción sin el pecado de mestizaje, son niños similares a los de la elite imperial. María de Guzmán Coronado se paseará por las calles y los salones porteños usando gargantilla y zarcillos de rubíes: símbolos de la pureza de sangre.


8 Ver Parte XI.

9 Ver Parte XIX.

10 Francisca de Rojas se casó tres años después del nacimiento de María con Antón García Caro y heredó su casa y una estancia; también fue amante y protegida del capitán Pedro Sánchez Garzón, sevillano y próspero contrabandista de esclavos.

11 Si bien el dogma de la limpia concepción de la Virgen María se establece recién en 1854, tiene fuerte vigencia en la España del siglo XVII y la Corona lo usa de bandera, argumentando la limpieza de sangre en la expulsión morisca de Granada.

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