Hace siete años partía Eduardo Galeano

por Emiliano Blanco

En el libro «Los hijos de los días», él le ponía palabras a un 13 de abril:

«No supimos verte:
En el año 2009, en el atrio del convento de Maní de Yucatán, cuarenta y dos frailes franciscanos cumplieron una ceremonia de desagravio a la cultura indígena:
—Pedimos perdón al pueblo maya, por no haber entendido su cosmovisión, su religión, por negar sus divinidades; por no haber respetado su cultura, por haberle impuesto durante muchos siglos una religión que no entendían, por haber satanizado sus prácticas religiosas y por haber dicho y escrito que eran obra del Demonio y que sus ídolos eran el mismo Satanás materializado.
Cuatro siglos y medio antes, en ese mismo lugar, otro fraile franciscano, Diego de Landa, había quemado los libros mayas, que guardaban ocho siglos de memoria colectiva.»

Galeano se inició en el periodismo a los catorce años, en el semanario socialista El Sol, en el que publicaba dibujos y caricaturas políticas que firmaba como Gius. Posteriormente fue jefe de redacción del semanario Marcha y director del diario Época. En 1973 se exilió en Argentina, donde fundó la revista Crisis, y en 1976 continuó su exilio en España. Regresó a Uruguay en 1985, cuando Julio María Sanguinetti asumió la presidencia del país por medio de elecciones democráticas. Luego fundó y dirigió su propia editorial: El Chanchito, publicando a la vez una columna semanal en el diario mexicano La Jornada.

En 1999 fue galardonado en Estados Unidos con el Premio para la Libertad Cultural, de la Fundación Lanna.
En dos ocasiones obtuvo el premio Casa de las Américas: La primera en 1975 con su novela La canción de nosotros y en 1978 con el testimonio Días y noches de amor y de guerra.

La primera obra, La canción de nosotros, aborda el complejo tema de la lucha armada y la relación entre las fuentes culturales populares y la militancia de izquierdas de la pequeña burguesía.
La segunda, Días y noches de amor y de guerra, es una crónica novelada de las dictaduras de Argentina y Uruguay, aunque hay continuas referencias al entorno latinoamericano. En ella se relatan las vivencias de un periodista en un país aplastado por el poder militar y paramilitar en un período atroz, marcado por la violencia ejercida sobre los discrepantes.

En la trilogía Memorias del fuego -premiada por el Ministerio de Cultura del Uruguay y también con el American Book Award, distinción que otorga la Washington University-,  combina elementos de la poesía, la historia y el cuento y está conformada por los libros: Los nacimientos (1982), Las caras y las máscaras (1984) y El siglo del viento (1986); esta cronología de acontecimientos culturales e históricos proporcionan una visión de conjunto sobre la identidad latinoamericana.

Su audaz mezcla de géneros y talante crítico la convierte en una de las piezas literarias más ilustrativas de la labor de Galeano. Excepto la primera parte de Los nacimientos, titulada «Primeras voces», esta trilogía se estructura como un mosaico de breves textos independientes que, sin embargo, encajan y se articulan entre sí para formar un cuadro completo de los últimos quinientos años de la historia de América, narrados desde la perspectiva de los desheredados y abordando la diversidad en los temas, las voces y los estilos. Cada uno de los relatos está encabezado por el año y el lugar en el que tiene lugar el episodio que se narra; mientras que al pie de éstos se citan las obras que documentan los datos allí recogidos.

Galeano nos sigue preguntando e invitando a revisar nuestras prioridades “mirando por el ojo de la cerradura” y nuestrxs destinatarixs “Los nadies”.

Galeano nos provoca a caminar las calles de nuestra ciudad sin la indiferencia que nos filtran las injusticias de quienes duermen la intemperie o dónde se filtran las nuevas formas colonizantes de tratarnos.

Galeano nos impulsa a escribir “sentipensantes” en medio de una realidad exitista y alienante. Una realidad que nos reconoce por los méritos y reproduce las estrategias de exclusión mas novedosas como efectivas sin calendario… a sol y sombra.

Galeano nos exhorta a nombrar con nuevas palabras las circunstancias que nos demandan otras formas de compromiso, esos que abracen la vulnerabilidad y vuelvan protagonistas a lxs desplazadxs y caídxs. Aquellxs que esperan tener un lugar, porque no hay lugares para aparecer sin ser convertidxs en cifras o propaganda.

Galeano nos bienaventura a inaugurar los nuevos Derechos al delirio que nos rescaten de una normalidad que nos aplasta y organiza las angustias… pero sobre todo, nos nombra para reconocernos hacedorxs de esos mundos posibles:

«Nosotros tenemos la alegría de nuestras alegrías y también tenemos la alegría de nuestros dolores, porque no nos interesa la vida inodora que la civilización de consumo vende en los supermercados.
Y estamos orgullosos del precio de tanto dolor, que por tanto amor pagamos.
Nosotros tenemos la alegría de nuestros errores, tropezones que muestran la pasión de andar y el amor al camino.
Y tenemos la alegría de nuestras derrotas, porque la lucha por la justicia y la belleza valen la pena
también cuando se pierden.
Y sobre todo tenemos la alegría de nuestras esperanzas, en plena moda del desencanto, cuando el desencanto se ha convertido en artículo de consumo masivo y universal.
Nosotros seguimos creyendo en los asombrosos poderes del abrazo humano»

Gracias por mostrarnos otras orillas donde hacer naufragar nuestras palabras andantes.

Fuente: Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «Biografía de Eduardo Galeano». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona, España, 2004.
Disponible en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/g/galeano.htm

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