La bronca se une en las calles

Nadie puede decir con exactitud cuando empezó todo, porque la jornada no tuvo un inicio claro; primero fue una propuesta de la dirigente de izquierda, Miriam Bregman, expuesta en un programa televisivo. Luego esta idea  fue creciendo hasta tomar forma y expandirse como una vibración continua por las redes sociales, sindicatos, gremios docentes, centros de estudiantes, agrupaciones de jubilados, organizaciones de discapacitados, hasta repercutir como tiro en más de setenta localidades del país y matrializarse en La Marcha de la Bronca.

por Mariane Pécora

Es sábado 19 de septiembre, el calor primaveral asoma húmedo y en la Plaza de Mayo la gente viene llegando: trabajadores con mochilas gastadas, estudiantes con carteles recién pintados, jubilados que avanzan con la determinación de cada miércoles frente al Congreso. No hay una conducción visible; hay una convocatoria de la izquierda, de sectores de la cultura, del trabajo, de la salud, de la docencia que se hizo masiva, empujada por un malestar que la sociedad viene acumulando desde que Javier Milei asumió la presidencia.

El aire se siente espeso, cargado de conversaciones cruzadas. Una mujer muestra en su celular la foto de la fila interminable en Berazategui, esa que se había vuelto símbolo de la desesperación por conseguir trabajo. “Ahí estamos todos”, decía, y quienes la escuchan asienten sin necesidad de agregar nada. Los números del INDEC circulan como una atronadora radiografía del descalabro que vive el país: caída de la economía, desocupación en aumento, informalidad que ya parece una sombra inevitable.

Pero más que los datos, lo que domina la escena son las historias: el cierre de un taller, el recorte en un hospital, la deuda de las familias que crece tan solo para parar la olla, la universidad que ya no puede sostener sus programas por falta de presupuesto, la indigencia que padecen las personas con discapacidad, el colectivo por la diversidad, las mujeres solas que sostienen el hogar. Cada relato es una chispa que enciende otra.

La plaza se va llenando sin estridencias, como si la multitud adivinase que su sola presencia ya es un mensaje. Las banderas son diversas; las pancartas apuntan a los responsables políticos locales y foráneos, a los organismos internacionales como el FMI, a la complicidad del poder empresarial y de la propia oposición. Lo que une a todos es la sensación de que las estructuras tradicionales han quedado atrás, están vetustas, y que esta protesta nació desde el pie, desde abajo, de la bronca acumulada en miles de casas, trabajos y barrios.

Los convocantes —más de 350 agrupaciones— se mueven entre la gente como parte de la marea, sin pretender dirigirla. “La gente vino porque tenía que venir”, decía un estudiante, y la frase parecía resumirlo todo.

Cuando el sol empieza a caer, la plaza se acomoda para escuchar el documento central. No hay un silencio absoluto ni solemne, sino una especie de atención colectiva. El texto se lee sin pausas y cada frase parece golpear en algún punto del cuerpo. No es un listado de reclamos, sino una narración áspera, casi cruda, sobre un país que se siente en guerra consigo mismo.

El documento habla del gobierno de Javier Milei como quien describe una tormenta que arrasa sin distinguir a quién golpea: empresas que cierran, empleos que desaparecen, hospitales que se vacían, universidades atacadas, comedores sin alimentos, programas sociales desmantelados, artistas y docentes perseguidos, trabajadores criminalizados. La corrupción aparece, una y otra vez, como un hilo conductor oscuro que atraviesa todo, con nombres que la multitud reconoce y responde con murmullos de indignación.

El texto sigue y la plaza responde como si cada párrafo fuese la escena de una historia que  conocemos demasiado. Los gobernadores aparecen como personajes secundarios pero decisivos, cómplices silenciosos del ajuste. Las cúpulas sindicales son retratadas como guardianes de un orden que ya no representa a nadie y pacta a espaldas de sus representados, mientras trabajadores y trabajadoras pierden cada vez más derechos. El Poder Judicial surge como El Castillo de Kafka: una estructura lejana, inaccesible, pero presente, que sostiene el oscuro andamiaje del ajuste con pliegos y decisiones que parecen escritas de antemano.

El documento no se queda en la denuncia. De pronto, la narración se abre hacia las luchas en marcha: trabajadores del Garrahan que resisten recortes, obreros de Fate que pelean por sus puestos de trabajo, docentes que sostienen escuelas sin recursos, universidades que a rajatabla defienden la ciencia y la cultura, movimientos piqueteros que llenan ollas vacías, feministas que no abandonan las calles, ambientalistas que defienden el agua y la tierra, pueblos originarios que resisten desalojos violentos, jubilados y jubiladas que marchan cada semana, resistiendo los palos, los gases y la represión policial. La plaza escucha y parece reconocerse en cada una de esas batallas.

La parte ambiental del documento se narra como una defensa épica de territorios amenazados: montañas perforadas, ríos contaminados, glaciares en riesgo, tierras arrasadas por el extractivismo. El rechazo al RIGI y al Súper RIGI es una advertencia sobre un futuro que puede volverse irreparable. Y en un giro que sorprende, el texto se expande hacia el mundo, denunciando el imperialismo estadounidense y el genocidio del pueblo palestino, reclamando que Argentina rompa relaciones con Israel y defendiendo el derecho de los pueblos a decidir su destino.

El cierre del documento es un llamado a un desafío: organizar la bronca, convertirla en fuerza, impulsar asambleas, coordinar desde abajo, construir un paro nacional y avanzar hacia una huelga general. La plaza responde con un aplauso profundo como un latido colectivo.

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