La Otra Historia de Buenos Aires

Segundo Libro: 1636 – 1735.
PARTE II

por Gabriel Luna

Año 1636. Aldea de la Trinidad y puerto del Buen Ayre. Casa de tejas y patios, lindante con la catedral. Un salón en penumbras, un patio de naranjos, un escritorio y una biblioteca, luego un patio de jazmines, y el estrado de María Guzmán Coronado.[1] Una imagen de la virgen de la Limpia Concepción, con manto azul y túnica blanca, cuelga alta, como flotando en la pared principal, alumbrada apenas por una vela. Abajo hay luz de braseros. Dos mujeres desnudas bailan como llamas sobre el embaldosado rojo. Un hombre ventrudo vigila como un sátiro, sentado en la orilla de una cama con dosel de damasco, vestido con jubón, calzas y botas. Las mujeres cantan y bailan persiguiéndose alrededor de la cama cada vez más rápido. El hombre pide vino. La mujer rubia, de caderas amplias y cabello rizado, largo hasta la cintura, sirve vino rojo en copas de cristal. La otra, de piel pálida y cabello azabache, trata de descalzar al hombre. Está agachada de espaldas a él; tira de una bota, que pasa entre sus piernas. Suena una campana en la catedral. El hombre abre los brazos, se toma de las columnas de la cama, apoya la otra bota en las nalgas de la mujer y empuja. Suena otra campanada.
La escena, protagonizada por la bella y rubia dueña de casa, María Guzmán Coronado, por la pálida, hermosa y mística señora, Ana Matos Encinas, y por el lúbrico y orgulloso gobernador del Río de la Plata, don Pedro Esteban Dávila, tiene sus antecedentes y su ideología. No nace de una propuesta de Dávila, como cabría suponer. Se trata de un juego erótico, y a la vez lucrativo, ejercido y recreado en múltiples variaciones por estas hidalgas damas porteñas desde hace exactamente seis años.[2]

El juego nació en el año 1630 a raíz de algunos episodios presuntamente milagrosos ocurridos cerca del río Luján. Un contrabandista, Bernabé González Filiano, había comprado veintitrés esclavos negros en Brasil para hacerlos trabajar en sus estancias del Delta y después venderlos por muy buena diferencia en Potosí. Y también había comprado una imagen de la Virgen de la Limpia o Inmaculada Concepción, hecha en Pernambuco, que era de terracota, tenía vestidos de tela y medía 38 centímetros. Estas imágenes de vírgenes se usaban para cautivar indígenas y esclavos. La Iglesia incitaba al culto de estas imágenes, y se montaba una ermita con una virgen milagrosa en el lugar donde se quería hacer trabajar la tierra o levantar un caserío. La escenografía celeste lograba sumisión sin necesidad de violencia y facilitaba la explotación. Así había procedido González Filiano, según lo indicaba la Iglesia, para maravillar y explotar a sus esclavos. El artilugio funcionó. Pero se le cargaron a la imagen demasiados prodigios: podía detener carretas, curar, llorar, transmutar… Y su fama llegó a la aldea Trinidad y puerto de Buenos Ayres.
Tras las fiestas populares y las procesiones a la ermita, organizadas por las órdenes religiosas de la Aldea, hubo otras celebraciones alusivas en la elite porteña. Margarita Carabajal, María Guzmán Coronado y Ana Matos Encinas, que tenían entonces alrededor de veinte años, montaron una escena edénica y musical don-de la Virgen, interpretada por ellas mismas, aparecía y desaparecía en distintos lugares de un jardín. La escena, que tuvo mucho éxito, fue transformándose con el tiempo en algo más íntimo, para un público reducido, y hasta para un solo espectador. Se conservaba el ambiente edénico y la música, pero ahora la Virgen de la Inmaculada Concepción bailaba y se desvestía frente al espectador para tomar un baño.
La escena de “El Baño de la Virgen”, interpretada -según la ocasión- por distintas damas criollas, fue motivo de deleite, prostitución, amancebamientos y matrimonios en la elite de la Aldea. Y (cosa curiosa), servía precisamente para la transformación de dicha elite.
¿Cómo ocurría esto?
La economía de los fundadores campesinos traídos por Garay era pobre frente a las ganancias de una corporación mercantil ilegal, creada por los nuevos habitantes. Dicho más claramente: la economía original campesina estaba siendo supe-rada ampliamente por otra economía basada en el negocio del contrabando de esclavos. Y los fundadores campesinos, deslumbrados por la rentabilidad del negocio, ofrecían sus hijas y sus nietas a los contrabandistas para asimilarlos y asimilarse ellos mismos a la nueva elite agro-mercantil. La escena mencionada es una forma de este ofrecimiento.
Otra característica de “El Baño de la Virgen” fue la cuestión de la limpieza de sangre, un tema fundamental en la ideología de la época. La Virgen de la Inmaculada o Limpia Concepción era un emblema religioso que aludía a la sangre limpia, es decir, a la pureza étnica. Las guerras del Imperio y las persecuciones religiosas de la Santa Inquisición contra moros y judíos encubrían un feroz racismo. Ni la Corona ni la Iglesia veían con buenos ojos el mestizaje, se consideraba como una mancha. Ningún mestizo podía aspirar a un cargo alto en el Imperio. Y lo que ofrecían las muchachas de “El Baño…”, además de placeres e integración social, era la pureza étnica, la concepción inmaculada, y una descendencia sin mancha de mestizaje. Tal sucedía con Ana Matos Encinas, de piel muy pálida, y con María Guzmán Coronado, rubia de ojos glaucos y caderas anchas, que no hubiera desentonado para nada en la corte de los Austrias, y hasta podría ser tomada por una hermana bella del propio Felipe IV.

Cae la pálida Ana Matos sobre el embaldosado rojo; tiene en sus manos una bota del Gobernador, y la marca de la otra bota en las nalgas. Brindan y ríen María Guzmán Coronado y Pedro Esteban Dávila. Suena otra vez la campana de la catedral.
Esta escena de “El Baño de la Virgen” es un festejo. El gobernador Dávila ha eludido marchar para recuperar la aldea del Bermejo, tomada por las tribus insumisas del Gran Chaco; pero además, ha logrado reemplazar a Francisco González Pacheco en el cargo de alguacil mayor de mar y tierra. Y el nuevo alguacil, nombrado por Dávila, que tiene entre sus funciones controlar todo lo que entra y sale “por ríos, mares, costas y tierras de la Gobernación”, resulta ser Alonso Gamiz de Vergara, un sobrino de Juan Vergara: el mayor criminal y contrabandista de esclavos del Río de la Plata.
Si algo le faltaba a Dávila para garantizar el flujo de contrabando en la región, fortalecer su alianza con los traficantes, y consolidar su propia fortuna, era precisamente este nombramiento.

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[1] Estrado: sala contigua al dormitorio donde solían recibir las señoras.
[2] Ver “La Otra Historia de Buenos Aires” Libro 1 Parte XX”.

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