La Otra Historia de Buenos Aires

Segundo Libro

PARTE XX B

por Gabriel Luna

Pobres devenidos en nobles

Además de “incluir a los pobres” en los beneficios del comercio marítimo, el gobernador José Martínez de Salazar también los incluyó en una hipótesis de conflicto: la defensa de la aldea Trinidad y puerto de Buenos Ayres de un ataque pirata. Hubo un ataque en 1658 a mando del corsario francés Timoleón Osmat.[1] En aquella ocasión atacaron esta república sólo tres navíos, dice Martínez Salazar, pero advierte que ahora, en 1664, tras la conjura de ingleses, franceses y portugueses contra España, ya no será así. A través de permisos y componendas, los conjurados proponen a filibusteros, asesinos y aventureros la riqueza rápida por asalto. Ahora ha aumentado la concentración pirata y corsaria en el Caribe y también en los mares del Sur. Ahora cabe esperar que nos ataquen por lo menos quince naves, dice Martínez Salazar a sus capitanes.

Al gobernador Salazar le atormenta esa amenaza: la invasión, rendir la plaza. No porque le importe Buenos Ayres sino por orgullo, por una obsesión de poder y control. Aplicará todo lo que sabe para salvar la plaza y salvar su nombre. Y sabe bastante de la relación entre la economía y la guerra. Sabe lo difícil que resulta defender una aldea pobre, donde la población ya está doblegada y no tiene por qué pelear. Lo ha visto en Lérida, en la Puebla de Sanabria y en el castillo de Gonzaga. Y está más claro aquí, en este verdadero Finis-terrae de casas de barro y llanuras como abismos, donde los capitulares van en harapos, sin decoro ni dignidad, y las mujeres y niños, descalzos. Van despojados antes de partir hacia el fin y la nada, aunque pareciera que se están yendo, que no cavilan en volver. Esto se colige por el deterioro, por el abandono de las cosas. Se ve en cómo visten y caminan sin prisas, se ve en las calles anegadas, en las casas infectadas por los hormigueros… Todo es abandono. El deterioro del hospital, de las iglesias… Casi no hay cementerio porque ni los muertos quieren quedarse. ¿Para qué quedarse? Ya están en el final, ¿por qué defender esta tierra?, parecieran decir los vivos. Los desgraciados apenas tienen raíces.

Mientras el gobernador Salazar modifica el Fuerte principal, consigna baterías en las barrancas de Retiro y el Riachuelo, y prepara a las milicias para la defensa de Buenos Ayres, su antecesor Alonso Villacorta hace la campaña contra los calchaquíes en Tucumán. Tienen el mismo objetivo, porque Tucumán es la retaguardia. Sofocar la rebelión indígena hará posible acudir con milicias desde el Interior para defender a Buenos Ayres.

Alonso Mercado Villacorta reclutó a los encomenderos de la zona a cambio de prometerles más fuerza de trabajo indígena, consiguió armas y dinero del virrey del Perú a cambio de la tranquilidad limeña, y sumaría a las fuerzas tucumanas un regimiento de infantería de Santa Fe -ciudad directamente amenazada por el conflicto-, al cual se añadieron veinte hombres armados, cien caballos y 600 pesos de plata, todo esto último aportado por el santafesino Francisco Oliver Altamirano, quien ya había luchado junto a Villacorta en ocasión de la revuelta del inca Borges.[2] En total se reunirían quinientos cuarenta españoles y tendrían el apoyo de dos tribus diaguitas: los tolombones y los pacciocas.

Estaba Alonso Villacorta en esta conjunción de hombres y pertrechos, logística y bastimentos, cuando hubo un ataque de los rebeldes mocobíes al fuerte de Talavera de Esteco (en Salta) que se transformó en sitio. Villacorta acudió presto a dispersar a los mocobíes y decidió establecer su base de operaciones más al sur, en Choromoro (en la actual provincia de Tucumán). Allí, mientras esperaba las tropas santafesinas, sus baqueanos avistaron a los quilmes: la tribu más rebelde y aguerrida del conjunto calchaquí. Estaban a menos de diez leguas, sembrando en el valle de Yocavil (noreste de la actual provincia de Catamarca). Los quilmes ocupados en los cultivos no estaban preparados para el combate. Villacorta vio la oportunidad y no esperó: antes de que llegaran los santafesinos, atacó por sorpresa. Los quilmes hicieron lo más inteligente: huyeron hacia arriba. Se dispersaron subiendo la montaña para refugiarse en los pucarás de las altas cumbres. Villacorta no tenía fuerzas convenientes ni suficientes para perseguirlos en ese terreno, decidió esperar a los santafesinos y llamó a las milicias de La Rioja y de San Juan Bautista.   

El gobernador Martínez Salazar intenta poner fin, sino a la pobreza aunque sea al abandono. Necesita una milicia dispuesta, gente más motivada. ¿Cómo lograrlo? Salazar es más astuto que el hambre. Distribuye la riqueza del comercio marítimo, reconstruye el hospital y la catedral, hace en el Fuerte-presidio obras militares pero también obras civiles: una herrería, dos tahonas y una panadería, que gestionadas por la tropa y los internos baja el precio del pan.[3] También controla el precio del vino, aunque lo prohíbe a los indios. Instala en las afueras varios hornos: de carbón, de cal, de ladrillos y tejas para las obras públicas y las refacciones de las casas de los vecinos, muchas en estado ruinoso socavadas por las hormigas. Y cuando el comercio merma por la prohibición real de arribo a navíos extranjeros y propios -porque el contrabando desde Buenos Ayres perjudicaba a los comerciantes de Lima-, Salazar propone al virrey del Perú el pago de un “situado” a la tropa destacada en el Fuerte, por defender “las puertas de la tierra” (un acceso a las minas de Potosí) y también como compensación por el cierre del puerto. De esta forma se beneficiaría a los vecinos del Fuerte y se produciría a la vez un flujo de dinero en el mercado interno que se distribuiría al resto.

Las habilidades de Martínez Salazar no terminan en sostener la economía y la industria, para dar un bienestar y un patrimonio que defender. También quiere sostener el decoro y levantar los ánimos para formar buenos soldados. Salazar produce cambios en el trato social, crea protocolos casi cortesanos en el Cabildo y en la recientemente inaugurada Real Audiencia del Río de la Plata. Impone un tipo de vestuario, una rutina en las reuniones, cierto ornato. También modifica los actos públicos dándoles mayor solemnidad. Y extiende las fiestas populares e incluso crea nuevas. Un ejemplo de esto son los festejos por el nacimiento del príncipe Carlos, impuestos por Salazar a partir del 15 de julio de 1664 (aunque el príncipe había nacido en 1661). Hubo tres días de corridas de toros en la Plaza Mayor, ferias, tentempiés, comedias, noches de máscaras -jinetes engalanados blandiendo hachas encendidas y corriendo parejas por las calles-, prácticas con estafermos -muñecos giratorios armados de escudos y mazas-, paseos militares, luminarias. Y al cuarto día, la actividad más espectacular y costosa: el juego de cañas.

Descendiente de las justas y los torneos medievales, el juego de cañas era una contienda entre jinetes nobles armados con cañas romas en vez de lanzas. Fue en principio un entrenamiento militar de caballeros y también una forma de resolver entuertos. Transformado en entretenimiento, mostraba la habilidad, elegancia y gallardía de los jinetes, articulaba pueblo y nobleza en una fiesta, y ponderaba el “arte” de la guerra. En España el juego pasó por la influencia morisca, y de ser una serie de luchas individuales, se convirtió en una batalla entre bandos. De modo que dos o más cuadrillas de jinetes peleaban entre carreras, rondas y cargas de caballería, acechándose, lanzándose y topándose con cañas. Esto se celebraba instalando gradas y carpas con gran boato en la Plaza Mayor de Madrid, y también en las ciudades de Valladolid y Sevilla, cuando las visitaba el rey Felipe IV -precisamente, el padre del príncipe Carlos-que era muy aficionado a las cañas y solía participar en las cuadrillas.

¿Cómo fueron estos juegos en Buenos Ayres? Hubo cuatro cuadrillas de jinetes de doce vecinos ricamente ataviadas según sus representaciones. Una de españoles, dirigida por el capitán Amador Rojas (que fue sustituido por Diego Gaete). Otra de indígenas, al mando del capitán Juan Zacarías Sierra. Otra de moros, dirigida por el capitán Juan Jofré Arce. Y otra de romanos, al mando del capitán Luis Gutiérrez Molina. No se conoce el resultado de este juego -probablemente haya ganado la cuadrilla española-. Pero resulta muy notable el gasto y el esfuerzo para producir la fiesta. Y lograr que por cuatro días una aldea pobre y remota pueda parecerse en entretenimientos y emociones a Madrid y Sevilla, las ciudades más ricas e importantes del Imperio. Queda también notorio el ardid de Salazar: hacer jugar como nobles a sencillos campesinos, llevarlos imaginariamente a Madrid e infundirles una exaltación guerrera e imperial para convertirlos en soldados.

(Continuará)

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[1] Ver La Otra Historia de Buenos Aires. Segundo Libro. Parte XVII. Periódico VAS Nº 70.

[2]Ver La Otra Historia de Buenos Aires. Segundo Libro. Parte XVIII. Periódico VAS Nº 71. 

[3] La medida del gobernador Salazar de crear varias industrias en el interior del Fuerte no sólo apuntaba al desarrollo económico de toda la Aldea, sino también a un propósito militar: lograr mayor autonomía del Fuerte en el caso de soportar un sitio.

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La Otra Historia de Buenos Aires. Libro II (1636 – 1737)

Parte I
Parte I (continuación)
Parte II
Parte II (continuación)
Parte III
Parte III (continuación)
Parte IV
Parte IV (continuación)
Parte V
Parte V (continuación)
Parte V (continuación)
Parte VI
Parte VI (continuación)
Parte VII
Parte VII (continuación)
Parte VIII
Parte VIII (continuación)
Parte IX
Parte IX (continuación)
Parte X
Parte XI
Parte XII
Parte XIII
Parte XIV
Parte XV
Parte XV (continuación)
Parte XVI
Parte XVII
Parte XVIII
Parte XIX
Parte XX

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