La Otra Historia de Buenos Aires

Segundo Libro

PARTE XXII A

por Gabriel Luna

En el festejo por la coronación del rey niño Carlos II, que tuvo lugar en Buenos Ayres el 3 de febrero de 1667, por primera vez se arrojó a estas calles una lluvia de monedas de plata entre vivas al rey. La gente sonreía, extendía las manos y tocaba el metal agradecida, casi sin creérselo, porque no escurría, porque llegaba sin trabajo, ni humillación o sufrimiento. La gente vivía un sueño asociado al niño rey que jamás olvidaría. Tras la lluvia de plata el gobernador Martínez Salazar bajó el precio del vino a la mitad y una parte de esa plata terminó escurriéndose en las pulperías, pero el efecto alucinatorio fue completo. La gente alegremente creyó que pertenecía a Castilla, que era parte privilegiada del Imperio, y que la riqueza se distribuía entre ellos como la lluvia, en alguna medida como se distribuía entre los nobles. La gente creyó que pertenecía cuando en realidad era explotada, manipulada, desamparada y usada como milicia en la última frontera del mundo.

¿Parece raro? No lo es, todavía hoy, a siglos de distancia, se siguen creando este tipo de ilusiones.

El gobernador Martínez Salazar usa la ilusión de pertenencia para defender los intereses de la Corona, necesita milicias, capital y mano de obra. Inicia una reconstrucción contundente del fuerte principal -ubicado donde hoy está la Casa de Gobierno-, que rebautiza como fuerte San Miguel de Buenos Aires; e inicia la construcción de otro fuerte a la entrada del Riachuelo -ubicado en la actual intersección de la avenida Paseo Colón y la calle Cochabamba- que llama San Juan Bautista. Para emprender las obras, Salazar instala una fábrica de ladrillos y tejas, una fábrica de cal en la reciente reducción de los quilmes, y hace construir doce carretas para el transporte de materiales a los fuertes. Los quilmes habían sido enviados en dura caminata a Buenos Aires por el gobernador de Tucumán, Alonso Mercado Villacorta, tras la rebelión en los valles calchaquíes, para someterlos con el desarraigo y hacerlos útiles a España. Pero además de los quilmes, Martínez Salazar cuenta con ciento cincuenta indígenas traídos de las misiones jesuitas para las tareas específicas de construcción, y con el concurso de la soldadesca, que cuando no está de servicio levanta terraplenes, sin considerarlo un trabajo manual -porque era cuestión mal vista entre los españoles- sino como una acción militar de defensa. La obra pública crece, en el fuerte del Riachuelo y en el fuerte San Miguel, que tendrá nueva empalizada, casa del gobernador, sala de guardia, y una capilla en su interior.

A fines de año, el 3 de diciembre de 1667, el gobernador Salazar contabiliza. Ha invertido hasta ahora 54.123 pesos y sólo ha tomado de las Cajas Reales 10.315. La diferencia se completa con el aporte de vecinos y los negocios de la calera y de la fábrica de ladrillos y tejas en la construcción privada. Han surgido de los huecos de la aldea una decena de casas nuevas y se han reemplazado adobes por ladrillos en muchas otras casas. De las construcciones nuevas destaca el ‘Castillo del Obispo’ -ubicado en la actual esquina de Moreno y Bolívar- atendido por seis esclavos, de salón con sillas de terciopelo, jardín con aljibe, capilla con claustro, escritorio taraceado en marfil, biblioteca de más de cien volúmenes, cocina de dos hogares y caballeriza. Salazar vuelve a ver las cifras. Mira la aldea y atento al crecimiento, la relación con la Iglesia, y los buenos ánimos, el Gobernador decide que el próximo año sumará a la obra pública la construcción de una catedral de tres naves.

¿Hay algo notable en las cifras de Salazar? Sí. Es asombroso que una aldea de los confines, cuya actividad principal y más provechosa fuera el contrabando de esclavos, pueda subsistir y además crecer sin este recurso. Porque el contrabando de Buenos Aires a Potosí, que cimentó las fortunas de la elite porteña, estaba disminuyendo desde hacía tres décadas por distintas causas. La primera era la fuerte oposición de Lima, porque el contrabando perjudicaba a los mercaderes del Pacífico -desde Lima hasta Panamá- y a la economía de esa región. En este sentido se advierten grandes reveses entre los contrabandistas porteños, que no son casuales. Tales como los de Hernando Mondragón y de Amador Rojas Acevedo -que fue corregidor y teniente de gobernador en estos tiempos de Martínez Salazar-. Mondragón partió a Perú con una columna de diez mil vacunos y setenta esclavos y volvió quebrado, sin capital ni mercancías.

Otra causa que mermó el contrabando fue la gran peste habida en Buenos Aires en 1652, que diezmó esclavos, sacudió el negocio y mostró su peligro.[1] Poco tiempo después, Amador Rojas Acevedo, con bienes de su madre María de Vega -quien fuera hija natural de Diego de Vega, el gran contrabandista fundador de Buenos Aires-,[2] partió a Potosí con veinte mil vacunos y más de cien esclavos buscando resarcirse de la peste, pero corrió la misma suerte de Mondragón. Se supone que Amador Acevedo fue traicionado y despojado para sacarle provecho, pero además, a modo de escarmiento, para disuadir; se sabe que volvió de improviso a su casa de Buenos Ayres, contrariado y sospechando también una traición de su mujer, doña Gregoria Silveyra Cabral, a quien dio varias estocadas poniéndola en peligro de muerte, pero como no hubo confesión ni encontrara pruebas de la traición -y seguía sintiéndose ultrajado- pidió las pruebas a la servidumbre, que tampoco las tenía; entonces desorejó a una esclava, cortó la nariz de otra y propinó azotes al resto convirtiendo la casa en un infierno de gritos y sangre. ¿Qué pasaba?, se preguntaban los vecinos, ¿La mujer y la servidumbre le habían hecho una desgracia? Hubo un perjuicio para Rojas Acevedo, sí, pero no eran ellos los culpables. Lo que de verdad pasaba y explicaba la furia, tanto egoísmo y el infierno, era que el contrabando de esclavos había dejado de ser el sostén de la elite porteña. La elite desaparecería con sus privilegios y Acevedo azotaba a los esclavos, cómo si fueran ellos quienes lo habían frenado.

Pero ni Rojas Acevedo ni Mondragón ni los otros traficantes perdieron finalmente sus privilegios. Si esa actividad cruel que aportaba la riqueza desaparecía, y la elite no, ¿cómo se explicaba?, ¿cuál era el negocio que estaba reemplazando al contrabando?                           

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[1] Ver “La Otra Historia de Buenos Aires”, Libro Segundo, Parte XIII, La Peste.

[2] Ver “La Otra Historia de Buenos Aires”, Libro Primero. Editorial Punto de Encuentro.
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La Otra Historia de Buenos Aires. Libro II (1636 – 1737)

Parte I
Parte I (continuación)
Parte II
Parte II (continuación)
Parte III
Parte III (continuación)
Parte IV
Parte IV (continuación)
Parte V
Parte V (continuación)
Parte V (continuación)
Parte VI
Parte VI (continuación)
Parte VII
Parte VII (continuación)
Parte VIII
Parte VIII (continuación)
Parte IX
Parte IX (continuación)
Parte X
Parte XI
Parte XII
Parte XIII
Parte XIV
Parte XV
Parte XV (continuación)
Parte XVI
Parte XVII
Parte XVIII
Parte XIX
Parte XX
Parte XX (continuación)

Parte XX (continuación)
Parte XXI
Parte XXI (continuación)

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