La Otra Historia de Buenos Aires

Segundo Libro

PARTE XXIII

 por Gabriel Luna

El 2 de junio de 1670 arriban a Buenos Ayres el navío de permiso “San Hermenegildo” y el patache “San Miguel”, una pequeña embarcación de guerra que sirve de escolta, para dar avisos, reconocer las costas y ayudar a fondear en los puertos. Hay entonces cinco barcos holandeses distribuidos en la costa y dedicados a la exportación de cueros, pero se ha reservado el mejor lugar para fondear al “San Hermenegildo” en el pozo de la Merced -ubicado entonces sobre la actual avenida Madero entre las calles Perón y Mitre-, porque era el de más calado y cómodo para la descarga. Y allí fondea, asistido por el patache, ante una línea de botes y carretas en el agua y una comitiva expectante en la orilla. El navío de 300 toneladas de porte tiene una tripulación de sesenta marineros, pero trae además ciento veinte infantes destinados al Fuerte, y también 38 cañones, 36 quintales de pólvora, 30 mosquetes con sus cuerdas, 50 arcabuces, 2 cajones de balas, 30 chuzos, 150 quintales de hierro, 500 granadas. Y a modo de compensación por el transporte de tropa y pertrechos, la Corona permite al dueño del navío, Miguel Vergara, y a su maestre Pedro Gambarte, comerciar en la Aldea toda clase de mercaderías que puedan distribuir en ambos barcos, hasta un valor de 30.000 pesos.

Este arribo, esperado desde hace dos años, aporta ventura y tranquilidad a la Aldea, no sólo porque contribuye a la defensa de las temidas excursiones piratas sino también por el aumento del “situado”, es decir, del dinero que llega desde Lima para pagar los sueldos de la tropa del Fuerte. Ese flujo de dinero “fortalece” (más allá de la defensa militar) al mercado interno de Buenos Ayres, porque la tropa no tiene otro lugar donde gastarlo. Además, el arribo provee a los porteños de los muy preciados productos europeos, y también de las esclavas y los esclavos angoleños (incluidos implícitamente en el permiso como “toda clase de mercaderías”), muy útiles para los trabajos agrícolas y domésticos, y para las obras de construcción -que, alentadas por el gobernador Martínez Salazar, son varias y ambiciosas en 1670-.[1]

Pero además (como si todo esto no alcanzara para explicar la alegre comitiva del puerto), hay un ingrediente social que pondera el acontecimiento. Los soldados recién llegados, jóvenes españoles aventureros con “pureza” de sangre e ínfulas hidalgas, servían a los fines de conformar el tejido social porteño, incluso el de la elite. Tal fue el caso, por poner un ejemplo, del joven y apuesto navarro Miguel Riglos Bastida que llegó en el “San Hermenegildo” y se casó a sus 24 años con la ardiente Gregoria Silveira Cabral de 42, rica señora (ya reseñada en esta Historia) perteneciente a la elite porteña.[2]

El 5 de junio de 1670, el gobernador de Tucumán Alonso Mercado Villacorta entrega el poder a Ángel Peredo, quien fuera designado por la Corona para sucederle. La ceremonia ocurre en Santiago del Estero, la aldea más importante de esa gobernación -que por entonces se extendía en las actuales provincias de Jujuy, Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba, La Rioja,  Catamarca, Chaco y Tarija, actual provincia de Bolivia-. Mercado Villacorta tiene la semblanza de un héroe, había emprendido la guerra contra el falso inca Borges y contra los calchaquíes. Tras ocho años de duras contiendas y pese a las desigualdades de número y su desconocimiento del terreno, Villacorta había triunfado fomentando intrigas, aprovechando ciertas hostilidades de las tribus para enfrentarlas entre sí, y desarraigando a las más rebeldes. El resultado fue restablecer la seguridad de los vecinos tucumanos y el régimen de encomiendas que les permitía explotar a los indígenas. Pero hubo también un gran logro estratégico, que fue permitir la comunicación, el comercio y abastecimiento entre el Perú y el Río de la Plata.

Los planes de la Corona para Mercado Villacorta parecen una mezcla de estrategia y deseo fantástico. Al designarlo durante ocho años gobernador de Tucumán, la Corona visualizaba dos frentes en el virreinato: los calchaquíes en el centro del territorio y los piratas en las costas. Villacorta apaga la rebelión indígena; y sin diferenciar mayormente entre indios y piratas o entre sierras y mares, la Corona lo envía -como si se tratara de un fantástico héroe griego- al otro frente, es decir, a luchar contra los piratas.

Urgido por la nueva designación, Mercado Villacorta explica a su sucesor el estado y las necesidades de la provincia y parte a Buenos Ayres. Tucumán tiene problemas graves. La guerra ha hecho estragos en su economía. Campea la corrupción. La falta de religiosos y de pobladores del exterior (tales como los que acaba de asimilar Buenos Ayres) ha provocado una endogamia y un relajamiento de las costumbres que explican parte de la corrupción. Y si bien Villacorta -enfocado sólo en la guerra- redujo a los calchaquíes, hay malones chaqueños. Llegado Villacorta al Río de la Plata, el gobernador Martínez Salazar le instruye un juicio de residencia sumario y amistoso. Villacorta da cuenta de los 25.000 pesos recibidos de Potosí para su última campaña e informa sobre los oficiales premiados y castigados durante la guerra, con lo cual Martínez Salazar da por terminado el trámite y le concede licencia para viajar a España en el “San Hermenegildo”. Allí Villacorta, por premio a sus servicios, será nombrado marqués y designado presidente de la Real Audiencia en Panamá, que será su último destino.    

El famoso pirata Henry Morgan inició el ataque a Panamá el 28 de enero de 1671. Hubo un asedio y combates que involucraron a más de cuatro mil hombres -dos mil ochocientos españoles y mil doscientos piratas-. A modo de prevención los españoles despacharon un navío con mujeres y niños, pero también cargado de tesoros hacia Perú. Tras los combates, donde murieron aproximadamente dos mil hombres entre españoles y piratas, el gobernador de Panamá Juan Pérez Guzmán ordenó hacer estallar el polvorín central, incendiar la ciudad y evacuar. Morgan ocupó durante casi un mes ese infierno, torturó a sus prisioneros para encontrar riquezas, y partió de Panamá el 24 de febrero de 1671 con ciento setenta y cinco mulas cargadas de oro, plata y todo tipo de joyas. Un botín que no colmó la expectativa pirata, dado los informes de la riqueza panameña y el enorme tamaño de la expedición puesta en juego. Pero los informes eran ciertos, porque se salvaron del saqueo los tesoros despachados a Perú y también el colosal altar mayor de la catedral, de oro macizo, que los españoles pintaron con cal.

Mientras todo esto pasa, muertes, incendios, torturas y saqueos, nuestro Alonso Mercado Villacorta (una vez gobernador de Buenos Ayres y dos veces gobernador de Tucumán) está viajando hacia Panamá. No sería el adalid y el triunfador de la lucha contra los piratas, según había deseado la Corona, pero contribuyó a diseñar las defensas de la nueva ciudad de Panamá emplazada a diez kilómetros al suroeste de la incendiada.[3]        


[1] Ver La Otra Historia de Buenos Aires, Segundo Libro, Parte XXIIA.

[2] Ver la historia de doña Gregoria Silveira en las Partes XXIIA y XXIIB.

[3] El marqués de Villacorta murió a los 61 de un cáncer bucal en Panamá durante 1681.


La Otra Historia de Buenos Aires. Libro II (1636 – 1737)

Parte I
Parte I (continuación)
Parte II
Parte II (continuación)
Parte III
Parte III (continuación)
Parte IV
Parte IV (continuación)
Parte V
Parte V (continuación)
Parte V (continuación)
Parte VI
Parte VI (continuación)
Parte VII
Parte VII (continuación)
Parte VIII
Parte VIII (continuación)
Parte IX
Parte IX (continuación)
Parte X
Parte XI
Parte XII
Parte XIII
Parte XIV
Parte XV
Parte XV (continuación)
Parte XVI
Parte XVII
Parte XVIII
Parte XIX
Parte XX
Parte XX (continuación)

Parte XX (continuación)
Parte XXI
Parte XXI (continuación)
Parte XXII
Parte XXII (continuación)

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