La Otra Historia de Buenos Aires

Segundo Libro

PARTE XXIV D

Milagros y negocios de la Virgen

por Gabriel Luna

En la década de 1630, Ana Matos y María Guzmán Coronado tenían alrededor de veinte años cuando se festejaban los milagros que hacía la Virgen en las tierras que quería poblar González Filiano: que la Virgen había detenido la carreta de bueyes para quedarse allí, que salía por las noches a los campos para consolar a los pobres, que el Negro Manuel hacía té con los abrojos prendidos en el hábito de la Virgen tras esas salidas y curaba a estreñidos y melancólicos. La gente se entretenía con esos cuentos, algunos viajaban para ver la maravilla o para curarse, y otros -los más desgraciados- se quedaban a trabajar en las tierras de Filiano.

Al principio, Ana Matos, María Guzmán y otras damas de la elite porteña aplaudían entre asombradas y divertidas, entre crédulas e incrédulas; hasta que luego de un año de apariciones, estreñimientos, milagros y melancolías, ya cansadas de tanto protagonismo de la Inmaculada, decidieron hacer su propia función, también con apariciones pastorales y también para poblar, aunque de forma más selectiva y placentera. Y crearon la escena del Baño de la Virgen, donde ellas mismas eran las vírgenes que salían con hábitos y túnicas, pero no precisamente al campo sino a un jardín secreto y edénico. Y allí se desnudaban, lentas, maravillosas, soberbias, para tomar un baño ante unos pocos elegidos.[i] No ocurría el milagro del té con abrojos, pero sí la felicidad del Paraíso Terrenal. En el baño de pureza para la Limpia Concepción no pecaban las vírgenes ni los caballeros (aunque la mayoría fueran casados). Ocurría, sí, una transferencia en metálico o en favores para las vírgenes, y un placer sublime para los caballeros abismados en estas mujeres celestes y a la vez lascivas. Y ocurría también un aumento selectivo de la población, porque las vírgenes parían -aunque sin pecar (como paren las vírgenes)-. Y esto permitía una descendencia numerosa y conveniente de los notables de la colonia. Se generaba así cierta endogamia -que se refería como pureza o limpieza de sangre, sostenida por la Virgen) para supuesto beneficio del Imperio. Lo concreto era que la endogamia producía la concentración del poder y la acumulación de la riqueza en unas pocas familias.

Estas familias eran sólo un puñado en el Río de la Plata y había otro puñado de “cortesanas vírgenes”, incluidas María Guzmán Coronado y Ana Matos Encinas, que fortalecían con sus descendientes la sangre, el poder y la permanencia de estas familias. María Guzmán tuvo seis hijos naturales de padres diferentes; y Ana Matos, siete hijos naturales, tres de ellos con Tomás Rojas Acevedo.

En 1671, a más de treinta años de aquellas escenas pastorales erótico virginales -o si se prefiere: prostibularias y heréticas- pero con fines reproductivos, Ana Matos lleva a su estancia algo que jamás imaginó comprar, la imagen original e inspiradora de todas esas tramas: la Virgen de la Inmaculada Concepción, una figura de terracota con túnica que tiene dos palmos de altura. Y lleva además, como compañera y vigilante impuesta por el Obispo, a la adusta Gregoria Silveira Cabral. Dama porteña, también estanciera y orientada a la reproducción de la elite, aunque por la vía matrimonial.

Las dos mujeres, Ana y Gregoria, encarnan a dos sectores de la elite porteña que son opuestos y a la vez complementarios. ¿Cómo es esto? Gregoria representa la rigidez religiosa que da fuerza a la estructura familiar y Ana, el desahogo y razonamiento que la hace posible. Pero hay más. De hecho, Gregoria Silveira ha tenido tres maridos -el primero fue Amador Rojas Acevedo, con quien se casó por arreglo y fue quien la apuñaló-[ii] pero no tuvo hijos (y esa falta, además de las estocadas, le agrió el carácter). La descendencia de los Rojas Acevedo fue completada entonces gracias al sector de las “cortesanas vírgenes”. Y es precisamente Ana Matos Encinas, al tener tres hijos naturales con Tomás Rojas Acevedo, quien hizo el aporte. Luego habrá endogamia y concentración patrimonial. Una de los tres hijos naturales: María Matos Encinas se casará con su primo y heredará a Amador Rojas Acevedo -el tío de ambos- quien fuera el primer marido de Gregoria Silveira.[iii]

Las dos mujeres que urdirán los milagros de la Virgen no se tienen simpatía, sólo las unirá el patrimonio y la relación con los Rojas Acevedo, que ya se ha convertido en abandono. Amador por resentimiento apuñaló y abandonó a Gregoria. Tomás marchó al exilio -por ser un contrabandista porfiado- y abandonó a Ana. Con esto en común y atentas al historial de los desplazamientos milagrosos de la imagen, las dos mujeres proyectan en la Virgen un resarcimiento, una acción contra el abandono. Es decir, una acción de amparo, de asistencia, de afecto y compañía, atenciones que Gregoria y Ana reclamaron sin éxito a los Rojas Acevedo. Surge entonces una empatía de las dos mujeres ricas con los pobres. Hay un plan, un acuerdo con el Obispo. Y ocurre que la Virgen vuelve por sus propios medios a la humilde ermita donde había estado cuarenta años, vuelve para no abandonar a los campesinos de Oramas.

El milagro conmueve a Buenos Ayres. El gobernador Martínez Salazar da cobijo y trabajo a los campesinos en las obras estratégicas de la Fortaleza y crece la imagen protectora de la Virgen de Luján.

El 8 de diciembre de 1671 parten el gobernador Salazar y el obispo Mancha en sendos carruajes y con gran comitiva de soldados, curas y vecinos hacia los campos de Oramas. Allí esperan los campesinos, junto a las señoras Silveira Cabral y Matos Encinas; y esperan muchos obreros de la alcazaba proyectada por el Gobernador a orillas del río Luján: los esclavos negros -traídos de Angola por los contrabandistas, los indígenas quilmes -desterrados del Valle Calchaquí por la milicia española-, y los guaraníes -traídos de las Misiones por los jesuitas-. El obispo Mancha baja de la carroza soliviantado por dos frailes, y camina pesado entre los obreros, vistiendo el hábito dominico -túnica blanca con esclavina negra- y blandiendo en una mano la cruz y en la otra el catecismo. Del otro carruaje baja el gobernador Salazar que, vestido de raso, con espadín toledano y sombrero emplumado, se une al Obispo. Ambos caminan hasta la ermita entre un cordón de soldados. Tras los honores y genuflexiones, la Virgen es colocada sobre una peana y llevada solemnemente a la carroza del Obispo. Entonces, entre avemarías e incienso, empieza la procesión de los descalzos, los campesinos, los indígenas, los esclavos, hasta la alcazaba y la estancia de Matos Encinas en el río Luján, donde será el santuario y se dirán las misas solemnes. El Gobernador y el Obispo creen que dejarán su huella en estos campos. La elite porteña espera que la Virgen consuele a los desgraciados para hacerlos trabajar en las estancias, usarlos en contrabandos, pelear en las guerras. Y empieza en estas tierras el culto a la santa Virgen de Luján que, a lo largo de los siglos y de las procesiones, impulsará (dando consuelo a los humildes) los intereses de gente non sancta.

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[i] La escena del Baño de la Virgen puede encontrarse en el Periódico VAS Nº 20 ó en La Otra Historia de Buenos Aires, Primer Libro, Parte XX, Ed. Punto de Encuentro, 2010.

[ii] Ver este episodio en La Otra Historia de Buenos Aires, Segundo Libro, Parte XXII B, Periódico VAS Nº 105.

[iii] María Matos Encinas se casará el 13 de febrero de 1679 con Pedro Rojas Acevedo Amorín, hijo legítimo de Agustín Rojas Acevedo quien fuera hermano de Amador y Tomás Rojas Acevedo.

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La Otra Historia de Buenos Aires. Libro II (1636 – 1737)

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