La veterana de Malvinas que da charlas sobre ESI

Tahiana Marrone es una persona intersex. Cuenta que siempre se sintió atraída por lo femenino, pero que aprendió a disimular, sobre todo en el Ejército, cuando le tocó hacer el servicio militar y luchar en Malvinas. Hoy da charlas sobre las Islas, diversidad y ESI, Educación Sexual Integral.

por Jésica Farías

El teléfono suena apenas y ella atiende con la voz un tanto adormecida: hace poco salió de una cirugía de urgencia y sus tiempos van más despacio porque tiene que recuperarse. “Me pasó de todo en la vida”, dice desde el otro lado, allá en Chañar Ladeado, al sur de la provincia de Santa Fe. Y vaya que sí: apenas terminó la escuela secundaria, entró al servicio militar obligatorio. Fue en el verano de 1982. “Estábamos en febrero y mi mamá me decía: ‘Llevate un pulovercito’… ¡Menos mal que me lo llevé!”. Dos meses después estaba aterrizando al sur del país para defender las Islas Malvinas. “Antes de la guerra era una persona sin problemas, estudiante de la secundaria que vivía la vida como toda juventud, que disfrutaba, que se dedicaba a estudiar. En el 81’ sentí que di un paso hacia adelante para estudiar una carrera, pero caí en una guerra que no pedí, pero se convirtió en algo muy importante en mi vida”. Tahiana me cuenta cómo fue llegar, bajar de un avión, sentir el frío, y yo no puedo dejar de pensar en cómo me hubiera sentido yo a mis 18 años sin mi familia, amistades, en medio de bombas y sumergida en un pozo con agua helada. El corazón se me estruja. ¿Y a quién no?

En 1982, Tahiana combatió como soldado varón. Si se buscan notas y entrevistas de ella en Internet, aparecen muchísimas. Algunas dicen que es la primera y única veterana que “transicionó”. Pero ella aclara: No soy trans, soy una persona intersex. ¿Qué significa eso? Que nació con características biológicas que varían del modelo corporal masculino/femenino hegemónico. Estas variaciones pueden darse a nivel de los cromosomas, las gónadas, los genitales y otras características corporales, consideradas como marcadores o indicadores del sexo. Así lo explican desde Potencia Intersex.

“En el 81’ me sortean y me incorporan el 2 de febrero de 1982. Nosotros éramos del Distrito Militar de Río Cuarto, en Córdoba. De ahí nos llevan a la capital provincial, nos hacen dormir en la escuela de paracaidismo; al otro día nos trasladan al aeropuerto y nos suben a un Boeing sin asientos. Terminamos en Comodoro Rivadavia. Salimos de acá en pleno verano; yo andaba con lo mínimo indispensable porque un amigo me había dicho que te robaban todo, así que imagínate el frío que tenía, temblaba como una hoja con ese viento helado. ¡Menos mal que llevé ese pulovercito que me dijo mamá! Más adelante nos hicieron llevar cargamento pesado en camiones Unimog, todo tipo de pertrechos hasta Puerto Deseado. Ahí cargamos un buque marino mercante y el 2 de abril nos llevaron de nuevo al aeropuerto de Comodoro Rivadavia. Pero no se hablaba nada de Malvinas. Ese mismo día nos subieron a otro avión, esta vez con butacas. Despegamos y recién cuando estábamos por llegar nos dicen por altoparlantes que estábamos por aterrizar en Malvinas por posible enfrentamiento bélico. Es decir, recién ahí nos enteramos de todo: quedamos estupefactos”. Y apenas pisaron la pista, que quedaba lejos del pueblo, vieron cómo otros soldados cargaban un ataúd. Esa fue su bienvenida.

Tahiana estuvo 76 días en las islas: cuando llegó aquel buque que había cargado, subieron a su escuadrón para desembarcar en la isla Gran Malvina, en donde estuvo hasta el final del conflicto.
“Durante toda esa temporada —evoca— tuvimos bombardeos aéreos constantes y cañoneo naval. Ocurría todas las noches. Mi posición daba a la Bahía Zorro, así que era tremenda: por momentos no sabía qué hacer porque estaba dentro de un pozo donde temblaba todo, tenía frío y hambre. Muchas veces tuve que dormir ahí mismo, con el agua hasta la cintura”. A pesar del espanto, Tahiana cree que era mejor estar en aquel agujero que en las trincheras externas, en donde se sentían más el viento y las lluvias. ¿Y qué hacía durante el día? “Podía salir de los pozos y entonces hacía tareas de mantenimiento o reforzaba nuestras posiciones junto con mis compañeros. También armábamos campos minados, lo que era una locura total porque éramos soldados sin experiencia en explosivos. También conversábamos sobre cosas triviales, para distraernos de la falta de comida. Lo afectivo quedaba en un segundo plano. Teníamos miedo”.

-¿Y tu familia qué sabía de vos?
-No sabía nada de lo que me había pasado desde que me fui en febrero. Estábamos en plena Dictadura y seguro habrán pensado cualquier cosa. Recién un mes después supieron en dónde estaba.

El combate siguió y sigue
La guerra le puso un freno a Tahiana, quien quería ser analista de sistemas. Recién pudo estudiar esa carrera a los 30 años. “Vengo de una familia de técnicos electricistas, así que me convertí en la oveja negra porque yo me fui para el lado de la electrónica”, dice risueña. También agrega que “tiene más estudios que días vividos”, porque ya no para más: actualmente da charlas sobre diversidad de género y Educación Sexual Integral (ESI), sin olvidarse nunca de las Islas, activa contra la desmalvinización.

Tahiana luchó en Malvinas, pero en el continente también: “Yo me enteré muchos años después, cuando tenía 50 y pico, que era una persona intersex”. “Tengo —continúa— lo que se llama el Síndrome de Klinefelter, es decir, tengo un cromosoma X de más. Durante mi vida anterior no supe esto, pero siempre me sentí atraída por lo femenino sin saber por qué, y durante toda mi vida aprendí a disimular, a encajar en esta sociedad heteronormada y pude fingir ser el varoncito que nunca fui, en Malvinas y en el Ejército nadie se dio cuenta. Pero me costaba horrores”.
Y sí, el combate continúa contra la desmemoria también, por eso da charlas sobre lo que ocurrió en las Islas; por eso atiende su teléfono, en plena recuperación de su salud, para conversar con Periódico VAS sobre lo que pasó en la guerra: “Voy a seguir malvinizando para que siempre se recuerde a los veteranos”.

Malvinas y memoria
Según datos del Ministerio de Defensa de la Nación, participaron 23.813 combatientes. La Unidad de Datos de Infobae cruzó datos oficiales y de ex veteranos y concluyó que el 70 por ciento de quienes combatieron tenía menos de 25 años y casi el 40 por ciento no superaba los 20. Entre aquellos estaba Tahiana Marrone. ¿Te acordás de qué edad tenías cuando estalló el conflicto? ¿Cómo veías a los soldados?
En los 74 días que duró el conflicto, fallecieron 649. Cuando terminó y volvieron a casa, se habló poco, casi no hubo preguntas. “Vino la etapa de la desmalvinización, así que la del 82’ fue una lucha, pero vino otra más por el reconocimiento, por tener el acompañamiento desde el Estado”, reflexiona la veterana.

El silencio al volver de las Islas, el olvido, la falta de reconocimientos, las políticas públicas a destiempo fueron esquirlas que acá, en el continente, continuaron hiriendo. “Nunca pude hablar con mi papá de lo que pasó allá. Él tampoco me preguntaba nada, ni mi familia. Porque no sabían, no se sabe, cómo tratar a un veterano de guerra, el síndrome postraumático, la desidia, el abandono por parte del Estado, la desmalvinización que hubo durante tantos años”, explica. Eso sí, entre quienes batallaron sí se charla, “pero si les preguntás, ellos también te van a decir que con sus familias no conversaron al respecto”.

Antes de cortar el llamado, con la voz exaltada, Tahiana suelta: “En una guerra, no hay ganadores ni vencidos: todos pierden”.

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