No bombardeen Buenos Aires

La economía es el método, el objeto es cambiar el corazón y el alma
Margaret Thatcher, «La Dama de Hierro »

por Cristina Sottile

La Historia, ese espacio en el que están inscriptas nuestras vidas, es una suma de eventos sucesivos y simultáneos que nada tienen de natural, son construcciones sociales que están signadas por el conflicto en torno al poder, a la economía y a las relaciones entre grupos humanos con distintos intereses.

Historia y relatos
Todo está relatado desde distintos puntos de vista. Sobre un mismo hecho hay distintas versiones, según el sector social, cultural e histórico desde el que se emite el relato, que nunca es inocente ni vacío de ideología. Por el contrario, porta la carga ideológica del emisor y también compite con los otros relatos del campo histórico para apropiarse de la posición hegemónica y convertirse en verdad.
Es por este motivo que solamente haciendo una sumatoria de versiones, separando lo mítico de lo comprobable, las invenciones de lo documentado, y no invisibilizando nada -aunque se contraponga al propio relato- , solo de esta manera, se puede llegar a tener una verdad aproximada de una época, un suceso, o una serie de eventos.

¿Por qué hacemos la Historia?
Porque los humanos necesitamos darle sentido al mundo en que vivimos y también a la propia vida. Y esto sólo es posible si comprendemos el proceso histórico en que la vida transcurre.
Para esto, son esenciales dos procesos: la transmisión cultural e histórica y la preservación de la memoria.
Y es tan importante en ambos casos la incidencia de los circuitos orales, escolares, académicos e institucionales, como aquello que percibimos en el lugar en que vivimos y que está inscripto en el paisaje urbano. Este paisaje, que a modo de palimpsesto, fue escrito y reescrito en sucesivas décadas dejando hitos de memoria, lugares de referencia y disparadores simbólicos que podemos reconocer cotidianamente, nos sirve para hacer Historia, dar sentido. Y es precisamente lo que ocurre en el paisaje urbano más famoso de la Ciudad.

La Historia en la Plaza de Mayo
Lugar icónico, esta plaza es el corazón de la vida política de los argentinos, como bien sabemos todos quienes con uno u otro motivo marchamos por ella, o acudimos a una fiesta, un funeral, una despedida, a un balcón. Una plaza donde fuimos perseguidos y celebrados, donde hubo revueltas, alegrías, protestas, bombardeos y argentinos muertos.
Este lugar, que es Lugar Histórico Nacional desde 1942, está siendo ahora remodelado por esta Gestión que, después de declararse admiradora de la obra de Cacciatore, intervino los hermosísimos parques que había diseñado Thays para introducir rejas y huevos de cemento.
El borrado material de los lugares es la metodología elegida por los autoritarismos para reescribir la Historia.

El 16 de Junio de 1955, aviones de nuestra Fuerza Aérea se estrenaban en combate, hicieron su “bautismo de fuego” arrojando 14 toneladas de bombas sobre la población civil que circulaba por Plaza de Mayo. Además, dispararon proyectiles de guerra en los alrededores de la CGT y del Ministerio de Marina. Hubo 364 muertos y más de 800 heridos. Participaron del bombardeo Osvaldo Cacciatore, futuro intendente de Buenos Aires, y otros conocidos: Emilio Massera y Carlos Suárez Mason, activos gestores de la represión durante la dictadura iniciada en 1976.

El borrado de la memoria suele llevarse adelante mediante el uso de la fuerza, que siempre involucra una represión armada y la implementación de economías relacionadas a los procesos de concentración de capital.
Debemos sumar en estos tiempos, la incidencia de los medios de comunicación concentrados y nuevas tecnologías que generan realidades virtuales y posverdad, que se pretende sean asumidas como ciertas. La ilusión dura hasta que la realidad la evapora.

En la Plaza de Mayo, el 30 de Abril de 1977, catorce madres que buscaban a sus hijos desaparecidos por la Dictadura se dieron cita. Ante la orden policial de circular, circularon, y hasta hoy lo hacen. Los pañuelos fueron pintados en las baldosas rojas de la Plaza para indicar la presencia permanente de esta ronda de dolor y amor, de esta ronda de búsqueda de justicia. Las cenizas de Azucena y de otras madres fallecidas fueron colocadas al pie de la Pirámide de Mayo. En algunas de estas rondas, hubo mariposas que vinieron a posarse sobre los pañuelos, las manos, los cabellos, los rostros sorprendidos.

Las baldosas con los pañuelos pintados fueron las primeras remociones de la Plaza. La acción de las Madres, de organismos de Derechos Humanos, y de instituciones de la sociedad civil, lograron que dichas baldosas les fueran entregadas, ya que simbólica e históricamente les pertenecen. Estas baldosas fueron custodiadas en la asediada sede de las Madres, y posteriormente uno de los pañuelos pintados fue entregado al ECUNHi, y otro a la Facultad de Periodismo de la UNLP.
Pero al extirpar esta marca urbana de resistencia, de dignidad y memoria, se nos priva a los argentinos del contacto activo con la memoria viva, con el patrimonio en uso, que tiene una relación dinámica con nuestro presente. Y se transforma esta marca en un objeto de museo, apartado (aun con los merecidos homenajes y el valor adjudicado) del transcurso de nuestros días.
No tiene el mismo significado un panel del Muro de Berlín arrancado de su lugar y exhibido en un museo, que ver parte del muro construido, y percibir entonces la ciudad partida.

Tengo un recuerdo de mi niñez, cuando acompañaba a mi mamá al Centro, y tomábamos el tranvía 22, que recorría Paseo Colón hasta el Correo Central. Mi mamá me mostraba las heridas en los revestimientos de granito de los edificios y me decía bajito: “Eso es de cuando bombardearon”. Ellos, los otros, los que nos bombardearon.

La Plaza debe ser restaurada, dice la arq. Sonia Berjman, no remodelada. Porque llevarla al diseño que tuvo hace 105 años, tiene la pretensión de borrar estos 105 años de historia y promover un retroceso a una patria agropecuaria, que se decía el granero del mundo. Pero la Historia nunca regresa a los lugares por donde ya pasó. Los pueblos, en avances y retrocesos, aprenden. Nadie atraviesa dos veces el mismo río, esto también es aplicable a las construcciones sociales que conforman los procesos históricos.
Y la Memoria, aunque pretenda ser borrada mediante procedimientos más o menos violentos, pero siempre violentos, persiste.

En diciembre de 2017, el Museo del Bicentenario fue “intervenido”, su nombre fue cambiado a Museo de la Casa Rosada, y hoy pueden encontrarse en exhibición objetos y fotografías pertenecientes a genocidas de la última dictadura. El 27 de febrero, fue arrojado por la ventana parte del mobiliario histórico de la Casa Rosada, patrimonio de los argentinos, inventariado.

Para comprender este proceso histórico que vivimos, son los datos de la realidad los que nos dan la pauta, nos develan el código de lectura que identifica a los actores y los pone en el lugar del escenario que les corresponde. La destrucción de edificios, objetos icónicos e históricos es una constante que se repite en la Historia mundial frente a enemigos a los que en el fondo se teme y por eso hay que destruir. A eso apuntaban el bombardeo de Gernika, los campos de concentración nazis, los centros de exterminio en la Argentina, la destrucción de hospitales y objetos por parte de los golpistas de 1955. Y no es difícil asociar estos hechos con lo sucedido en estos días en Plaza de Mayo y Casa de Gobierno en este intento de apropiación simbólica.
Pero hay que hilar un poco más profundo, porque si no parece que fuera otra derecha, una novedad en nuestra Historia, un cambio. Y no, es la misma vieja y autoritaria derecha de siempre.

El 27 de febrero murió Luciano Benjamín Menéndez, asesino, torturador, apropiador de niños. Fue condenado 12 veces a cadena perpetua. Nunca se arrepintió. Se llevó a la tumba los nombres, los lugares de entierro, los datos de los apropiadores.
Hay una foto que lo muestra con un cuchillo, intentando atacar a las Madres. Y hay otra foto que lo muestra entre Ramón Mestre, actual gobernador de Córdoba desde el partido del cambio, y Oscar Aguad, que es el actual Ministro de Defensa de la Nación.
Si retrocedemos en el tiempo, resulta que encontramos los mismos nombres y casi las mismas personas (o sus descendientes) armando una línea histórica de exclusión, de privación de derechos, de represión y muerte.
Ahí están sus fotos, colocadas en el Museo de la Casa Rosada, para que recordemos que en cierto momento fueron vencedores. Ahí están sus avatares, en lugares donde se toman decisiones que tienen que ver con la Patria, con nuestros derechos, con el futuro de nuestros hijos y nietos. Ahí están, con la bandera de terminar con “el curro de los derechos humanos”, porque la apropiación de bienes, la especulación, el esclavismo y la explotación es su característica de clase.

Entonces, la remodelación de la Plaza surge como otro acto más de violencia, donde explícitamente se nos está diciendo: nosotros, los herederos de Roca, somos los dueños de la Argentina.
No es el diseño, no es una cuestión de escuelas estéticas. Se trata de escuelas económicas e ideológicas, y es por este motivo que no hay cuestiones menores a la hora del disenso. Ninguna batalla es pequeña a la hora de defender a la Patria del actualizado colonialismo global.
Y es por este motivo, que nos seguiremos encontrando en la Plaza.

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