No elegir el lado oscuro

escribe Julia Pomiés*

El mundo está agresivo, inseguro, incierto… No es sólo en esta ciudad, este país, este continente… No es una percepción personal, ni un puro delirio de persecusión generado por las pequeñas y grandes paranoias cotidianas. Los teóricos de diversos campos humanísticos (filosofía, estudios sociales, comunicación…) lo están señalando. También representantes de ciencias más “exactas”, preocupados por el calentamiento global, el deterioro del medio ambiente, la exponencial acumulación de residuos tóxicos y plásticos.
Me lo comentaba Susana Kesselman refiriéndose a sus “artículos de otros tiempos que caducaron en mi pensamiento actual.” Y me aclaró: “No se trata de mis ideas, sino de ideas de algunos autores que cito -Foucault y Guattari, por ejemplo- que no pudieron predecir hasta dónde llegaría el capitalismo salvaje que estamos viviendo. El neoliberalismo “hace morir” y “deja vivir”, como lo indicaba el pulgar del emperador en los primeros tiempos de la Biopolítica. Es decir, estamos volviendo a los viejos formatos de control social. Al control sobre la vida, sobre la esfera íntima y otros controles que se denunciaban hace siglos. Además, está pasando algo diferente que nos lleva a una fuerte incertidumbre y nos coloca en un mundo no sólo agresivo, sino también desconocido.”

Para cuidarme y cuidarnos en ese caldo de agresiones directas y solapadas, necesitamos, antes que nada, ser conscientes de ese clima. Abrir los ojos, informarnos. No ceder a la tentación de las negaciones. Y a la vez sentirnos con derecho a no elegir el lado oscuro de la luna, derecho a persistir en el lado luminoso. Pelear por esa luz. Cada tanto releo aquel párrafo de Italo Calvino en su libro “Las ciudades invisibles”:

“El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.”

Eso sí es cuidarse del infierno que avanza. Cada quien irá encontrando su modo, pero solamente si se lo propone con lucidez y con coraje. Seguramente, aumentar las dosis de militancias personales y colectivas por causas que consideramos justas es uno de los caminos anchos y fructíferos. Como encontrar y sostener una actividad artística donde volcar y desplegar toda nuestra creatividad. Pero también están los modestos senderos cotidianos que aportan cuotas de bienestar indispensables. Para alguna gente pasan por dietas sanas (ya se trate de alimentos o de programas televisivos: evitar los contenidos tóxicos). Una amiga y su marido han optado por leer juntos algunos capítulos centrales de libros que merecen reflexiones compartidas; pasan horas alternándose en la lectura y la escucha mutuas, con el televisor apagado. En casa tenemos un buen proyector y cada tanto hacemos delivery de buen cine a la casa de los amigos y eso reforzó intercambios, debates y amistad.

Y, de paso, no desdeñar los cuidados más consabidos: las caminatas por el parque, el descanso suficiente, detenerse en los esfuerzos cuando el cansancio aprieta, cuando aparece el dolor o el resfrío… nada de una aspirina y sigo. Parar. Volver a preguntarse quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y volver a elegirlo, y hacer algo para que dure, y dejarle espacio para que crezca…

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Julia Pomiés es periodista, directora de Kiné; Lic. Artes del Movimiento (UNA); Coordinadora de Recursos Expresivos; presidenta de AReCIA (MC) (Asociación de Revistas Culturales Independientes).

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