Norberto Galasso: el historiador del pueblo

La muerte de Norberto Galasso es un repliegue en la memoria colectiva. Los diarios la anuncian con frases sobrias, pero quienes lo leyeron, quienes lo escucharon, quienes lo discutieron, perciben que se apaga una voz que narró la historia del país desde un lugar que pocos se atreven a ocupar. La historia, para él, nunca fue un objeto de estudio: fue un territorio vivo, un animal inquieto al que había que seguirle el rastro.

por Mariane Pécora

El contador que eligió la historia

Nació en Buenos Aires en 1936, hijo de una clase media que todavía creía que, con mucho esfuerzo, se le permitía acceder a la hoy esfumada movilidad social. Se recibió de contador público en la UBA, pero la contabilidad nunca lo atrapó. Lo atrapó otra cosa: la pregunta por el país, por sus derrotas, por sus mitos, por sus silencios. La militancia.

En los años 60 se sumó al Partido Socialista de la Izquierda Nacional, donde encontró una clave que lo acompañaría toda la vida: la historia argentina no podía leerse sin la cuestión nacional, sin la dependencia, sin el conflicto entre un proyecto popular y un proyecto oligárquico.

Ese cruce —marxismo, peronismo, soberanía— fue su brújula.

Escribir contra el canon

Galasso publicó más de 70 libros. Pero la cifra no dice nada si no se entiende el gesto: cada libro es un acto de resistencia contra la historia oficial. Escribió sobre Perón, Eva, Jauretche, Scalabrini Ortiz, Discépolo, Cooke, San Martín. Escribió Los malditos de la historia argentina, cuatro tomos dedicados a figuras expulsadas del relato dominante. Escribió biografías que eran radiografías de un país.

Su método era artesanal. Leía documentos, cartas, discursos, diarios, pero también escuchaba. Escuchaba el murmullo de las calles, las voces de los trabajadores, las intuiciones de los militantes, las historias que no entran en los manuales.

En la entrevista que le hicimos en Periódico VAS, dice una frase que condensa su pensamiento: “La historia y la política las hacen los pueblos”. No los próceres, no los presidentes, no los dueños del poder. Los pueblos: esa multitud sin nombre que empuja la historia hacia adelante.

«La historia tiene dos columnas —explicaba—. Una, la que los académicos llaman heurística, es el cúmulo de información sobre un período determinado. La otra columna de la historia es la hermenéutica, que consiste en la interpretación de esa información».

«En la heurística, uno puede ser rigurosamente científico en la medida en que no omita ni oculte ningún hecho. El rigor científico se da justamente por atenerse exclusivamente a la documentación o a testimonios de quienes vivieron en un determinado período, lo que se denomina tradición oral. Pero en el campo de la hermenéutica, que es la interpretación de esos hechos, el historiador introduce necesariamente su propia ideología, lo quiera o no. Es decir, interpreta desde un punto de vista».

Galasso desconfiaba de la historia oficial como se desconfía de un relato demasiado perfecto. Sabía que la historia es una construcción, una operación política, una disputa por el sentido. En la entrevista afirma: “La historia oficial es la historia de las clases dominantes.”

Esa frase es el punto de partida de toda su obra. Su tarea consistía en desarmar ese relato, mostrar sus vacíos, sus omisiones, sus trampas. No para reemplazarlo por otro dogma, sino para abrir la posibilidad de una historia más compleja, más contradictoria, más cuestionable.

Su método se basaba en tres movimientos. La revisión crítica, es decir, leer los documentos hasta percibir la grieta. Entender que cada hecho forma parte de una estructura de poder; por eso es indispensable situarse en el contexto político. Y, por último, recuperar la palabra de quienes no tuvieron tribuna, la voz de los perdedores. Galasso no escribía entonces para la academia, sino para que el pueblo pudiera comprender su propio devenir histórico. 

Los últimos años: la precariedad como síntoma de época

La vejez lo encontró trabajando. Seguía escribiendo, seguía dando entrevistas, seguía pensando en el país con la misma obstinación de siempre. Pero también lo encontró vulnerable.

El embargo de su vivienda fue un duro golpe. Una deuda que él consideraba injusta lo dejó en una situación de precariedad que lo hirió profundamente. No era solo un problema económico. Era la metáfora cruel de un país que no protege a quienes dedicaron su vida a pensar su identidad.

En 2025, el gobierno de Javier Milei lo despojó del cargo honorífico de “embajador de la cultura popular argentina”, que ejercía desde 2014. El decreto se justificó en la reducción del gasto público, pero para Galasso fue otro síntoma de época: la retirada del Estado de la cultura, la desvalorización del pensamiento crítico, la ofensiva contra las memorias incómodas.

Aun así, siguió escribiendo. La historia, para él, era una forma de respirar.

La muerte: un cierre que abre preguntas

La muerte de Galasso deja un vacío difícil de llenar. No solo por su obra monumental, sino por su insistencia en una pregunta que hoy vuelve a ser urgente: ¿quién escribe la historia cuando el poder concentra la palabra?

Su legado es una invitación a mirar hacia abajo, hacia los bordes, hacia quienes no entran en la foto. A recuperar la historia como herramienta de lucha y no como mercancía. A entender, como él repetía, que “la historia la hacen los pueblos”, incluso cuando los pueblos no figuran en los libros.

Galasso escribió para que la historia no se convierta en un objeto de museo. Sino para que siga siendo lo que él creía que era: una disputa viva.

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