¿Nunca soñaste con ser como tu personaje favorito?

por Maia Kiszkiewicz.

Una novela en la que una niñera se enamora de su empleador y aguanta todo tipo de violencias en nombre de algo que llaman amor, un grupo de personas adultas que se escandaliza al ver hombres con pollera y peluca en una fiesta infantil alegando que un cumpleaños no puede ser animado por travestis, niñas menores de 10 años que van a programas de juegos y les preguntan si tienen novio. Si todo esto sigue siendo normalizado en los medios, hay mucho que repensar.
Existe una discusión no saldada sobre la relación entre contenido y audiencia. Por un lado, está la idea de que el éxito se mide en cantidad de vistas (rating) y que el público que consume con constancia un programa, serie o canal lo hace porque siente identificación con lo que se muestra; por otro lado, existe un supuesto de que el contenido moldea a las personas.
En este punto, vale la tibieza. La idea es que cantidad y calidad confluyan. Es decir, que un contenido pueda ser de alcance masivo sin generar o reforzar estereotipos. Porque, ¿quién no se identificó y quiso ser como algún personaje reproduciendo, sin querer, sus modos de relacionarse y ver el mundo? y, en todo caso, si alguien no vivió esa experiencia, ¿por qué hay modos de ser que no son contados y resultan excluidos de las historias?
Durante muchos años se sostuvo un paradigma en el que predominaba la idea del amor romántico. Mujeres que para ser parte activa se tenían que vestir como hombres, hombres que llegaban y solucionaban todo con besos sin consentimiento, como en La bella durmiente, y diversidades invisibilizadas o estereotipadas. Este tipo de violencia simbólica se ve, sobre todo, en productos creados por grupos/empresas que tienen como fin generar ganancias y, al tener mayor poder económico, logran más llegada al público. La comunicación, en este modelo, es mercancía y no derecho. Se muestra y se oculta lo que conviene para tener rating, vender entradas o sostener pautas. Todavía hoy la mayoría de los espacios de toma de decisiones en esos lugares son ocupados por personas (casi siempre hombres) que reproducen prejuicios o sostienen un discurso que sigue los cánones hegemónicos. Pero, ¿el fin justifica los medios?, ¿por dónde empieza el cambio?

Cambio y tensiones
En 2019, Erica Rivas, quien interpretó a María Elena en Casados con hijos en 2005, vio algunos guiones de la propuesta para la nueva obra de teatro y pidió hacer cambios porque consideraba que eran machistas. A la vez, propuso incluir en el equipo de guionistas, hasta el momento conformado por Axel Kuschevatzky y Diego Alarcón, a alguien con perspectiva de género para asesorarlos. Finalmente, a Erica la desvincularon de la obra y en las redes se lanzó uno de los spots promocionales en los cuales Moni (Florencia Peña) llama a su marido, Pepe (Guillermo Francella), para conversar. Él le dice marsopa blonda, oso de montaña y que canta como un papagayo que lo están ahorcando y, para terminar, le corta el teléfono. La deja hablando sola. Un spot violento.
La obra se iba a lanzar en 2020 pero, después de algunos intentos de reprogramar, no se hizo.
Los medios de comunicación construyen relatos que siempre son subjetivos. Elegir qué contar y de qué manera es tomar posicionamiento político. Mostrar, o no, a una mujer que aguanta todo maltrato por seguir con un hombre; Usar, o no, lenguaje inclusivo; poner en pantalla, o no, la cara de personas fallecidas; contar, o no, quiénes son los responsables de los incendios en cualquier lado del país son posibilidades.
Generar materiales que no resulten violentos ni para las mujeres y disidencias, que son las que generalmente resultan maltratadas o tienen menos espacio; ni para los hombres, que según el modelo patriarcal deben proveer, ser fuertes y no mostrar sentimientos como la empatía, es una elección y para poder decidir de forma consciente, es necesario hacerse de nuevas herramientas y repensar los contenidos. Eso es lo que pedía Érica para el teatro y es, también, lo que busca la Ley Micaela.
La ley 27499, sancionada en 2018, establece la capacitación obligatoria en temática de género y violencia contra las mujeres para las personas que se desempeñan en la función pública en los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. A la vez, existe un proyecto para que también deban capacitarse los propietarios y el personal de los medios de comunicación inscriptos en el Registro Nacional de Proveedores de Publicidad Oficial.
Porque, en 2015, Mirtha Legrand le preguntó a Laura Miller qué hacía para que su novio le pegue; en 2017, cuando Débora Pérez Volpin era candidata a legisladora de la Ciudad de Buenos Aires, le preguntaron a su marido quién cocinaría ahora que ella tendría un nuevo trabajo; y, en 2020, Mauro Viale le dijo a Liliana Caruso que como era mujer no entendía nada de fútbol.
Entonces, aún comprendiendo que al momento de crearse series como Casados con hijos este tipo de situaciones pasaban desapercibidas: Ya no. Y es necesario que, si aparecen, dejen de ser naturalizadas. Porque la violencia simbólica es la base de un sistema patriarcal que da como resultado, entre otras cosas, que en Argentina, según el Observatorio Lucía Pérez, se hayan producido 90 femicidios en los primeros 101 días de 2021. 

Faltamos en los medios
Hay dos temas: lo que se dice y lo que se hace. Lo que se muestra sobre las mujeres y disidencias, y el lugar que tienen en los medios.
Radio Rivadavia lanzó su programación para 2021 en la cual de las siete figuras centrales, seis son hombres cis y uno es homosexual. Entre esas personas está Baby Etchecopar, autor de frases como que el problema no son los degenerados, sino las nenas de 12 años que provocan con fotos mostrando el culo. En 2018, Baby fue imputado por violencia de género y, para no ir a juicio, aceptó una probation que implicaba poner al aire segmentos de 10 minutos con contenido feminista durante su programa. Tuvo una oportunidad, un llamado de atención, y no cambió. En los primeros días de marzo de 2021, recibió una cautelar por atacar a una influencer que compartió un video en redes sociales cansada de que la gente se reúna en todos lados violando los protocolos por coronavirus. A ella, también le respondió Luis Majul en su programa de La Nación+. Le dijo marginal y preguntó cuántos loquitos como ella tienen en el peronismo.
Baby y Majul siguen siendo contratados y remarcados como figuras importantes para un medio, ¿y las pibas?
Porque a la violencia simbólica, producto de la falta de perspectiva feminista, se le suma la predominancia de voces de hombres, lo que da como resultado ausencia de diversidad en los contenidos y falta de oportunidades laborales para mujeres y disidencias.
En 2020, desde Nos quemaron por brujas realizaron el segundo informe “Faltamos en la radio” en el que analizaron los programas emitidos por las radios AM y FM de la Ciudad de Buenos Aires que, según Kantar Ibope, lideraron el rating de la mañana durante junio. Entre otros datos, el 78 % son conducidos por varones, el 100% de quienes realizan columnas de deportes y quienes trabajan en operación son varones, mientras que el 90% de las locuciones son realizadas por mujeres.
En el informe, desde Nos quemaron por brujas proponen algunas preguntas: ¿qué sucede cuando nuestras voces no circulan por los micrófonos?, ¿cómo repercuten nuestras ausencias en las mentalidades de las y les oyentes? Esas faltas, ¿no impactan negativamente en las posibles elecciones de las y les estudiantes a la hora de elegir sus carreras?
El resultado es que no todas las personas tengan derecho a ni a la libre elección del trabajo ni a condiciones equitativas y satisfactorias de su labor, como debería ser según el artículo 23 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Por eso, hay un proyecto de ley de equidad en los medios que abriría espacios y posibilidades laborales a mujeres y disidencias. Para comenzar a tener certezas, dicen desde Nos quemaron por brujas, es necesario revisar cómo están compuestos los medios en general que, en definitiva, son los que marcan la agenda, construyen sentido y prefiguran los modos en los que se distribuye el poder.
Lo que se necesita, entonces, es que todas las personas se involucren en el cambio. Quienes están al frente de programas, quienes los consumen, arman guiones o producen. Ante la resistencia, leyes como la de equidad y la Ley Micaela resultan herramientas necesarias para dejar de sostener discursos violentos y para que cada persona pueda ser lo que decida, de la manera que desee y respetando las decisiones de quienes están a su alrededor.

Foto: Télam

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