Peces en el agua negra

1.-
Tras el secuestro y la tortura, venían los traslados. Los elegidos debían pararse cuando escuchaban su número y dirigirse a la enfermería donde se les aplicaba una “vacuna” que los adormecía. Cada miércoles, cuarenta hombres y mujeres eran trasladados en un camión desde de la Escuela Mecánica de la Armada hasta Aeroparque. Allí se los desnudaba, se les colocaba una bolsa en la cabeza y se los subía al Skyvan PA-51, el avión desde donde eran arrojados al Río de la Plata o al océano. La superficie del agua quebraba sus huesos. Morían ahogados o desnucados por el impacto del golpe.

Vuelos de la muerte, se denominó la ingeniería implementada por la última dictadura cívico-militar para la eliminación física de las personas secuestradas. Esta forma de exterminio pergeñada por la Armada -para evitar condenas internacionales como las atravesadas por Franco en España y Pinochet en Chile-, contó con el aval de la Iglesia Católica. Así lo testimonia el ex militar Adolfo Scilingo en el libro El vuelo, de Horacio Verbitsky. Y Así se constató en la megacausa ESMA, cuya sentencia condenó a cadena perpetua a 29 acusados de delitos de lesa humanidad. Entre ellos, los pilotos de la Prefectura Naval Argentina Mario Daniel Arrú y Alejandro Domingo D’Agostino, quienes junto a Enrique José De Saint Georges, participaron del vuelo que terminó con la vida de las madres de Plaza de Mayo Azucena Villaflor de Devincenti, Esther Ballestrino de Careaga, María Ponce de Bianco, Ángela Aguad y la monja francesa Leonie Duquet, secuestradas entre el 8 y el 11 de diciembre de 1977, luego de ser “marcadas” por Alfredo Astiz en la Iglesia de la Santa Cruz.

Peces en el agua negra

Relato de Elizabeth Lerner

Levantó la cabeza y ahí estaban los hilitos. Eran las babas del diablo. Desde el sillón veía la baranda del balcón y detrás, la ciudad. Edificios que a esa hora eran moles rojas, fucsias, violetas. Anochecía.

Acurrucado como un bebé en las hendiduras del sillón,  recordó que cuando los tiraban había algo que le producía lo mismo que ahora, frente a las babas del diablo. Los tiraban dormidos, decían, pero no. Estaban adormecidos, que es distinto. Dormir es soñar, sueños de los lindos o pesadillas. Estar adormecido y en el avión, es otra cosa. Es letargo. Luis hablaba y él lo escuchaba, cumplía órdenes. Mucho después conocería el nombre de eso que les inyectaban,  pero en aquel momento era solo la vacuna. La voz de Luis daba más indicaciones. Palabras sueltas, frases cortadas. “Muévanlos. No, pará, dejá ahí hasta que volemos un poco más bajo”. Marcos pensaba que era una voz preciosa la de Luis. Que era como la de Julio Sosa, en El último café. Esa vueltita en las voces de algunos que hace temblar y sufrir y querer bailar y querer salir. Cuando lloraba porque María Laura ya no estaba, Marcos ponía a Sosa y la canción era más grande que la tristeza. Igual que la voz de Luis. Lo otro era el viento que se escucha a tres mil metros de altura y con la puerta del avión abierta. Lo otro eran pequeños quejidos, olor a pis, a caca. Había alguien que no tenía puesta la inyección ese día y se escuchaba un roce de uñas contra la superficie satinada de la bolsa. Hasta que Santiago creyó escuchar el golpe seco y después después no oyó nada más. Y Luis dijo: “bueno, vamos, denle, que después hay que hacer otro”. Era sábado y a la noche tenía franco. Quería llegar a la función de las 9 con Norma. Luis pateó a algunos y empezaron a caer.

Ya era de noche y no podía ver las babas. Ni la baranda del balcón, ni la ciudad. Estiró la frazada hasta cubrir la cabeza. Peces en el agua negra. Apretó un poco los bordes de la manta. Peces y las branquias cerradas. Sintió las uñas de la gata sobre el vidrio del balcón. Se tapó más y escuchó el maullido como si viniera de muy lejos.

2.-
Hasta su detención, en mayo de 2011, los tres hombres llevaban una vida sin preocupaciones ni arrepentimientos. Arrú se desempeñaba como piloto comercial en Aerolíneas Argentinas; Enrique de Saint Georges -fallecido antes de la sentencia-, estaba retirado de la misma línea aérea; en tanto que D’Agostino, ya jubilado, oficiaba como jefe de la División de Veteranos de Guerra de la Prefectura Naval Argentina.

La misma sentencia que condenó a Arrú y D’Agostino, dando por probada la existencia de los vuelos de la muerte como estrategia sistemática de exterminio durante la última dictadura cívico-militar, absolvió a los pilotos de la Marina y la Prefectura, Julio Alberto Poch, Rubén Ormello y Emir Sisul Hess. El testimonio que cada uno de ellos brindó ante familiares y amigos, sobre su participación en los vuelos de la muerte, no resultó prueba suficiente para el Tribunal.

Julio Alberto Poch, nacionalizado holandés y piloto de la línea aérea Transavia, confesó ante colegas de esa aerolínea: “Tendríamos que haberlos matado a todos”, en referencia a las personas detenidas ilegalmente durante la última dictadura cívico-militar. Ricardo Ormello, relató ante sus colegas de Aerolíneas Argentinas una anécdota abominable, que le valió ser denunciado: “Trajeron a una gorda que pesaba como 100 kilos y la droga no le había hecho efecto. Cuando la íbamos arrastrando se despertó y se agarró del parante. La hija de puta no se soltaba. Tuvimos que cagarla a patadas hasta que se fue a la mierda”. Al piloto de helicópteros, Emir Sisul Hess, sus compañeros de trabajo lo escucharon hablar de los “vuelos de limpieza” desde donde se veía “a la gente que caía como hormigas”. Para el Tribunal, ninguna de estas declaraciones los incrimina.

No existe tampoco en ninguno de ellos -condenados y absueltos- el menor atisbo de arrepentimiento o toma de conciencia sobre la magnitud de los crímenes cometidos.

Y ahora nos vienen a hablar de reconciliación.

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