Relatos Indómitos
VIENTITO
por Marta García
Una vecina y su escoba duermen abrazadas. También se bañan juntas y luego barren la vereda con las cabelleras húmedas. Son dos enamoradas peinando la tierra. Se ocupan no solo de las veredas del barrio, sino también de las calles, los zaguanes, el estacionamiento del super, la plaza de los abuelos que ayer rompían vidrieras y bebés que mañana romperán todo. Es tal el beneficio de su tarea que dejamos a esa relación extraña manifestarse sin tapujos hasta en nuestras fiestas patronales. Nunca les hicimos preguntas. En nuestro barrio preferimos que nos barran antes que saber la respuesta. Gracias a ellas, el mundo encuentra cada mañana el lugar donde debe estar.
Con la llegada del otoño y por la magnitud de las hojas caídas, llevan una bolsa de consorcio. Se van desmechando ante tan agobiantes jornadas laborales sin remuneraciones; desde la ventana las miramos mientras sostenemos una empanada con las manos que no les damos y el televisor encendido para no sentir el ruido de las cerdas contra el planeta.
Tenemos pensamientos policiales sobre aquellas dos extrañas, pero nos cosemos el cerebro porque el barrio brilla sin que levantemos un dedo. Todo huele a recién inventado. Bañamos a los críos y lavamos los platos como si no tuviéramos deudas. Y les cambiamos los pañales a abuelas felices porque ya se han olvidado de la porquería que somos.
Fue en el último otoño cuando hicieron abandono de tareas sin previo aviso y nos enfurecimos. Todo se nos amontonó afuera y adentro. No nos quedó otra que escupir las hojas que se fueron acumulando en nuestras gargantas y se nos escaparon las maldiciones atragantadas ante esa relación loca, abominaciones que nunca expresamos mientras cumplían con la obligación de mantener el barrio bellísimo como una patria.
Sin ellas, todo fue una mugre. Solo nos quedaba esperar a que el clima cambiase. Por fortuna, se levantó un vientito de esos que no traen catástrofes, pero te vuelan la ropa tendida y las hojas en la vereda. Y en ese instante, debajo de un cúmulo de hojas, aferradas la una a la otra, trabajando hasta el final junto a la bolsa de consorcio que no alcanzaron a llenar, aparecieron. Nos miramos con la vergüenza que siempre llega tarde y depositamos dentro de la bolsa a las dos amigas, con más culpa que piedad.
Nunca más barrimos; ya no había escobas en el barrio. Ante la falta de trabajo, habían emigrado a otros municipios. Buscamos alternativas con ramas, cartones, diarios viejos y hasta con las manos, pero al no sentir amor por esas herramientas fue en vano tanto esfuerzo. Las hojas no nos entendían.
El otoño siguió enterrándonos. Las casas se convirtieron en raíces con televisores prendidos y la plaza se quedó sin rebelión. Pero cuando el desastre alcanzó al super y nos quedamos sin ofertas, el hambre nos desquició.
Ahora estamos en primavera creyendo que es otoño y que en cualquier momento se levantará un vientecito y nos descubrirá aún con vida bajo la hojarasca. O nos ponga dentro de una bolsa de consorcio con algo de piedad.
Foto: Shannon Cain
