Relatos Indómitos

El día en que María Callas cantó como Chavela Vargas

por Marta García

Amanecí otra veeeeez entre tus brazos y desperté llorando de alegríaaaaa…”
La voz reventada de Pili se descargaba en el patio y se metía por la ventana entre la tostada y la manteca. Aroma café con canela. Sabor tequila. Su voz desmoronada de Chavela Vargas elevaba cuerpos y almas de aquella rupestre barriada obrera.
Si bien la abu tenía una vida despechugada como Chavela, la que tenía su voz y su figura era su (nuestra) amada Pili. Desayunaba con tequila porque siempre hablaba con lengua bola, arrastrando palabras a los trompadones. Su voz en las rocas era un aperitivo que mi infancia bebió en cada siesta cuando me trepaba a cualquier cosa que me despegara de la corteza terrestre. Por ejemplo, la parra de uvas insostenible a la que me subía con todos mis juguetes y me divertía sola.
Un día todo se vino abajo. Parra. Uvas. Mi cuerpo, mi alma, mi yo-yo, mi balero. Pellejitos de uva confundiéndose con pellejitos de rodilla. Llamada a mamá que llegó despellejando la vereda y arrancándome los pellejos de piel como banditas depilatorias “porque si no se te infecta todo y vamos a tener que amputarte las piernas así que dejá de gritar como si te estuviera descuartizando”.
“Ay, Pili, aprovecho que no está mamá y que la nena se calmó así charlamos un ratito, ¿sí?”
Ni parra caída. Ni uvas estrelladas. Ni rodillas muertas en carne viva. Nada era más importante que charlar con Pili. La abu se había ido por segunda vez al sur de Argentina a una paradisíaca experiencia de vida comunitaria en El Bolsón. Cuando nos expulsaban de las sobremesas, se hablaba de una mexicana que parece que la envolvió en su pinche encanto. La abu se fue detrás de un calendario maya. Justo ella que era tan gregoriana. Al poco tiempo volvió y recuperó el meridiano de greenwich.
Si Pili era puro arrebato mexicano, mamá no. Peinado de peluquería. Spray efecto cerámica esmaltada. Voz estereofónica. Ecualizada sin oficio. Como una locutora de Radio Nacional enojada. Cantaba de todo. Pero la Tosca de Puccini era su preferida. Su voz en dueto con la de María Callas saliendo del combinado hacían vibrar las copas de la vitrina y nuestros huesos no eran más que cartílagos asustados.
Desde el jardín, juntando pellejos de uva muerta para hacerme un trasplante, escuché de pronto voces ardientes de pena.
“Te despertasteeeee túuuu casi dormidaaaa…y me querías decir no sé qué cosaaaaa… pero callé tu boca con mis besooooos…”
Que mamá y la novia de su mamá estuviesen juntas emborrachándose, abrazadas y cantando heridas al aire no llamaba la atención de mi vida sin parar. Era otra cosa.
Era mamá, la voz de mamá. Esa tan parecida a la gran Tosca, la de Puccini, la del disco de María Callas. Esa, de golpe sonaba tan reventada como las uvas, como Chavela detonada, cantando ese bailecito desgarrador mexicano. Eso solo podía estar sucediendo porque una desgracia había pasado.
“La prima donna e morto”, pensé en italiano. Y me entristecí en español. Pili al verme llorar por una desconocida mientras me pegaba pellejos de uva con cinta scocht calmó nuestras sobreactuaciones como siempre.
“A tu mami le duele un poco la cabeza, ¿sabés? Vamos a darle unos cafecitos y luego las acompaño a tu casa… parece que María Callas se fue a cantar al cielo, pobrecita, y viste cómo la quería ella”.
Cuando llegamos a casa los restos borrachos de la fan de la prima donna se desparramaron salvajes sobre la cama, a lo Chavela.
Aprovechando que estaba desmayada fui hasta el equipo de música intocable porque “les corto las dos manos si las veo tocarlo”. Y no solo lo toqué sino que puse el disco. Y la Tosca, lo más pancha, cantó como todas las mañanas.
Mientras se me despegaban los injertos gangrenados de pellejos moscatel en las rodillas, esperé al lado de su cama a que mamá se despertase sola porque no le gustaban las sorpresas.
Y entonces avisarle que no se había ido nada. Que María Callas estaba dentro del combinado.

(Del Diario de una mitómana… de verdad. Sale en cualquier momento.)

 

 

 

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