Signos de barro, tal vez…

por Marcelo Valko

A comienzo de enero de 2012 nos enteramos de que habían operado a Luis Alberto Spinetta de una perforación intestinal que no tenía relación con el cáncer de pulmón que padecía desde tiempo atrás. Los partes médicos mencionaban “signos vitales normales, estado estable”. El mismo Flaco salió a aclarar: “Estoy muy cuidado por una familia amorosa, por los amigos del alma y por los mejores médicos que tenemos en el país”. Hacía calor, la gente pensando en sus vacaciones. Esa actitud distendida de un país acostumbrado a que nada ocurra en el verano con excepción del habitual muestrario de culos. Imposible imaginar tal desenlace. En una suerte de comunicado personal que apareció en la cuenta de alguno de sus hijos, Spinetta todavía agregaba mayor tranquilidad: “me encuentro muy bien, en pleno tratamiento hacia una curación definitiva”. El sanatorio concordaba: “continúa su recuperación paulatina”. Todas las hojas son del viento y parecía que a él lo mecía una brisa buena que tenía a su delgadísimo cuerpo bajo control.
Recuerdo que me apenó saber que el 23 de enero pasaba el cumpleaños internado. Pero lo importante era que saliera de ese trance. Por lo demás, me causó cierta gracia que cumpliera el 23, un día antes de la celebración del Ekeko, deidad altiplánica de la abundancia y los sueños. Mi hija Olivia cumple el 25. Ambos casi fueron Ekekos por un día de diferencia. Además, el Flaco estaba internado en el CEMIC Saavedra, el mismo lugar donde nació mi nena, donde años después operaron de una complicación aguda a mi hija Ayelén y donde estuve internado en terapia intensiva 40 días, la mitad en coma y me cambiaron una válvula del corazón. Obvio, siempre dispuesto a ver signos del destino, lo interpreté como una constelación que me indicaba algo tan indescifrable como íntimo. Para colmo, me sentí bastante identificado con esa internación, dado que a comienzos del 2012 estaba dando las últimas correcciones a un nuevo libro y estaba recluido en mi casa terminando el texto. Atrapado junto al teclado, por momentos me abstraía de mi texto y como toda la vida tiene música, imaginé a Spinetta en la clínica componiendo algún tema semejante al de la bengala perdida que, en lugar de caer en cruz, se rescataba luminoso y ascendía en una llamarada soberbia de belleza hacia el cenit seguramente tanteando un amanecer que busca de piel en piel. En eso estaba en ese mes y medio que permanecí solo en Buenos Aires, mientras mi hija estaba en el sur con la mamá escapando del agobio porteño y de su padre endemoniado. Sentía que lo deje todo por esta soledad tan conveniente para la revisión final del libro. Ignoraba por completo que en los últimos tiempos, los dolores que padecía Luis Alberto en un brazo, y que fue el motivo de la consulta inicial, prácticamente le impedían tocar la guitarra. Tanto imaginar y percibir señales y mensajes, y al final las cosas suceden siempre de otra manera.
Una mujer que amé y perdí y que había configurado su mail personal con el título de una canción del Flaco (¡otro signo!) me llamó consternada desde el abrazo de otro hombre para avisarme de la tragedia. La verdad, y no tengo porque mentir o adecuar esta nota a una conveniente ficción literaria, cuando colgué el teléfono, abandonado en el silencio de mi casa, no me vino a la mente ninguno de sus temas, sino que me asaltó la letra del poema de Miguel Hernández. Esa terrible elegía dedicada a su amigo Ramón Sije “a quien tanto quería”. Experimenté un profundo fastidio ante la muerte, un dolor “que por doler me duele hasta el aliento”. Hernández lo expone en palabras más precisas que las mías: “No perdono a la muerte enamorada, / no perdono a la vida desatenta, / no perdono a la tierra ni a la nada.”
Todavía inmóvil junto al teléfono me invadió aquel poema de César Vallejo que, en Los Heraldos Negros, le ruega a un muerto amado: “¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!… no mueras, te amo tanto… pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo”. Salí de mi laberinto y encendí el televisor. Mi interior estaba convulsionado. Todos los canales se ocupaban del fallecimiento. “¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!” ¡Que poderoso misterio! ¡Y a su vez que mierda! Hacía calor. Tenía la mente revuelta. Los programas mostraban imágenes del Flaco, fragmentos de sus canciones, comentarios de sus colegas. “Lo de siempre en la calle y en mí”, diría Piazzolla. Sin tener en claro mis acciones, fui a la heladera, destapé una cerveza y regresé al living con el vaso. La televisión seguía hablando ante el mutismo de mis libros. El líquido helaba mi mano con la frialdad indiferente de la muerte. Ni siquiera estaba de humor para hacer un brindis del adiós, del estilo del saravá de Vinicius de Moraes. La cerveza luego se entibiaría olvidada en la mesada y la terminaría tirando a la pileta. Lo veía a Spinetta en la pantalla, tocando sus temas, en alguna entrevista, las portadas de sus discos. Sabiéndolo muerto lo recuperaba vivo en las imágenes. ¡Que misterio de mierda! Mientras hacía zapping él continuaba con vida. Comprendí en ese momento que me había acompañado desde muy chico dejando a mí alrededor una serie de episodios, de jalones, de signos. Algo en mí se había ido con él. Parte de su muerte se hizo carne en mí como una orfandad difusa. Miré el teléfono y pensé en llamar a aquella mujer que amé y perdí y que por algo me había dado aquella noticia. ¿Vendría? ¿O me dejaría con los dedos super ateridos? De chico, cuando fui de mochilero y hacía dedo en alguna ruta argentina tarareaba su tema esperando a ese inútil que me lleve, y al igual que el Luis de la canción, tantas veces me quedé clavado en lugares donde dobla el viento porque el idiota no aparecía. En cierta ocasión, tengo testigos, estuve dos días en la confluencia del Traful con el rio Limay esperado al inútil. Y ahora se lo habían llevado a él.
Después otro signo. De todas las casas mortuorias de la ciudad, lo velaron en O’Higgins al 2800 a dos cuadras de mi casa, y cuando años después nos mudamos de Belgrano a Urquiza, descubrí que estaba a cuatro cuadras de su estudio de grabación de la calle Iberá. Para un sujeto tan retorcido como soy, resulta imposible no interpretarlo como un mensaje, críptico, extraño, pero mensaje al fin. Sin mucha decisión me acerqué al lugar. Una multitud de todas las edades en la vereda. Enorme emoción de la gente. Tanta que no ingresé. ¿A que ver lo que ya no estaba allí?
Pocos días después, Gabriel, un amigo de Saladillo, fanático del Flaco me confesaba que había concurrido a un sin fin de sus recitales escuchándolo con todas sus bandas, excepto Pescado Rabioso, que se lo había perdido “como un pelotudo”. Me expresaba lo irreversible de aquella pelotudez que había cometido al no ir cuando tuvo la oportunidad de escuchar a Pescado justo en Mar del Plata. La vida es así, se toma o se deja, también la definitiva muerte. Haciendo mi propio balance, estaba peor que mi amigo, yo apenas lo había visto una vez, un concierto que a esta altura me parece como un sueño lejano, o una de esas leyendas que recopilo en el rescate de memoria oral. Y como aquel 8 de febrero de 2012 cuando falleció y haciendo zapping en el televisor Luis Alberto continuaba con vida, ahora decido evocarlo en aquel recital tan pleno y vital como fue el reencuentro de Almendra para desamordazar sus cenizas y regresarlo. Supongo que ese es el sentido último de notas como estas. Más que recordar tal o cual detalle, pienso que la única motivación es evocar, traerlo de vuelta con nosotros, detener su muerte y la de todos y subir juntos a los vagones de aquel tren que tanto anhelaba ver.
A comienzo de 1979 llegó a mi casa un telegrama convocándome al servicio militar obligatorio. Recuerdo que había regresado de un largo día, trabajaba de cadete de 8 a 17hs y por la noche iba a la Facultad. Al abrir la puerta mi vieja me entregó la cédula de notificación. Tenía los ojos enrojecidos. Había llorado. Todos en casa estábamos consternados. Tenía 48 horas para presentarme en el centro de enrolamiento. En ese entonces vivía en Florida, Vicente López. Todavía en el hall, mire los árboles de la calle. Y no brillaba el sol y no quedaba más que niebla. La noche oscura les pertenecía a los grillos. Allí, con el telegrama en la mano, días antes que nos metieran en el Unimog que nos vomitó en Campo de Mayo, comenzó una sensación de encierro, de presidio, de enajenación que no me abandonaría hasta muchos meses después de la baja.
Ya en la instrucción y dado que era un estudiante me dieron un trato que podríamos calificar como “preferencial”. Armado con mi cepillo de dientes no hubo letrina que no haya limpiado ni “baile” que no me haya comido o castigo que no me hayan impuesto del modo más arbitrario solo por ser “el tagarna del estudiantito”. Tal es así, que dos veces acabé internado en el hospital de Campo de Mayo y una en el Hospital Militar Central, en las tres ocasiones escupiendo sangre debido al asma, una dolencia que según ellos simulaba. Allí estaba con mi postración carcelaria, cuando me entero por un compañero que Almendra se reuniría después de su separación para realizar una serie de recitales. Los conciertos serían en Obras Sanitarias. Me lo impuse como una meta. De alguna forma iría a ese recital. Ya cercano a las fechas descubro con entusiasmo que uno de los días del concierto coincidía con uno de mis francos de servicio. A nadie le comenté que me moría por ir a escucharlos, dado que, si algún zumbo se enteraba, indefectiblemente encontrarían la vuelta para no dejarme salir. Esas actitudes siempre les salían de onda.
Como si fuera un signo nefasto por conjurar, el día del recital me tuvieron de acá para allá y no me soltaban. Decían que un general iba a hacer una inspección y debían estar todos los soldados presentes. Había pasado el mediodía y la tarde avanzaba. Comencé a pensar en un plan B. Ya no tendría oportunidad de pasar por mi casa y cambiarme. Saldría corriendo de Campo de Mayo a tomar el tren, bajar en la General Paz y de allí con un colectivo llegaba justo. De más está decir que no tenía entradas ni sabía como haría para ingresar. Los minutos pasaban y ya todos sabíamos que no habría ninguna inspección, pero un cabo primero muy turro, me tenía varado cebándole mate. Finalmente, con gran malicia dijo: “raje soldado ¿o acaso no está de franco?”. Volé como más tarde volaría el Capitán Beto con su nave de fibra hecha en Haedo y llegué al estadio de Obras cuando la gente ya estaba adentro rugiendo para que el Flaco saliera al escenario de una vez con Almendra. Participar de ese recital legendario era un privilegio que cualquiera podía advertir. Afuera frenados por los molinetes éramos unos cuantos los que no teníamos entradas y soñábamos con ingresar.
En ese momento, entre tantos melenudos y chicas de largo pelo lacio, percibí que varios me miraban como sapo de otro pozo. Promediaba la dictadura cívico-militar-eclesiástica. Claro, me tenían rapado y estaba con el uniforme de salida. Incluso llevaba puesto mi patético birrete. Sin embargo y pese a las miradas que le lanzaban a mi disfraz, yo seguía siendo el mismo. Entre los que estábamos allí había uno o dos colimbas más. Los canas y el personal de seguridad miraban con la soberbia que tienen los que creen que siempre estarán del otro lado. En ese momento una chica se me acercó y muy resuelta me tomó del brazo. Me sentí desconcertado. Quizás se debía al encierro de la conscripción, pero su hermosura me pareció sin igual. Ya en aquel entonces traducía situaciones semejantes como signos. Como imaginarán, ella se convirtió de inmediato en mi muchacha ojos de papel. Todo concordaba y me enamoré al instante. Me pidió que dijera que ella estaba conmigo, que era mi novia. Estaba convencida que sí abrían los molinetes a los colimbas los dejarían pasar primero. Claro, estábamos en la dictadura. La miré y obvio, tuve unas ganas locas de construirle un castillo en su vientre hasta que el sol… Del estadio Obras emergió un rugido. Almendra había salido al escenario y empezaron los primeros acordes de Fermín. Los que estábamos afuera nos revolvimos de impaciencia. Pero los tipos de la entrada seguían inmóviles mirándonos como a perros. Mi muchacha tal como en la canción corría arrastrándome de uno a otro molinete y le hablaba a los guardas para que nos dejasen entrar. Ella sabía que lo harían y yo estaba aturdido como aquella bengala perdida. En ese momento no me di cuenta, pero la muchacha de tiza que deseaba para mí, era evidente que ya había entrado a recitales anteriores con la misma táctica del brazo de otros colimbas. Finalmente, uno de los canas hizo un gesto despectivo y nos permitió pasar. Corrimos escaleras arriba cuando comenzaba Plegaria. Desde una de las puertas vimos de refilón al maravilloso Flaco muy flaco y eterno de talento acompañado por los extraordinarios Edelmiro Molinari, Emilio del Guercio y Rodolfo García: Almendra en pleno.
Había fascinación en el aire, flotaba la misma sensación que años más tarde percibí en los recitales de Amparito Ochoa, los Mejía Godoy o Chavela. Los temas lentos lo escuchábamos en un silencio religioso, en cambio otros como Ana no duerme eran coreados por verdaderos aullidos. Fue la única vez que lo vi en mi vida. Y fue la única vez que estuve con esa muchacha que ni bien entramos a Obras se soltó de mi brazo para siempre. Jamás volví a verla. Fue como la muerte de un amor tan fugaz como evocar la vida de ese amigo que no está.
Aunque no me atribuyo ser la voz cantante de nadie, supongo que esta nota apunta a devolver al Flaco de la muerte. De alguna manera como un exorcismo, mientras su música suene y esta página tenga un lector el capitán Beto seguirá su viaje estelar y Spinetta luminoso en su transparente delgadez, seguirá entre nosotros. Se trata de una suerte de magia, tal como aquellos comunicados tranquilizadores sobre su salud mientras estaba internado y luego le dieron de alta para “continuar la recuperación en su casa”, cuando la realidad era muy distinta. Su dolencia era terminal, la medicina lo había desahuciado y había regresado a su lugar en el mundo rodeado del afecto de los suyos para despedirse y elevarse desde allí como una hoja en el viento. Ese viento, que junto con otros elementos como el sol, el agua y el barro, son una constante en su música. Hay mucho viento en sus letras. Quizás demasiado. ¿Acaso cuando regresó a su hogar se habrá sentido una hoja en el viento del mundo que nos mueve hasta en la muerte? A Neruda también lo perturbaba ese poder misterioso: “el viento, el viento / yo solo puedo luchar contra la fuerza de los hombres”.
Y aunque no queda más que viento… su alma de diamante, su música de duraznos, de barro, de hojarasca al crepitar se queda con nosotros. Estos renglones son un intento para regresarlo, para evocarlo entre nosotros así de flaco como era el Flaco, así de talentoso como era de talentoso, así de volador como era de volador, así de trascendente como era de trascendente en nuestras vidas, en fin: un cronopio musical y amoroso deseoso de luz: Y si acaso no brillara el sol, y quedara yo atrapado aquí, no vería la razón de seguir viviendo sin tu amor…ah. Es lento, pero viene…

 

 

 

 

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