Superbot. ¿La escuela para androides?

por Elizabeth Lerner

El programa se llama Superbot, y no es una serie nueva de Netflix ni el último estreno de Pixar. Mucho menos, un superhéroe. Superbot es el nombre con el que el actual Ministerio de Educación y Deportes ha bautizado al programa de la “escuela del futuro”, en el nivel primario.

Si en la escuela del futuro se pretende habilitar en el nivel secundario una máquina de producción de mano de obra barata e inmediata, desde el proyecto para niños que cursan entre 1ero y 7mo grado la base de la formación reside en esta “apuesta” cuyo tinte central es la robótica y la tecnología.

Teñido del lenguaje del marketing y el nuevo “emprendedurismo”, el programa Superbot  -es decir el diseño curricular para la primaria o “nueva primaria”- se deshace en términos tales como “innovación y creatividad”, “manipulación de datos”, “planificación de estrategias” o “selección de recursos adecuados”. Todos estos ítems están planteados como objetivos a alcanzar en el transcurso de la formación escolar. Si surfeamos el material y bibliografía en torno a esta práctica del “emprendedurismo”, encontramos los mismos conceptos que el Ministerio de Educación y Deportes toma para delinear su programa :

  • Realización de un cambio de recursos
  • Creación de una pequeña nueva empresa
  • Hacer que las cosas sucedan
  • Luchar por convertir sueños en realidad

La “escuela del futuro” y el “emprendedurismo” comparten las mismas aspiraciones ahistóricas y aisladas de todo factor socioeconómico: ambas prácticas o proyectos enarbolan la bandera de la buena voluntad, el esfuerzo individual y las ganas como categorías posibles para cambiar la realidad. Ambas ignoran el índice monstruoso de pobreza y cómo ha crecido a lo largo de los años de presidencia macrista; ambas omiten el relevamiento concreto de una realidad material: en este caso, el estado edilicio de infinidad de instituciones educativas públicas, la dificultad de acceso a las escuelas en el caso de zonas desfavorecidas, la ausencia de alimentos básicos en la merienda escolar a nivel provincial y nacional.

Pero la “escuela del futuro” va más allá. El programa Superbot propone el uso de robots como material para el aprendizaje. La lógica más básica se ríe en la cara de una educación tecnologizada, cuando repara sobre las carencias básicas materiales para dictar una clase, y sin embargo la escuela del futuro va incluso aún más allá. Un apartado especial del programa (disponible a ojos públicos en la página del ministerio) se titula, haciendo honor al libro del genial Raymond Carver: “¿De qué hablamos cuando hablamos de robots?”. Ya que la literatura se coló en la nota, podemos darle un poco más de vuelo y pensar: ¿querrán que los niños desarrollen alguna visión crítica de la realidad a partir de la lectura de Asimov o Bradbury? ¿La inserción de la robótica será un paso hacia la idea de bienestar social? Los resonadores magnéticos son robots, por ejemplo. No. Nada de eso. Para el Ministerio de Educación y deportes cuando hablamos de robots hablamos de “puertas automáticas de supermercados”, “barreras que se abren para pagar estacionamientos” y “lavarropas automáticos” (sic). Elementos puramente serviles al mercado. El discurso del marketing político al que nos tiene acostumbrados esta gestión vuelve a arrasar, y es esta vez en las cabezas pequeñas y a la vez enormes de niños de 7 a 12 años.

Los docentes, en este plan superbótico, no son otra cosa que “animadores del conocimiento” o “facilitadores pedagógicos”. Me pregunto, reducidos a este rol, ¿quién explicará el mundo de las sumas y las restas y la geometría; los poemas, las metáforas y la clasificación de palabras; los paralelos, los meridianos, las reglas de ortografía? ¿Robots y facilitadores? ¿El “alumno del futuro” en el plan macrista será un ser acrítico y robótico, automatizado? Leo y releo el programa, y una vez más sólo la ficción de Orwell en 1984 o Huxley en Un mundo feliz vienen a aclarar el panorama inquietante y peligroso de esta arista del embate conservador.

Es interesante y desolador, por último, releer el punto del Superbot en el que se incentiva el “pensamiento crítico” en los niños y se lo define literalmente de esta manera:

Pensamiento crítico: planificación y organización de actividades como estrategias para solucionar problemas. Desarrollo de hipótesis, selección, análisis e interpretación de datos para solucionar problemas.

El pragmatismo desde niños parece ser el móvil. Pero no es eso lo más llamativo, sino la apropiación y modificación de un término –“pensamiento crítico”- que data de una larga historia desde Kant hasta Bourdieu y que apunta a la configuración de un modo de aproximación a la realidad que implica la crítica de la doxa, del sentido común compartido, de los estereotipos, prejuicios y cliches, de los lugares comunes, para poder construir un aparato de lectura acorde a cada realidad, específica, material, política. Los ejes de la “escuela del futuro”, a la inversa, parecen rubricar y enaltecer el pensamiento único, la vieja escuela del utilitarismo y la anulación de la polémica, la imaginación y los procesos de aprendizaje sociohistóricos como baluarte de ese vacío, sostenido en la promesa del cambio.

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