Afrodescendientes. Los negados de la historia

La población afrodescendiente argentina procede, en su gran mayoría,  de la trata y el contrabando de esclavos iniciados en tiempos de la colonia en el puerto de Buenos Aires. Durante el siglo XVII ingresaron al Río de la Plata cerca de doscientos mil esclavos africanos que, luego de ser marcados a fuego, eran trasladados a los barracones de las estancias para su engorde. Una vez recuperados se los encadenaba y llevaba para ser vendidos en Potosí, Córdoba, Tucumán o Santiago de Chile.

En una carta dirigida al rey de España, el gobernador Hernandarias informaba que entre  1612 y 1615  habían partido desde la  aldea de Buenos Aires a Potosí unos 4515  esclavos. Según datos oficiales de la época, durante la primera mitad del siglo XVII ingresaron ‘legalmente’ a estas tierras 25.192 esclavos, la mayoría proveniente de Angola. Se estima que esta cifra representa tan sólo la cuarta parte de los esclavos que arribaron a Buenos Aires por el contrabando.

Hacia 1643 la población de la aldea Trinidad y puerto de Buenos Aires era de 5.000 habitantes, de los cuales 2.500 eran ‘blancos’ y la otra mitad ‘indios o esclavos’. Este dato da cuenta de que la principal fuente de ingreso de los primeros porteños fue el comercio de esclavos. Hasta el siglo XVIII, la venta de esclavos se hacía frente al Cabildo. La Ranchería de los esclavos de los jesuitas estaba a una cuadra de la Plaza Mayor -actual Plaza de Mayo-, la de los dominicos a cuatro cuadras, y luego seguía la de los franciscanos. En la actual esquina de Balcarce y Belgrano, los esclavos estaban a la venta en los patios de la casa de los Azcuénaga-Basavilbaso.

Proxenetas, traficantes y timadores fueron la simiente de una elite porteña que, para descollar en medio de la nada, se dedicó a vender esclavos. Se hacían llamar amos o amas. Los recluían en barracas precarias construidas en los patios traseros de las casas, los vestían con el despojo de su propia ropa y los hacían andar descalzos.  Las mujeres esclavas debían ocuparse de las tareas domésticas como cocinar, planchar, lavar, cuidar niños propios y ajenos, fregar patios, cuidar animales caseros, atender la casa, acarrear el agua del río, servir la mesa y atender a la patrona. Los hombres, en cambio, eran usados para el cultivo de la tierra, en las construcciones y para transportar en sillas de mano a los señores, evitando así que posaran sus pies sobre el barro habitual de las calles.

En el siglo XVIII, con la llegada de los borbones al trono español, se concertó una política de asientos de tráfico de esclavos bajo la forma de Tratados Internacionales. La primera de estas alianzas fue el Tratado de Asiento con la Compañía de Guinea. Entre 1702 y 1713, dieciocho buques franceses ingresaron al Río de la Plata trayendo 3475 esclavos.

Como consecuencia del Tratado de Utrecht, entre 1713 y 1750, la Corona británica ejerció el monopolio del comercio de esclavos en el Rio de la Plata. El asiento de la South Sea Company estaba situado en las barrancas de Retiro, en el predio de que hoy ocupa la Plaza San Martín. Autorizada a ingresar 4.800 esclavos por año, se deduce que la South Sea Company comercializó 168.000 esclavos africanos durante los 35 años que mantuvo este acuerdo. Entre 1750 y 1794 la Corona española ensayó varias empresas infructuosas para regular el tráfico de esclavos en el Río de la Plata. Hasta entrado el siglo XVIII el contrabando de esclavos y la exportación de cueros cimentó la fortuna de la elite porteña.

El trabajo esclavo en sí, constituía una fuente de enriquecimiento en la economía colonial de Buenos Aires. “Con cien o doscientos pesos se compra un esclavo que reditúa entre ocho y diez pesos mensuales, y cuya manutención cuesta muy poco”, reseña Juan A. García en su libro La Ciudad Indiana. Lo redituable del trabajo esclavo explica el incremento de la población de origen africano durante el virreinato del Río de la Plata y la persistente resistencia de la burguesía a declararlos libertos. Durante las Invasiones Inglesas los esclavos intervienen en la defensa de la Ciudad. En 1808, tras la reconquista, el Cabildo decide recompensar a los esclavos y otorga una pensión anual de 6 pesos y la libertad a todos los heridos y mutilados (es decir, se les daba la libertad de morirse de hambre a los que ya no podían trabajar). Luego, tras un sorteo, sólo a 70 hombres se les otorgó la condición de libertos.  Libraron batalla contra el ejército inglés alrededor de cuatro mil esclavos.

En 1810 la Revolución de Mayo no abolió la esclavitud, tan sólo permitió a los esclavos cambiar de amo, siempre y cuando ellos mismos encontrasen un comprador. En 1812, la Primera Junta decretó, sin suerte, la abolición de la trata de esclavos. La declaración de libertad de vientres de 1813 liberó a los hijos, no así a los padres. “Los hijos de madres esclavas nacidos después del 31 de enero de 1813 se convierten en libertos, con la obligación de vivir en la casa del amo de la madre hasta que alcancen la mayoría de edad o hasta que se casen”, decía la proclama. Un año más tarde se vuelve a permitir la entrada de esclavos africanos a estas tierras, esta vez en calidad de criados y no pudiendo ser vendidos por sus amos. En 1813, el Director Supremo determinó que todo propietario de esclavos debía ceder uno de cada tres al Estado, que lo reconocería como paga de impuestos. También decretó la leva de todos los esclavos de entre 16 y 30 años pertenecientes a europeos españoles, quienes al concluir la guerra serían declarados libres. Con estos hombres se formaron los batallones que combatieron en la Guerra de la Independencia.

Por lo demás, algunos esclavos obtuvieron la libertad al tiempo de morir, cuando ya viejos y enfermos no eran redituables. Otros, pagaron la libertad a sus amos trabajando a jornal en las horas de descanso. Poco después de comenzar la segunda presidencia, en 1835, Juan Manuel de Rosas firmó un tratado con Inglaterra que dio fin al comercio de esclavos. Nuestro país fue uno de los últimos en renunciar a este fructífero negocio. Finalmente, la Constitución de 1853 abolió definitivamente la esclavitud y el comercio de esclavos al declarar: “En la Nación Argentina no hay esclavos: los pocos que hoy existen quedan libres desde la jura de esta Constitución”.

La ascendencia invisibilizada

A principios del siglo XIX, la población afrodescendiente conformaba más de la mitad de la población en algunas provincias. Un censo de 1836 da cuenta de cuánto representaba la población afrodescendiente en los distintos barrios porteños: Monserrat concentraba un 33.25%, San Nicolás un 29.90%, un 25% se repartía entre los barrios de Catedral al Norte y al Sur, Concepción y San Miguel, La Piedad un 21.14%, San Telmo un 18.06% y el barrio de Balvanera un 13.92%. Las guerras intestinas, las epidemias y la Guerra de Paraguay mermaron el número de varones. Hacia 1863 se contaban 6.000 negros sólo en Buenos Aires, la mayoría de ellos viviendo en condiciones miserables. En 1887 los afrodescendientes constituían en 1,8% de la población de Buenos Aires. Precisamente en esa misma época, la clase dominante comienza a alimentar el mito de la ‘Nación blanca’, propiciando la inmigración europea y dando forma a la falsa premisa de que los argentinos ‘descendemos de los barcos’. Desde entonces se aceleró el proceso de invisibilización de la presencia afro en la sociedad argentina. Esta negación fue acompañada por el silencio estadístico. Entre 1887 y 2010 los afrodescendientes no fueron contabilizados en los censos poblacionales.

Una prueba piloto de afrodescendencia realizada en 2005 en los barrios de Monserrat, en Buenos Aires, y en Santa Rosa de Lima, en Santa Fe, constató que el 3 % de la población sabe que tiene antepasados provenientes del África negra. Esta estadística respalda el estudio del Centro de Genética de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, que estimó que un 4,3 % de los habitantes de Buenos Aires y del conurbano tienen marcadores genéticos africanos. ​El Censo Nacional de 2010 estableció que la población afrodescendiente de Argentina es de 149.493 personas (0,4% del total). De este total unos 137.583 son afroargentinos (el 92%), y los restantes 11.960 (el 8%) provenían de otros países, en su mayoría americanos.

Escondida, negada, invisibilizada, la matriz afro se manifiesta en la epidermis cultural del ser argentino. El efecto más duradero del influjo afro en la Argentina es el tango, que cobra parte de sus características en las festividades y ceremonias que los esclavos desarrollaban en los llamados tangós, las casas de reunión donde se agrupaban con permisos de sus amos. Se considera que también la milonga campera, la milonga ciudadana, el malambo y la chacarera se nutren de su influencia, así como la payada. El habla coloquial del idioma español en nuestro país contiene muchos términos africanos, por ejemplo mucama, bochinche, dengue, mondongo, quilombo, marote, catinga, tamango, mandinga, candombe y milonga, empleándose muchos de ellos en el lunfardo.

Día del afrodescendiente y la cultura afro

Desde el año 2013, se celebra en nuestro país el “Día Nacional de los afroargentinos y la cultura afro”, La fecha elegida fue el 8 noviembre, en conmemoración del fallecimiento de María Remedios del Valle o Remedio Rosas, “la madre de la patria”, que luchó como capitana en la Guerra de la Independencia, en las tropas del general Belgrano. (ver nota)

Foto de portada: Carlos Brigo

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