Teatro Cerrado / Teatro Abierto

por Gabriel Luna

Hace ocho meses que el Teatro General San Martín (TGSM) está cerrado. No es la primera vez. Tuvo varios cierres prolongados durante los ocho años de la gestión macrista en la Ciudad de Buenos Aires, y tuvo permanentes e inquietantes andamios amarillos. El TGSM es el complejo teatral más importante de la Ciudad y depende del Gobierno porteño. ¿Por qué la clausura? Podrían atribuirse las prolongadas refacciones a una fatalidad estructural, pero ocurre que el edificio es de excelente factura, obra del famoso arquitecto Mario Roberto Álvarez. Y ocurre además, que no es el único teatro cerrado. De las siete salas importantes que dependen del Gobierno porteño, cinco están cerradas. Además de las tres salas del TGMS, están cerradas la del teatro Presidente Alvear y la del teatro De la Rivera, ubicadas en edificios distintos. Todos en refacciones. ¿Hay una fatalidad estructural en los edificios que albergan teatros municipales? No, ciertamente no. Tal vez se trate de una fatalidad cultural.

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La lista de edificios teatrales con problemas de estructura en Buenos Aires empieza con el teatro de La Ranchería, que fue además el primer teatro de la Ciudad. El virrey Vértiz -que podría ser considerado progresista- lo mandó construir en 1783, en la actual esquina de Perú y Alsina, por entender al teatro como una buena escuela de costumbres y urbanidades, útil para fijar el idioma, y porque la Ciudad no tenía sitio permanente para el solaz, la comedia y las diversiones públicas. Cuestiones muy ciertas, porque aparte de las corridas de toros, el juego de cañas y los carnavales, eran pocas las diversiones populares. El teatro, la poesía y la música se practicaban en las casas de los notables, donde no accedía el pueblo.
La construcción del edificio de La Ranchería, basada en un depósito de ladrillo, tenía tirantes de madera dura, techo de paja, platea de tablones y un escenario humilde con la leyenda: “Es la comedia, espejo de la vida”. Allí se representaban obras de Lope de Vega y del porteño Lavardén y también se cantaba, se hacían parodias y se bailaba el fandango. La Iglesia porteña fue crítica a tanta dispersión de arte, alegría y sensualidad plebeya. Hasta que la noche del 16 de agosto de 1792, cuando la curia celebraba con fuegos artificiales la inauguración del atrio de la iglesia San Juan Bautista -próxima a La Ranchería, también por la actual calle Alsina-, cayó una bengala en el techo del teatro y toda la estructura al poco tiempo fue ceniza.

TEATRO ABIERTO
Hubo varios teatros incendiados en la ciudad de Buenos Aires, pero en esta nota veremos sólo dos. Tal vez el movimiento teatral independiente más fuerte en la historia de esta Ciudad haya sido el liderado por Leónidas Barletta en 1930, que surgió inmediatamente después de imponerse la Dictadura cívico militar de Uriburu. Ese movimiento denominado Teatro del Pueblo, era concebido como “un teatro cuyo referente era el obrero, el hombre del pueblo, que vivía una realidad distinta a la de la élite dominante, y a quien urgía un teatro que respondiera a las necesidades de un público estrictamente popular”. Los autores de este movimiento fueron Alvaro Yunque, Nicolás Olivari, Raúl González Tuñón, Roberto Arlt, Elias Castelnuovo y el propio Barletta, entre otros. Las obras fueron: Trescientos millones, Saverio el Cruel, El Humillado, La Isla Desierta, de Roberto Arlt; Mientras dan las seis, de Eduardo González Lanuza y Amado Villar; Títeres de pies ligeros, de Ezequiel Martínez Estrada; Temístocles en Salamina, de Román Gómez Masía; Aulularia, de Plauto; Los bastidores del alma, del ruso Nicolás Evréinov; Intimidad, del francés Pellerin; El horroroso crimen de Peñaranda del campo, del español Pío Baroja; El Emperador Jones, del estadounidense Eugene O’Neill; y muchas más.

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El Teatro del Pueblo ambuló por distintas salas y creció desde un modesto edificio de la calle Corrientes 465, con apenas doscientas localidades, hasta establecerse en el año 1937 en una gran sala con más de mil quinientas localidades en Corrientes 1530. Aquí, el Movimiento creó un importante centro cultural donde -además del teatro- había espectáculos de danza, conciertos y conferencias, y se impartían cursos de humanidades a nivel universitario, abiertos y libres sin exámenes de ingreso. Todo funcionó muy bien hasta 1943.
En 1943 estalló el golpe militar dirigido por los generales Rawson y Ramírez. Surgió un Gobierno de derecha, católico, pro patronal y simpatizante del Eje. Y las nuevas autoridades municipales impuestas por este régimen decidieron desalojar el Teatro del Pueblo. Hubo resistencia, autores, actores, profesores y alumnos, que consideraban el arte como una forma de lucha contra el fascismo, se atrincheraron en el edificio. Pero hubo un sitio, y la policía secundada por una dotación de bomberos rompió puertas, echó ocupantes e hizo el desalojo de escenografías, vestuarios y bibliotecas en camiones de basura.

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Para los gobiernos de derecha: “El teatro popular estaba bien, pero siempre y cuando no sea popular”. Traduzco: el teatro que concierne al pueblo, de carácter emancipador y crítico, sólo es tolerado en las dictaduras y regímenes autoritarios civiles y/o militares mientras se reduzca a pequeños espacios, mientras no crezca ni se difunda, mientras no esclarezca ni transforme a nadie, mientras se dirija sólo a los convencidos. De hecho, al teatro de Barletta no se lo prohibió sino que fue confinado a una sala de 200 localidades en el sótano de un edificio de Diagonal Norte 943.
El siguiente movimiento teatral y popular sucedió recién a mediados de 1981, durante la dictadura cívico militar más sangrienta que conoció el país. El nombre del movimiento fue como una consigna: Teatro Abierto. En 1981 la Dictadura, inaugurada por Videla en 1976, ya había cumplido su objetivo: clausurar la emancipación. Había masacrado o disuadido por el terror a políticos, militantes, sindicalistas, activistas, intelectuales… y había entregado la economía del país al Imperio; ya no tenía más qué hacer, salvo detentar el poder. Pero esto le resultaba difícil sin la bandera de la lucha antisubversiva, porque la economía entregada al neoliberalismo producía pobreza y le restaba apoyo. En este marco surgió Teatro Abierto. Los autores y actores comprometidos con lo popular y la emancipación, que no formaban parte del entretenimiento y la distracción que proponía el régimen, flotaban como pequeñas islas desde los bares de Corrientes hasta sus casas -según describe el dramaturgo Osvaldo Dragún-, se leían entre ellos y a veces ocurría una representación en algún lugar innominado. Todo parecía controlado por la represión del sistema y era insoportable. La mecha se encendió cuando el director del TGSM, Kive Staiff, justificó la falta de obras nacionales en su repertorio diciendo que ya no había autores argentinos. Organizado por Osvaldo Dragún, desde los bares nocturnos de Corrientes, creció entonces el movimiento de Teatro Abierto, integrado por Carlos Gorostiza, Ricardo Halac, Tito Cossa, y muchos más. En menos de dos meses escribieron y decidieron estrenar 21 obras en una semana, a razón de 3 obras por día, y a precios más bajos que los de una entrada de cine. Parecía increíble.

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Dragún explica cómo lo hicieron. “Nos sumamos en los bares. Conseguimos el apoyo de la gente del teatro Picadero (actual pasaje Discépolo 1857, entre Corrientes y Callao). Y al sumarnos superábamos el miedo. Hubo absoluta libertad creativa. Autores y directores se eligieron entre sí hasta conformar 21 parejas -una por cada obra-. Y los directores trajeron a los actores. Luego llegaron los músicos, los escenógrafos, los técnicos, que se compartían en las obras. Y para pagar gastos se nos ocurrió imprimir abonos, que se vendieron como el pan. Entonces las noches se volvieron más alegres en los bares donde preparábamos todo. Me acuerdo que cuando faltaban dos semanas para el estreno, estábamos en el bar Los Galgos, a media cuadra del teatro Picadero, y uno de los autores dijo entre asombrado y divertido: ‘¿Se dan cuenta de que no podremos hacerlo?’ Y le contestamos riendo ‘¡Claro!’ Así fue cómo lo hicimos”, explica Dragún, sabiendo que se oponían a un gigante.
El 28 de julio del 81 fue el estreno: Decir sí, de Griselda Gambaro; El que me toca es un chancho, de Alberto Drago y El Nuevo Mundo, de Carlos Somigliana. Los siguientes días llegaron: Coronación, de Roberto Perinelli; Lejana tierra prometida, de Ricardo Halac; La cortina de abalorios, de Ricardo Monti; Criatura, de Eugenio Grifero; Tercero incluido, de Eduardo Pavlosky; Gris de ausencia, de Roberto Cossa; El 16 de octubre, de Elio Gallipoli; Desconcierto, de Ana Raznovich; Chau, Rubia, de Víctor Pronzato; La oca, de Carlos Pais; El acompañamiento, de Carlos Gorostiza; Lobo… ¿estás?, de Pacho O’Donell; Papá querido, de Aída Bortnik; For export, de Patricio Esteve; Mi obelisco y yo, de Osvaldo Dragún; Cositas mías, de Jorge García Alonso; y Trabajo pesado, de Máximo Soto.

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La primera semana de Teatro Abierto terminó el 5 de agosto y fue un éxito. Parecía haberse roto el hechizo autoritario contra el teatro popular. Hasta que la madrugada del 6 de agosto de 1981, mientras Frank Sinatra cantaba en el hotel Sheraton de Buenos Aires (traído por Palito Ortega) para la élite de la Dictadura, un grupo de tareas incendió el teatro Picadero.
No quedó más que parte del frente y un vestuario. Escombros y ceniza. Parecía que no podrían hacerlo. Pero el Teatro Abierto resurgió con fuerza desde las cenizas. Recibió el apoyo de la sociedad, del flamante Premio Nobel de la Paz Pérez Esquivel, y de muchos teatros de la Ciudad, que ofrecieron sus salas para continuar el ciclo. Teatro Abierto anunció su continuidad en una conferencia de prensa. Las cenizas se convirtieron en triunfo. El ciclo volvió a iniciarse el 18 de agosto en el teatro Tabarís, de Corrientes 831, una sala con más del doble de localidades que la del Picadero. Todas las funciones fueron a sala llena y hubo otros ciclos de Teatro Abierto con nuevas obras durante 1982, 1983 y 1984.

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TEATRO CERRADO
Hoy, en agosto de 2016, el TGSM -con tres salas teatrales y una de cine- permanece cerrado desde hace 8 meses. Mientras tanto el teatro popular, como pretenden las dictaduras y los gobiernos de derecha, está confinado a los pequeños espacios, más pequeños todavía que en los tiempos de Dragún y Barletta. Son salas barriales improvisadas en casas, conventillos, sótanos, galpones, bares. La mayoría no tiene más de 50 localidades, y pese a eso se las persigue. Hay que acceder a algunas funciones como si se tratara de reuniones privadas, porque el Gobierno no habilita los lugares. La gestión de Macri ha cerrado decenas de salas en la ciudad de Buenos Aires, tiene el insólito récord de haber clausurado 10 centros culturales en 15 días.

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¿Hay alguna relación entre el TGSM y el teatro popular? Sí. El TGSM ubicado en Corrientes 1530 ocupa el mismo lugar que, en la década del 30, ocupara el Teatro del Pueblo de Leónidas Barletta. No es una casualidad. Hubo varios proyectos para crear un Teatro Popular en la Ciudad de Buenos Aires, el primero data de 1908 y fue del diputado Alfredo Palacios, luego hubo una ordenanza en el Consejo Deliberante y otros proyectos. Por eso en 1936, el intendente de la ciudad de Buenos Aires otorga una concesión de 25 años a Barletta para usar una sala de más de mil quinientas localidades, ubicada en Corrientes 1530.
La concesión fue quebrada por el Golpe del año 1943. Desalojada la gente de Barletta, el lugar toma el nombre de Teatro Municipal de Buenos Aires y varía su repertorio según el gobierno de turno. En 1950 cambia su nombre por Teatro General San Martín (TGSM), en conmemoración de los 100 años de la muerte del prócer. Y en 1952, Perón decide construir un nuevo edificio más amplio, moderno y funcional, que es el edificio actual, inaugurado en 1960.
Desde entonces el TGSM ha tenido relaciones cercanas, prudentes o lejanas, con el teatro popular, según las circunstancias o la política del gobierno de turno. Pero siempre tuvo alguna relación. Siempre hubo un aporte -hasta por negación, como fue en el caso del director Kive Staiff- que sirvió para provocar Teatro Abierto. Hoy no hay relación ni aporte. El TGSM está cerrado desde hace 8 meses y -según el actual Ministro de cultura de la Ciudad- estará cerrado 8 meses más.

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¿Cuáles son las refacciones en el TGSM? ¿Hay peligro estructural, como aparentan los tiempos de obra y esos andamios?, pregunta Periódico VAS a dos empleados del TGSM, que prefieren resguardar su identidad. “¡No! Esto es un maquillaje, una decoración”, contesta sonriendo uno de ellos. “Se trata nada más que de una renovación de revestimientos en las salas, actualización de oficinas y cambio de sistemas eléctricos”, dice el otro. ¿Y por qué tardan tanto tiempo?, pregunta Periódico VAS, ¿por qué tantos andamios? “Lo de los andamios no lo sé”, dice el sonriente, “Lo del tiempo sí. Es por el negocio de la obra pública. Empiezan con un presupuesto de 130 millones, descubren más cosas que hacer, actualizan precios y terminan llevándose 400”. Silencio. “¡Cómo van a tardar dos años en hacer revestimientos, decoración y electricidad en un edificio de 10 pisos!”, estalla el sonriente. “¡Yo vi levantar, en menos de dos años, una torre inteligente de 40 pisos en Madero y Córdoba!, ¡totalmente terminada! ¡con última tecnología! ¿Cuánto tardaría esa gente en hacer este maquillaje del San Martín? ¿Un mes?, ¿dos?”. Silencio. “No se trata sólo del negocio de la obra pública”, le contesta el otro. “Lo que pasa es que no quieren tener el teatro abierto. Abierto sirve para avivar giles”. Silencio. “Acá lo escracharon a Lopérfido”, dice el sonriente. “No quieren olas. No quieren vivos. Tampoco quieren dar alegría. A este Gobierno no le gusta la gente”.

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Darío Lopérfido, director del teatro Colón, fue nombrado además ministro de cultura de la ciudad de Buenos Aires tras las últimas elecciones. Lopérfido cerró definitivamente el TGSM (antes, aunque hubo períodos de cierre, se combinaban las funciones con las refacciones) y siguió persiguiendo a las salas barriales. Pero lo más asombroso del personaje fue el despliegue de ideología cipaya, elitista y autoritaria, en sus declaraciones. Lopérfido minimizó y relativizó los crímenes de la última Dictadura Cívico Militar. “Cuando alguien después de 40 años, ya esclarecido sobradamente el horror, establecidos los derechos humanos, y condenados en los tribunales a los culpables, defiende a esa Dictadura sangrienta… No digo que haya que encerrarlo. Puede quedarse en su casa, tener un kiosco, ser plomero o manejar un taxi, pero no puede ser ministro de cultura”, dijo a Periódico VAS un integrante de un centro cultural de San Telmo.
Pidieron la renuncia de Lopérfido los centros culturales de la Ciudad, miles y miles de escritores, músicos y artistas de Buenos Aires y de todo el mundo, y los teatristas independientes desde sus salas en los barrios, antes de cada función. Lopérfido fue escrachado donde se lo encontrara, el hostigamiento y las movilizaciones duraron seis meses, hasta que renunció en julio de 2016. “Puede tomarse como una victoria… pero hay que advertir que un mes después de su renuncia, el presidente Macri toma la bandera de Lopérfido: relativiza el número de desaparecidos y vuelve a machacar los derechos humanos con el concepto de guerra sucia”, dice el integrante del centro cultural.

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El 8 de agosto de 2016 a las 18.30 hs. un colectivo de organizaciones culturales se reúne con Ángel “Mahler” Pititto, el nuevo ministro de Cultura de la Ciudad. Llueve, hace frío, hay viento y es prácticamente de noche. Pese a la inclemencia, son cerca de treinta. Hay seis Madres de Plaza de Mayo, representantes de teatro independiente, de centros culturales, de grupos de danza, de instituciones educativas y culturales del Estado. Llegan al 2º piso de la Casa de la Cultura, en avenida De Mayo 575, que antes fuera el lujoso y ornamentado edificio afrancesado del diario conservador La Prensa. Mahler los espera detrás de una mesa enorme, flanqueado por dos asesores que le hablarán frecuentemente al oído. Los visitantes ocupan todas las sillas y sillones rodeando la mesa, algunos quedan de pie. Traen una carpeta para dejar al Ministro, donde consignan los reclamos, pedidos y sugerencias que ahora van a hacerle.
Lo primero es pedir la renuncia de Lopérfido del cargo que le queda -director del teatro Colón-. Hay varias argumentaciones y referencias históricas, dadas por las Madres y la gente de teatro, y en dos oportunidades Mahler -tras intervenciones silenciosas de sus asesores- pidió “un par de días para ver qué se puede hacer” (típica dilación política). Una representante del Foro de Danza le plantea que el Complejo Teatral Buenos Aires mantiene cerradas 5 de las 7 salas. Mahler pide paciencia, dice que van abrir el TGSM en marzo del año que viene (una fuente de Periódico VAS habla de una apertura probable recién en mayo). Mahler dice que el teatro Alvear (que está cerrado hace dos años) le encanta y es para él una cuestión personal. La bailarina dice que no se ha planeado el Festival de danza, que se está relegando a la danza contemporánea. Los representantes de los centros culturales y los teatristas se quejan de las clausuras de “que pasamos más tiempo haciendo trámites de habilitaciones que arte”. Los docentes del área cultural estatal se quejan de las condiciones de trabajo. Mahler vuelve a pedir paciencia. Los actores y directores hablan de los tarifazos, “necesitamos pagar la luz y el agua sin encarecer la cultura”. Mahler dice que tiene un plan para los teatros independientes, pero no dice cuál. Promete reuniones por sectores (para fragmentar), otra reunión general dentro de seis meses. Dice al final: “Estoy seguro de lo que voy a hacer. Denme tiempo y tengan paciencia” (despedida política, marcada por los asesores).

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Falta un cuarto para las 20 hs. Afuera llueve, hace frío. En el suntuoso hall con boiserie del edificio francés, los autores, actores, directores, músicos, sacan conclusiones, proponen, hacen planes, acuerdan, ríen, disponen. Alguien dice o debería decir: “¿Se dan cuenta de que no podremos hacerlo?”.

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