Un presidente enfermo

por Horacio Dall Oglio para Cítrica

¿Cuánto se ajusta a la realidad el discurso de Mauricio Macri?

Sólo hace falta escucharlo. Eso, y nada más. Sin exámenes médicos ni psiquiátricos, sólo escucharlo, tan sólo eso para darse cuenta de que Macri está enfermo. El paciente está complicado, y ante eso hay que admitirlo; su nervio de la Sensibilidad, su órgano de la Empatía, su facultad de Percibir la Realidad, todo está afectado gravemente por el cinismo.

El diagnóstico, pese a lo delicada de la situación, fue sencillo, y tiene que ver con que el paciente Macri, básicamente, desde hace tres años, vive en una «realidad paralela».

Su práctica diaria (y temeraria) de inversión de la realidad lo llevó a una disociación tal que, ahí donde todxs vemos más personas que viven en situación de calle, o gente hurgando en basurales y containers, hambre, comedores que no dan abasto, desempleo, desindustrialización, listas de despidos como lo único que puede producirse en serie, vacaciones forzadas y una clase laburante disciplinada con palos y salarios indignos, el paciente ve un gobierno que empezó “por lo básico”, creando “las condiciones” necesarias “para avanzar”.

Ahí donde todxs vemos jubilados y jubiladas que tienen que elegir entre remedios o comida; ahí donde todxs vemos supermercados con sus góndolas repletas que no tienen quien les compre o negocios que cierran; ahí donde todxs vemos pibes y pibas que no pueden ir a los clubes de barrio porque cierran debido a las boletas de electricidad impagables; ahí -el paciente- ve una Argentina que hoy “está mejor parada que en el 2015”.

Ahí donde todxs vemos represión para acallar las disidencias y el no alineamiento a las políticas de ajuste y austeridad; ahí -el paciente- ve un país donde se “promueve la pluralidad de voces”. Y ahí donde vemos pibes fusilados por la espalda, linchamientos «por las dudas», encubrimiento y abales a las Fuerzas de Seguridad para matar sin perjuicios (ni prejuicios); ahí -el paciente- ve «más seguridad para los argentinos».

El paciente está grave, lamentablemente grave; y de su aliento, de sus palabras vertidas con tanta impunidad, solo sale un hedor a muerte; no la suya, claro está, sino la de una inmensa mayoría de un pueblo que no tedrá nunca la posibilidad de blanquear millones de dólares de la evasión, ni tener cuentas en paraísos fiscales, y que padece todos los días -y cada vez más- hambre, mal nutrición, infelicidad, bronca, hastío, decepción, impotencia, marginalidad, desdicha, represión, depresión, desesperación, desesperanza, ira, pobreza, angustia, preocupación, tristeza y abismo.

En su afán por negar la dolencia, por hacernos creer que no tiene nada, por estirar la agonía, el paciente, enfermo de un futuro que nunca va a llegar, sigue enfermando a un país entero con sus disparatados (y desubicados) discursos, que narran -como si fueran fábulas- realidades paralelas. Ese país que demorará años en recuperarse de esta enfermedad llamada macrismo.

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