Una plaza para el microcentro
El antiguo monasterio vuelve a encender la alarma
por Cristina Peña
En el corazón del microcentro porteño, donde las calles estrechas parecen repetir la historia a cada paso, la manzana del Monasterio de Santa Catalina vuelve a convertirse en escenario de una disputa que mezcla patrimonio, urbanismo y memoria. La Academia Nacional de Bellas Artes (ANBA) acaba de emitir una declaración contundente: construir una torre de 38 metros junto al convento inaugurado en 1745 sería un riesgo estructural, ambiental y cultural que la ciudad no puede permitirse.
La advertencia no surge en el vacío. En los últimos meses, la Comisión Nacional de Monumentos reiteró que las obras proyectadas en el entorno de Santa Catalina “no son viables” y que implican “riesgos estructurales graves, afectación del microclima, impacto visual negativo y destrucción del patrimonio arqueológico” . La Legislatura porteña también expresó preocupación por los daños que ya se evidencian en la estructura del templo debido a las obras de peatonalización de la calle Viamonte, donde las vibraciones de maquinaria pesada provocaron rajaduras en los muros coloniales.
Un terreno que siempre quiso ser torre… y que algunos soñaron como parque
La historia reciente de la manzana es un péndulo entre desarrolladores y defensores del patrimonio. Tras el traslado de las monjas de clausura, el antiguo huerto y el cementerio quedaron en manos privadas, y desde entonces los proyectos inmobiliarios se sucedieron como estaciones de un tren que nunca llegó a destino. En los años 80, ante la presión por construir torres de hasta 18 pisos y cinco subsuelos, la ANBA pidió al Municipio crear allí un parque para que fuera “imposible” levantar edificios. La Municipalidad respondió con la Ordenanza 36.476, que limitó la altura a 12 metros alrededor del convento.
La Justicia también intervino: en 2016, el Superior Tribunal de Justicia porteño anuló un permiso de obra que habilitaba una torre en el predio, atendiendo a las normas de protección vigentes. Y en 2026, una nueva cautelar volvió a frenar otro proyecto de gran escala, recordando que el terreno forma parte del Área de Protección Histórica “Catedral al Norte” y que cualquier intervención debe respetar estrictamente esa condición .
El nuevo proyecto: 38 metros de altura y un viejo dilema
Desde 2025, un nuevo emprendimiento busca ocupar el terreno baldío que hoy funciona como estacionamiento. El proyecto contempla un edificio de casi 40 metros de altura, más del doble del límite permitido por el Código Urbanístico, que fija un máximo de 16 metros para preservar la luz solar del monasterio. La Comisión Nacional de Monumentos ya advirtió que la construcción de edificios de gran escala en la manzana es incompatible con la preservación del conjunto histórico.
La ANBA, en su declaración, subraya la fragilidad de la iglesia y el convento: sus cimientos coloniales, construidos con técnicas del siglo XVIII, no están preparados para soportar vibraciones intensas ni excavaciones profundas. Las rajaduras recientes son una señal de alarma.
Luz, sombra y microclima: cuando el sol también es patrimonio
La defensa del entorno no es solo estética. La exposición solar del monasterio forma parte de su integridad ambiental. En los años 80, el Código de Planeamiento Urbano dictaminó que ninguna edificación podía superar la altura del convento para garantizar su luz natural. La sombra de una torre alteraría el microclima del patio, los muros y la vegetación, afectando incluso la conservación de materiales históricos.
¿Una plaza para Santa Catalina? Una idea que vuelve a cobrar fuerza
La Academia retoma hoy aquella propuesta de hace cuatro décadas: transformar el predio en un parque público. En un microcentro que busca reinventarse y que carece de espacios verdes, la idea adquiere un nuevo sentido. No solo preservaría el patrimonio, sino que ofrecería un respiro urbano en una zona que se está reconfigurando hacia usos culturales y residenciales.
El debate ya no es solo técnico: es identitario. ¿Qué ciudad quiere Buenos Aires para su futuro inmediato? ¿Una que permita torres en áreas históricas o una que convierta sus vacíos urbanos en plazas que cuiden la memoria?
La historia sigue abierta
Mientras los desarrolladores insisten y las instituciones patrimoniales advierten, la manzana de Santa Catalina permanece en suspenso, como un libro antiguo que alguien intenta cerrar y otros se empeñan en mantener abierto. La ANBA lo dice sin rodeos: la defensa del valor patrimonial es prioritaria y debe ser respetada cabalmente.
Quizás, como en los buenos relatos, el final dependa de quién escriba el próximo capítulo: la Justicia, el Gobierno porteño, los vecinos… o la propia ciudad, que a veces parece recordar que su identidad también se juega en las sombras que proyectan sus edificios.
