Estas mujeres…

Catorce mujeres comenzaron a escribir la historia de las Madres de Plaza de Mayo el 30 de abril de 1977. Una de ellas, es Mirta Acuña de Baravalle, su hija Ana María está detenida-desaparecida. Cursaba un embarazo de cinco meses y existen testigos que aseguran que su hijo nació en cautiverio. Desde hace 40 años, Mirta sigue pidiendo justicia y sueña encontrar a su nieto. Jueves a jueves, regresa a la ronda de la plaza, ni las inclemencias del tiempo, ni sus más de 90 años, ni ninguna adversidad le hacen desistir en su búsqueda. “Primero comencé la búsqueda de mi hija en soledad. Más tarde me di cuenta de que había otras madres. Todas estábamos en la misma situación, íbamos a la Casa Rosada para que nos dijeran dónde estaban detenidos nuestros hijos. A todas nos negaban la información. Cada vez que una de nosotras lograba hablar con algún funcionario, las demás  madres se acercaban para preguntar. Así nos fuimos reuniendo. En un momento llegamos a ser cinco o seis madres esperando alrededor de la Plaza, sentadas en algún banco o caminando como al descuido. Una tarde, acordamos que sí alguna lo veía salir a  Harguindeguy, haría seña a las demás para que nos acercásemos. Tres madres se quedaron vigilando desde la Plaza, y tres nos sentamos en las escalinatas del Banco Nación. No hablábamos porque aparentábamos no conocernos. En el primer aniversario del Golpe de Estado, Azucena Villaflor propuso que fuéramos  todas juntas a la Plaza. Lo hicimos el 30 de abril, éramos catorce madres, la primera en llegar fue Pepa Noia. Pero un sábado no era un buen día para reunirse, no había gente en la Plaza y apenas los militares nos vieron, se cruzaron y nos sacaron. Decidimos volver el viernes siguiente, en horario bancario. Entre mucha gente a los militares les resultaba más difícil vernos. Así lo hicimos varios viernes y cada vez éramos más. Más tarde, Emma Penells propuso que mejor era reunirnos los jueves, porque el viernes es día de brujas”, recuerda.

Cuando nada estaba permitido, catorce mujeres: Azucena Villaflor, Berta Braverman, Haydée García Buela, María Adela Gard de Antokoletz, Julia Gard, María Mercedes Gard y Cándida Gard, Delicia de Miranda, Pepa García de Noia, Mirta de Baravalle, Kety Neuhaus, Raquel Arcushin, Elida de Caimi, una joven que no dio su nombre, María Ponce de Bianco y Rosa Contreras, protagonizaron la mayor hazaña que nadie se pudo imaginar jamas:  enfrentaron la más sangrientas de las dictaduras cívico militares que tuvo nuestro país, armadas de un pañuelo blanco y de la persistencia de su amor. Así y con eso, pudieron transformar su dolor en lucha  y son, aún hoy, las protagonistas de un fenómeno inédito en la historia contemporánea. Libros, documentales, actos, series, homenajes y organizaciones que en todo el mundo se formaron con su sello, se multiplican cada año en reconocimiento a la valentía y tenacidad del grupo de madres que hace 40 años decidieron enfrentar a los dictadores y a cualquier fuerza que intentara apartarlas de la búsqueda de sus hijos detenidos desaparecidos, envueltas en la enorme dignidad que transmiten las personas comunes.

Pero ellas también  vivieron en carne propia las consecuencias de su tenacidad, porque el terrorismo de Estado las alcanzó, María Ponce de Bianco y Esther Ballestrino de Careaga, fueron secuestradas de la iglesia de la Santa Cruz el 8 de diciembre de 1977 por un grupo de tareas de la Armada integrado por el represor Alfredo Astiz que se infiltró entre las Madres. Dos días después, al conmemorarse el Día Internacional de los Derechos Humanos, Azucena Villaflor  fue secuestrada a pasos de su casa en la localidad de Avellaneda. Ese día, las Madres habían logrado que el diario La Nación publicara una solicitada con el nombre de sus hijos secuestrados.  Todas ellas volvieron de las aguas y de las sombras. Sufrieron torturas, “vuelos de la muerte” y entierros NN hasta que en 2005, el Equipo Argentino de Antropología Forense reveló su identidad. Las trajo de vuelta más fuertes que entonces.

A 40 años de aquel día en que dijeron ‘basta’ y resolvieron poner el cuerpo en la Plaza, circular alrededor de la pirámide porque era la única forma que encontraron para dialogar entre ellas en la vía pública -en esa época un decreto de Videla prohibía la reunión de más de dos personas en la calle-, tras soportar  bastones, persecución, desprecio, secuestros y desapariciones. Estas mujeres siguen marchando, hace 2.037 jueves que dicen presente con sus pañuelos blancos y su anciano pero persistente andar.

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