“Demencia: el camino más alto y más desierto”

Por Julián Fava

Aceptada como género literario, la poesía es un dispositivo que neutraliza los desórdenes vitales, que confina las pesadillas compartidas a la legalidad de un papel. 
Así, los versos se constriñen a las seguridades más propias de los escribanos que de los escritores. La vida de Jacobo Fijman se movió, por el contrario, en sentido inverso.
Había nacido un 25 de enero de 1898 en Urif, Besarabia; los caprichos geográficos y militares lo hicieron ciudadano ruso, hoy esa región pertenece a Rumania.
Huyendo de los pogroms y del hambre, su familia se trasladó a la Argentina en 1902. Su infancia fue pródiga en mudanzas: Río Negro, Lobos y Mendoza fueron algunos de los lugares por los que pasó, al ritmo de los vaivenes que la economía le marcaba a sus padres.
En 1917 abandonó a su hogar para radicarse definitivamente en Buenos Aires. Espíritu voraz y autodidacta, estudiaba a Aristóteles y a Santo Tomás de Aquino, pero también medicina, leyes, matemática, astrología. Por esos años se recibe de profesor de francés y comienza a trabajar como docente en el Liceo Nacional de Señoritas de Belgrano.
También inicia sus estudios de violín y se convierte en un virtuoso instrumentista.
Las crónicas de la época, los relatos de los pocos testigos que no se mancarían más tarde, dicen que en 1921 sufrió la primera de sus crisis espirituales.
Lo cierto es que las fuerzas de la ley lo arrestaron y lo trasladaron primero al Instituto de detención de Villa Devoto y más tarde al Hospicio de la Merced.
Lo torturaron también. A pesar de sus ruegos: “¡No me peguen soy el Cristo rojo!”. Ingresó el 17 de enero de 1921 y fue dado de alta el 26 de julio del mismo año.
En 1923 se incorporó al grupo literario Martín Fierro, en cuyas filas se acomodaban Girondo, Marechal, Borges, Macedonio Fernández. En medio de una vida sin sosiego y marcada por las carencias materiales, es un momento de relativa calma. Colabora en distintos periódicos y revistas.
En 1926 publicó su primer libro de poemas: “Molino Rojo”.
Aceptado con relativo fervor por anarquistas y socialistas, alude sin embargo a los estados interiores del alma. “Recuerda la demencia y el vértigo”, diría años más tarde Fijman.
Entonces llega su viaje a Europa en 1928. Allí conoce a los surrealistas. Con Bretón casi se agarran a trompadas. “El se identificaba con el diablo; yo, con Dios”, dice.
En 1929 regresó a Buenos Aires y se convirtió a la religión católica. Asumió, como su Mesías, los dos testamentos en su cuerpo.
Publicó su segundo libro: “Hecho de estampas”. Al año siguiente vuelve a viajar a Europa, quiere consagrarse sacerdote pero lo rechazan en la orden Benedictina.
En 1931 publicó su libro quizá más notable: “Estrella de la mañana”. Su errancia es total. Viaja por el país sin más equipaje que un rosario, un catálogo con las vírgenes del Louvre y algunas estampas de santos. Y su violín, que toca a cambio de monedas para comer.
Desde 1952 vive internado en el Borda. Recluido, olvidado, pobre y solo. Sin embargo, pinta, escribe y hasta traduce artículos de psiquiatría para los médicos.
Es Vicente Zito Lema quien a partir de 1968 tuvo el coraje de redimir el encierro. No sin una larga lucha, fue nombrado su curador. Por suerte, dejó constancia escrita de sus conversaciones con el poeta. Fijman estaba loco de una lucidez total.
Quiso redimir al mundo de su miseria y de sus injusticias.
Vivió (y murió) como su maestro: sin más compañía que algunos amigos, unas frases, unos dibujos y las marcas de su cuerpo. Su obra, como su alma, ya eran inmortales.

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