VAS a Cuba

Parte 2

por Rafael Gómez

Vamos a volar. El interior abovedado del ILyushin IL 96 parece el vientre de un animal fantástico. Hay penumbra, salvo algunas luces tenues sobre los asientos, tres filas largas de asientos. El vientre del ILyushin tiene capacidad para trescientas personas, pero seremos doscientos, calculo, tal vez doscientos veinte. No hay nadie en los pasillos. Ya estamos todos ubicados, cinturones puestos, la tripulación ha cerrado puertas, cortinas y guarda equipajes. El avión se ha movido alejándose de la manga pero pronto se detuvo. Aguardamos en medio de la noche. Vemos las pistas, más allá, un resplandor de las luces de Ezeiza. No vemos más. ¿Por qué la detención? Esperamos el movimiento en silencio. Impresiona el silencio de una multitud en el vientre de un pájaro. ¿O será el silencio de las personas antes de volar? Antes de ser lanzadas al vacío en una cabina hermética a una velocidad de 300 km/h. ¿Será la explicación?

El miedo volar puede explicar el silencio, pero hay otra cosa que puede explicarlo. Me refiero en particular al silencio de los 200 argentinos que esta noche compartimos el viaje. Hoy, 22 de noviembre de 2015, tras el balotaje ganado por Macri, estamos dejando un país distinto. Hubo un cambio político enorme y muchos tememos que será desgraciado. La noche entra por las ventanillas del ILyushin y hace penumbras. Esperamos en silencio.

¿Las luces siempre encienden en el alma?, le pregunto a M. Eso canta Fito Páez, contesta. No sé si es cierto, dice. Tampoco sé si las luces encienden o incendian, dice y señala sonriendo al vecino de la fila del medio, Néstor Pitrola, diputado del Partido Obrero, que lee un libro titulado Aviso de Incendio.

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El libro en cuestión fue escrito por Michael Löwy, un sociólogo de la religión y filósofo marxista franco brasileño, y trata de las últimas tesis de Walter Benjamin, “Sobre el concepto de la historia”, que datan de 1940 cuando Benjamin, que había sido un agudo crítico de Hitler, era perseguido por la Gestapo.

Todo eso lo supe cuatro meses después cuando compré el libro de Löwy, porque sentí que lo necesitaba para hacer esta crónica y porque su título “Aviso de Incendio” había sido premonitorio. No lo consideramos así en su momento. No lo vimos como presagio sino como una ilusión trotskista. Era entonces casi divertido -aunque nos perjudicara- imaginar la estrategia electoral trotskista del Partido Obrero: votar en blanco o no votar, para que ganara Macri y produjera una crisis. No creímos que Macri fuera a ganar. Y cuando ganó, temíamos un cambio desgraciado pero no una devastación. Imaginamos cierta gradualidad, habilidad política, respeto por el 49 % que no lo votó y también por sus propios electores. Nos equivocamos.

En apenas cuatro meses, el gobierno de Macri echó de sus trabajos a 150 mil personas, reprimió a obreros, a mujeres y niños, anuló planes de vivienda, de salud y educación, devaluó un 50 % el peso y generó inflación. Aumentó los impuestos inmobiliarios, la nafta, las tarifas de transporte, de electricidad, gas y agua. Redujo el poder de compra de la mayoría, y aumentó enormemente la ganancia de unos pocos, que ya eran ricos, quitando retenciones al campo y a la minería e imponiendo el libre mercado. Produjo en sólo cuatro meses un millón y medio de pobres. Y ahora propone el endeudamiento externo para seguir aumentando las ganancias de los empresarios y del sector financiero. La referencia del libro es evidente.

Aviso de incendio. Las tesis de Walter Benjamin fueron marcadas por dos acontecimientos conmovedores, explica Löwy. El pacto Mólotov-Ribbentrop, firmado en Moscú el 23 de agosto de 1939. Y la ocupación de París por los alemanes el 14 de junio de 1940, que fue una de las consecuencias del pacto. Mólotov y Ribbentrop fueron los ministros de relaciones exteriores de Stalin y Hitler, respectivamente, que firmaron un acuerdo de no agresión entre Rusia y Alemania. Este pacto permitiría a Hitler concentrar su ejército en Europa Occidental sin distraer fuerzas en un frente Oriental. Y fue tan eficaz, que al declararse la guerra entre Alemania y Francia, y producirse la invasión nazi, Stalin exhortó a los comunistas franceses a no alistarse para defender a Francia. Walter Benjamin señala este pacto (sin nombrarlo explícitamente porque no podía) como una profunda traición de los políticos de izquierda en la tesis nº 10. Un pacto o alianza a nivel mundial entre el socialismo y el fascismo, entre la izquierda y la derecha, debió ser para esa época (y también para la nuestra) como una confusión entre el bien y el mal. Era una conmoción insoportable, pienso. Un infierno. Y de hecho, fue el principio de una guerra donde al final murieron más de 60 millones de personas. Pero esto Benjamin no alcanzó a verlo. Walter Benjamin huyó de París el 14 de junio de 1940, tras la ocupación de las tropas alemanas, cuenta Löwy. Su enemigo, el fascismo, no dejaba de triunfar. Y los triunfos eran monumentales: el incendio del Reichstag, que Hitler ordenó para culpar a los comunistas y llegar al poder; la derrota de la República española; el pacto Mólotov-Ribbentrop; y la ocupación de Europa por el Tercer Reich. Walter Benjamin escapó al sur de Francia y llegó hasta los Pirineos, quería pasar a España y luego a América, pero no tenía visa para salir de Francia. Y esperó en el pueblo fronterizo de Portbou, hasta que decidió acabar sus días el 26 de septiembre de 1940 para no caer en manos de la Gestapo.

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Dice Benjamin en la tesis nº 9: “Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él vemos a un ángel que parece alejarse de algo mientras lo mira atentamente. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas extendidas. Éste es el aspecto del Ángel de la Historia. Su rostro mira al pasado pero se aleja. Donde nosotros vemos una cadena de acontecimientos, él ve una única catástrofe que amontona incansablemente ruina sobre ruina a sus pies. Él querría detenerse, despertar a los muertos y reparar lo destruido. Pero desde el paraíso sopla un vendaval tan fuerte que tensa sus alas y no puede cerrarlas. El vendaval lo empuja irresistiblemente hacia el futuro, y el Ángel avanza dándole la espalda, mientras mira crecer los montones de ruinas hasta el cielo. Ese vendaval es lo que llamamos progreso”.

Intento interpretar. Benjamin opone al concepto de la historia, contada por los vencedores como una sucesión de acontecimientos triunfales, otra historia muy distinta. La historia de las ruinas acumulándose, la historia de los humildes sometidos por las elites vencedoras. Benjamin ironiza sobre el progreso ensalzado en la historiografía de los vencedores. No hay tal, parece decir, ese vendaval que viene del paraíso sólo le sirve a las elites para continuar el sometimiento y seguir acumulando ruinas. El vendaval impide al Ángel de la Historia detenerse para despertar a los muertos.

Resultaría fácil aplicar este modelo de Benjamin a la historia oficial de nuestro país, tan ligada al concepto de progreso instalado por Sarmiento, Mitre, Roca y compañía. Descubriríamos entonces que detrás de la rumbosa historia oficial con próceres de Billiken y serie de acontecimientos, están las ruinas acumuladas. Guerras intestinas, masacres indígenas, persecución de los gauchos, explotación de los humildes, colonialismo, pobreza, manipulación, concentración de medios, crueldad, engaño, atraso, odio, terror, discriminación, desaparecidos, especulaciones financieras, fuga de capitales, reducción del mercado interno, industria parada, desocupación, enfermedad, exterminio.[1]

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Más allá de la medianoche el avión vuelve a moverse. Pitrola guarda el libro e inclina su asiento pero alguien le indica que el respaldo debe estar vertical en el despegue. La iluminación es tenue. El ILyushin avanza por una avenida, dobla, cruza varias pistas numeradas como calles y flanqueadas de luces, elige una y se detiene. Silencio. Crece el ruido de las turbinas. El ILyushin se mueve llevándonos en el vientre, recorre la pista, va más rápido, acelera hasta 300 km/h y atraviesa la noche. Volamos. Nos mecemos sobre la ciudad de Buenos Aires que parece un laberinto de calles. La salida de los laberintos es vertical, decían los griegos. ¿También las revoluciones?

Ahora, cuatro meses después, invoco al Ángel de Walter Benjamin para que venza al vendaval del progreso, que ya no se deje arrastrar y vuele hacia las ruinas. Allí, tomando conciencia de las ruinas olvidadas, luchando por la libertad, luchando contra los explotadores y trabajando con amor, podrá haber reconstrucción, resurrección. Revolución, pienso. ¿Será posible todavía?

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La luz del ILyushin aumenta. Vemos más nítidos a los pasajeros. Una pareja romántica. Tres mujeres que parecen una sucesión: abuela, madre e hija. Una familia tipo. Ya podemos desabrochar los cinturones. La tripulación distribuye en carritos comida por los pasillos. Volamos sobre los campos oscuros, seguimos un río, los pueblos son pequeñas redes de luz. El paisaje se corta a veces entre las nubes. ¿Por dónde vamos?, preguntamos a una azafata cubana. Rumbo noroeste, responde. La ruta es Rosario – Córdoba – Antofagasta – Venezuela – Cuba. Son 7000 kilómetros – 9 horas de vuelo. La azafata, una mulata hermosa de ojos grandes, tiene entre cuarenta y cincuenta años y un poco de sobrepeso. Damos un paseo por los dos pasillos del ILyushin, que se unen por detrás y por delante haciendo un circuito. Hay bastante sitio libre. Algunos pasajeros cambian de asiento para estar más cómodos. Notamos que toda la tripulación, hombres y mujeres, tiene entre cuarenta y cincuenta. Van distendidos o distendidas y son amables, pero no se esfuerzan. La luz disminuye. El vientre del ILyushin apenas se mueve. Dos niños juegan con una linterna. Néstor Pitrola ha cambiado de lugar y duerme atravesado sobre tres asientos. Tiene cuerpo menudo y la cabeza algo grande, como los niños. ¿Qué irá a hacer en Cuba? No se ve nada por las ventanillas. M decide dormir y yo creo que volamos sobre los Andes.

Nos despiertan los carritos con el desayuno y la iluminación de la cabina. Poco después, el piloto anuncia que en una hora aterrizaremos en el aeropuerto internacional Jardines del Rey. Son las 8, me fijo, pero es hora de Argentina, en Cuba son las 6 de la mañana. La tripulación reparte un breve cuestionario para presentar en la aduana. Poco después, empezamos el descenso, abrochamos los cinturones, volamos sobre Camagüey “atravesando valles”, vemos los campos parcelados y después el Caribe; hay un camino largo tendido sobre el mar y después Cayo Coco, la isla donde está el aeropuerto.

Amanecidos en Cuba, bajamos del ILyushin. El aire es liviano, pocas nubes, vemos verde, el mangle rodeando el aeropuerto. Estamos contentos. Mientras esperamos las valijas, M juega con el cuestionario de la aduana. “Oye, chico. ¿Por qué tu quieres venir a Cuba?”. No sé… Para ver de cerca una revolución.

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[1] Ver estas menciones con más profundidad y detalle en VAS a Cuba, Parte I, Periódico VAS Nº 85 ó www.periodicovas.com/cuba

 

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