Crónica de una protesta a puro despecho

Por Ximena Schinca*

Necesito reconocerlo: lo primero que me movilizó de la noticia fue que (esta vez) el maltrato de la policía había llegado a una mamá y su bebé. Como si la violencia institucional que cotidianamente sufrimos las mujeres ya no causara el mismo escozor, como si la inacción ante el maltrato machista no fuese harto evidente, harto insoportable, harto suficiente para despertar la indignación contra la persecución cotidiana; la humillación a la que habían sido sometidos Coni y su hijo, por la policía local del coqueto partido de San Isidro, en el momento de amamantar, despertó -un poco más- la cuota diaria de bronca colectiva-subjetiva-no-contenida.
Porque también necesito decirlo, parafraseando a Chimamanda Ngozi Adichie: “claro que estoy rabiosa, la situación actual en materia de género es muy injusta. Todos tendríamos que estar rabiosos. La rabia tiene una larga historia en propiciar cambios positivos”. Y en esta oportunidad, la rabia se dirigía a subvertir el estereotipo que manda y dice que las mamás deben ser dulces, delicadas, tolerantes, permisivas, adorables, decorosas y castas. Porque si la rabia es particularmente indeseable en una mujer, es especialmente censurable en una mamá. Por eso, Coni contagió con su bronca a tantas muchas que sentimos que era necesario manifestarse ante el avasallamiento del patriarcado y sus fuerzas de seguridad.

 Por todo eso, es preciso subrayar: la transformación de una protesta contra la opresión machista en una manifestación de “amor maternal”, “pureza etérea” o “santidad espiritual” es uno de los tantos intentos de desmovilización y cooptación de un sistema que tambalea cada vez que ve amenazada alguna de sus cadenas.
Porque fue en un acto de egoísta solidaridad que con mi hijo de 7 meses llegamos al Obelisco, el sábado 23 de julio, apenas pasadas las 15 horas. La ecuación era simple: lo que les sucedió a Coni y su bebé podría habernos pasado a mi crío y a mí.

Teta-buena y teta-mala
“Sentí que necesitaba estar acá porque Coni me tocó de cerca. Lo que le pasó a ella me podría haber pasado a mí. Creo que la teteada masiva sirvió para concientizar a la sociedad, pediatras, policías”, me dijo Carolina Pensini mientras compartíamos el piquetetazo, aunque con diferencias. Para Carolina, lo más importante de la protesta estuvo vinculado a destacar los beneficios de la leche materna y el vínculo que genera amamantar, y se encargó de destacarlo en una cartulina que afirma que “amamantar es amar”.

A otras, en cambio, nos convocaron (si se quiere) aspectos más egoístas de la manifestación. “Yo en realidad estoy cansada de que me digan cómo, cuándo, dónde y por cuánto tiempo puedo dar de amamantar, o cuándo, cómo y para qué puedo mostrar un pecho”, confesó Mariana Álvarez que se acercó a la protesta con su hija de tres años a la que hoy sigue amamantando.
Coni nunca debió imaginar que aquel 12 de julio, cuando salió del Banco Nación de San Isidro, decidida a amamantar a su bebé en el parque, dos policías amenazarían con detenerla por resistencia a la autoridad tras advertirle que estaba “cometiendo un delito”. Es cierto. Coni se resistió. Al maltrato. Al abuso. A la humillación. Dejó el lugar y en razón de horas se encargó de difundir y multiplicar su rabia a miles de tetas hartas de la extendida huevada machista.

Fue la destacada psicoanalista austríaca Melanie Klein, la misma que hizo importantes contribuciones al desarrollo infantil, quien señaló que tan pronto como lxs niñxs pueden sentarse, perciben que la que les calma y les arrulla es la misma que les hace esperar. Así descubren que madre hay una sola, y superan la etapa del pecho bueno (aquel que satisface la necesidad en forma armoniosa y amorosa) y el pecho malo (aquel que se demora o se niega). Entonces, lxs niñxs experimentan la culpa de haber odiado y amado al mismo objeto: la madre que protege y frustra al mismo tiempo.

Si el pasado sábado, una modesta subversión feminista se expresó frente al gran falo porteño cuando decenas de mujeres despechadas se manifestaron frente al Obelisco a decir, doy la teta porque quiero, cuando quiero y donde quiero, es porque amamantar no debe ser un mandato sino un derecho que las mujeres pueden ejercer si pueden y desean hacerlo. Algo que, por cierto, la sociedad argentina está lejos de garantizar con licencias por maternidad que no alcanzan a cubrir el período recomendado de lactancia materna, condiciones laborales poco flexibles y ausencia de “espacios amigos de la lactancia materna”,
Personalmente fue el sentido subversivo e improductivo de la teta el que me convocó a la protesta del sábado. Sospecho que fue esa misma pulsión la que hizo que mi hijo disfrutara con sonrisas de una plazoleta con otres purretes mamándose por ahí. El mismo sentido por el que la manifestación se conoció como “PiqueTetazo”; sus ingredientes populares, tumultuosos, piqueteros, aquellos que a mi entender la vinculan con la necesaria parte maldita que toda teta buena debe tener.

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*Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA). Periodista en el Buenos Aires Herald. Docente en la Universidad Nacional de Quilmes.

Fotos. Resúmen Latinoamericano.

Comentarios

  1. lástima que después el atropello se repitió en otro lado. No sé si se consiguió concientizar. Pero la reacción nazi a la liberación de la mujer y su cuerpo es inmediata y feroz. Eso seguro. no podemos cejar. Hay que seguir.

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