Crónicas VAStardas

por Gustavo Zanella

Exilio II

Denise Risnik es científica. Posta, de las de laboratorio. Explicar puntualmente lo que hace y estudia sin ser del palo, exigiría al menos un cuatrimestre repasando todo lo que sabemos de química y biología; y solo nos acercaríamos a lo que hace a través de metáforas, como si fuéramos todxs un poco tarados. Vamos a decir que estudia un cáncer que solo afecta a los niños, o algo así. Algo super útil, tremendamente humano, algo que evitaría que la gente sufra. Pero Denise se tiene que ir a hacer lo que hace a la universidad de Pittsburgh porque acá lo que hace no tiene salida laboral en el sector privado, y al Estado argentino no le importa porque está enfrascado en dilapidar los recursos humanos que tanto le costó formar. Tan sencillo como eso.

Denise siempre se sacó 10 en todo. En el primario, en el secundario, en la universidad. Antes de doctorarse en Bioquímica ya tenía papers publicados en revistas importantes y daba clases para futuros investigadores e investigadores en ejercicio. Ni siquiera promedia la treintena de años. En cualquier lugar del mundo más o menos civilizado hace años que habría dejado de ser una joven promesa, para ser una luminosa realidad. Sin embargo, mañana se toma un avión porque acá no hay lugar para ella. Se formó para ser lo mejor entre lo mejor, se pasó días y noches y fines de semana y feriados estudiando y haciendo experimentos, pero ese esfuerzo, acá, en la Pampa húmeda, solo le brindó el reconocimiento de sus pares y la admiración de sus amigos. Algo que no da de comer.

Cuando trabajaba el Instituto de Medicina Experimental (IMEX) de la Academia Nacional de Medicina tenía que llevar su propia computadora al trabajo, y una vez se la robaron con cámaras de vigilancia y todo. Nadie se hizo cargo. Perdió los resultados de tres meses de experimentos para su tesis doctoral. Ella y sus compañeros tenían que comprar sus propios guardapolvos. Se peleaban por un solo fibrón Sharpie para rotular los tubos de ensayo y tenían que andar a oscuras por los pasillos porque no había guita para garpar la luz. Cuando alguien tenía la oportunidad de viajar entraba al país insumos de contrabando para poder trabajar, porque las tasas arancelarias eran imposibles para unos investigadores del carajo, pero que se mueren de hambre. Se turnaban para ir a mendigar a distintos sanatorios sangre para poder realizar sus experimentos. Y lo mismo con los microscopios electrónicos y esas heladeras raras para el hidrógeno y esas micropipetas que salen un huevo y la mitad del otro. Veinte tipos haciendo cola para pipetear una droga, y guai de que salga mal lo que hacés porque tenés que esperar a que todos los otros hagan lo suyo. Todo eso sin aumentos, ni aguinaldos y con un montón de infradotados diciendo que los investigadores del CONICET son unos vagos.

Denise sabe tanto de enfermedades que el Dr. House le da risa… y no es médica. Cuando se cruza con un problema matemático, por complejo que sea, no puede parar hasta resolverlo. Hace el mejor volcán de chocolate al sur del paraíso y la peor mayonesa de ajo del universo. Canta, toca la guitarra, le encanta todo lo relativo a Harry Potter y a pesar de estar formada en ciencias hiper recontra duras no desprecia a las ciencias sociales.

En Pittsburg va a trabajar con un equipo de investigadores chinos que dicen que laburan como chinos y no hacen amigos. Le dijeron que no se haga problema por los insumos, que va a tener todo lo que necesite para investigar. Seguramente la universidad se quedará con su trabajo porque, vamos a decir la verdad, Denise tiene en la cabeza la cura para el cáncer pero le falta un golpe de horno. Le falta la plata para investigar, que acá le niegan. Le falta el acompañamiento del Estado, que acá le niegan. Así que para ejercitar lo que aprendió, para que sirva de algo todo el esfuerzo invertido, se tiene que ir y dejar a sus viejos, a sus hermanos, a sus amigos. Regaló ropa, donó muebles y cacerolas, alquiló el departamento heredado de una tía y se va por un año a cagarse de frío y soledad. Se lleva un ukulele para no extrañar tanto. Y va con la oportunidad de quedarse allá porque cuando vean cómo labura, los gringos, que si de algo saben es de sacar partido, se la van a quedar.

Denise está a un paso de curar, en un país lejano y poderoso, una enfermedad terrible. Lo que no sabe es que cuando lo consiga, la Argentina dejará de existir, porque eso es la Argentina; un cáncer horrible en la historia de la humanidad que no merece el respeto de sus mejores hijxs.
De todo corazón, ojalá encuentre esa cura.

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