De Stonewall a Constitución

Ellas solas pueden más que el amor y son más fuertes que el Olimpo

Hace exactamente cincuenta años el bar Stonewall Inn del Village neoyorquino fue allanado por la policía. Ese día, travestis, gays y lesbianas no respondieron con sumisión sino que se rebelaron ante la injusticia, la humillación, el maltrato y el atropello. Ese día se produjo el primer enfrentamiento de las disidencias sexuales contra las fuerzas de seguridad. Ese día se escucharon voces que por primera vez decían: “Estoy orgulloso/a de ser gay/ de ser lesbiana/ de ser travesti”.

La rebelión de Stonewall Inn le estalló en las manos a poder político y precipitó la voz de un colectivo que tomó conciencia de la vulneración de sus derechos y lo convirtió en un grito de protesta. Tres días de revueltas populares se sucedieron en las calles del Village hasta que finalmente la policía tuvo que retroceder.
Ese día, 28 de junio de 1969, nacía el movimiento de liberación gay, lésbico, travesti y bisexual (LGTB). Un año después, diez mil personas se congregaron frente a las puertas del Stonewall Inn en la calle Christopher, y marcharon por la Quinta Avenida hasta el Central Park. Iniciando así la primera marcha del orgullo lésbico, gay, travesti, transexual de la historia.

Desde entonces, cada 28 de junio se conmemora el Día Internacional del Orgullo y la Diversidad Sexual. En nuestro país, las calles de distintas ciudades se pueblan para decir basta a la violencia institucional contra la diversidad sexual, basta de travesticidios, basta de transfemicidios.

Como indica el clima de época, este año en nuestro país, ese día estuvo signado por una sentencia homofóbica.

¡Miren todes! Ellas solas pueden más que el amor y son más fuertes que el Olimpo.
Parafraseo los versos de una canción que escribió Fito Paez en épocas donde hablar de homosexualidad causaba cierto escozor. Lo hago para contextualizar una historia tan dolorosa como absurda que comenzó un dos de octubre de 2017, cuando un beso entre dos mujeres desató un huracán.

Se trataba de una despedida. Rocío y Marian intercambiaban saliva, amor y un poco de humo en la estación de Constitución. ¡Fumar en un espacio público es una contravención!, gritó un policía. Y la magia del beso, la baba y el humo se diluyó. Marian increpó al oficial y de inmediato un escuadrón de oficiales rodeó a la pareja. Maltrataron a Marian, la tiraron al suelo, la insultaron, la esposaron y la llevaron a una comisaría, donde la hicieron desnudar y la mantuvieron detenida durante horas.

La causa fue caratulada como resistencia a la autoridad y lesiones graves. Rocío al igual que Marian sostiene que la reprimenda se originó por su condición de lesbianas. El juicio se inició el 5 de junio pasado y, casualmente, el 28 de junio la jueza Marta Yungano dictó la sentencia: condenó a Marian Gómez a un año de prisión en suspenso por besar a su esposa, Rocío Girart. La magistrada que prorrogó la lectura de los argumentos hasta el 5 de julio, sostiene que Marian Gómez -una mujer de contextura delgada– no sólo se resistió a la autoridad, sino que agredió también a dos fornidos oficiales de la policía porteña.

Esta no es una condena cualquiera, es una sentencia aleccionadora, dictada en una fecha simbólica para una población  que ha sido vanguardia en la conquista de derechos democráticos, como lo son las leyes de matrimonio igualitario y de identidad de género.

Foto extraída del muro de Marian Gómez

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