El problema de este país son los pelotudos…

La columna de Severo Alegre

Parte 3

Prosigue aquí el estudio no sistemático pero profundo de los pelotudos en su entorno. Que es como decir, los pelotudos en su tinta. De modo que, según un axioma ya expuesto en la primera parte, terminaremos manchados porque: “Todos somos pelotudos”, solo varía la concentración. Hay tintas oscuras y diluidas. Pero las manchas son lo último que debe preocuparnos. Son superficiales. La cuestión de fondo es la pelotudez arraigada. Sólida, cultivada con esmero durante años. La pelotudez puede parecer superficial pero -según veremos a continuación- es una enfermedad demoledora.
La pelotudez, como ocurre en los estados demenciales, produce una fuerte distorsión de la realidad. ¿Se parece a una psicosis? Sí, pero tiene dos agravantes: se expande rápidamente por contagio y además genera alucinaciones colectivas. Disminuye la capacidad cognitiva, destruye tejidos individuales y sociales, y es endémica -como se ha visto en las partes primera y segunda de este estudio-. ¿Qué hacer? ¿Tiene cura? ¿Será posible aislar el virus del pelotudo y neutralizarlo? Este columnista -si los lectores acompañan- se pondrá barbijo, delantal, hará autoanálisis y hasta entrevistará a su propio pelotudo interno para encontrar las respuestas.
Empecemos por una observación paradójica: el pelotudo no destaca, no hace algo creativo que le dé satisfacción y lo distinga, sin embargo él se cree el centro del mundo. Esta creencia insólita y alucinada -probablemente compensatoria de la insatisfacción- forma parte del virus pelotudo. La ilusión de centralidad impide la percepción y evaluación de la realidad (ya lo demostró Galileo). Impide, por lo tanto, el desarrollo individual y colectivo. Y además fomenta el personalismo.

Hace más o menos 500 años, la experiencia de Galileo advirtió sobre los peligros de la centralidad subjetiva y arrojó esta conclusión: No podrá crecer la ciencia, el arte, la filosofía, la sociedad, si no se evita el “ombliguismo”. Resulta difícil pensar o crear algo bueno desde ese estado (aporte del autoanálisis). Todos los períodos oscuros, vacíos, crueles o decadentes de la humanidad coinciden con esa centralidad subjetiva abismal y el correlativo aumento de los pelotudos (aporte de la historia). Muy bien, pensará el lector: ¿Pero dónde se genera y cómo funciona concretamente esta enfermedad de la centralidad?

Aquí, en este país, se incuba y reproduce con fuerza el virus pelotudo (se ha visto ya en la Parte 1 de este estudio, con el caso Ménem y la ilusión colectiva de vivir en el Primer Mundo o en un mundo central). ¡Somos grandes productores de pelotudos! Pero veamos ahora un síntoma actual y concreto de la enfermedad.

Hay muy pocos debates, ergo, pocas ideas y menos creaciones. Los debates acaban antes de empezar: no se analiza, opina o refuta lo que alguien o algunos dicen. Las críticas, las observaciones, denuncias, preguntas o aportes son considerados ataques personales (amenazas a la centralidad). No se contestan. Se ignoran o, en el caso de que tuvieran gran repercusión pública, se devuelve el “ataque” descalificando a los “agresores” para restarles credibilidad, hacer un show y desviar el tema. Pero nunca se contestan las críticas, las observaciones, las preguntas. El debate acaba. El enfrentamiento personal anula la confrontación de ideas, también el crecimiento del conjunto. Y así la sociedad va demoliéndose. ¿De dónde y porqué surgen estos mecanismos enfermos? Tiene tres segundos para responder. Acertó. De la política.
La política actual se ha reducido al juego del poder. A la clase política argentina no le interesa generar debates ni participación ciudadana para mejorar la sociedad. Le interesa llegar y sostenerse en el poder. La ambición personal remplaza la vocación social y construye el personalismo político. Aquí empieza la desviación: un político no se sostiene por un sistema de ideas y creencias sino por la adhesión a su persona. Entonces a los políticos no les interesa debatir ideas sino construir carisma, culto a la personalidad, personalismo. No pueden salir de esa centralidad subjetiva, ¡qué los perdone Galileo! (por no decir otra cosa).

Estimado lector, tal vez usted se sienta aliviado: está por terminar la columna y salir airoso, parece que la culpa la tienen sólo los políticos. O tal vez piense: ya sabía esto, ¡chocolate por la noticia!, todo pasa por esos parásitos hijos de puta, ¿pero qué le vamos a hacer? En principio no votarlos, le respondo rápido. Pero hay algo más.
Esta centralidad subjetiva -también llamada “ombliguismo”- no la padecen sólo los políticos. El virus pelotudo se trasmite por los medios de comunicación masiva, se transmite a través del consumismo (que es otra ilusión de centralidad) y, obviamente, por el contacto directo con pelotudos profundos. Difícil zafar. El “ombliguismo” es un vórtice que absorbe todo tipo de almas. ¿Qué hacer?… Bueno, en principio alertar sobre la enfermedad y los modos de reproducción del virus. Alertar, alertar, y esperar la próxima columna.

 

Ilustración: Vórtice de Angelo Musco

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