Espejitos y espejismos

De la pileta pintada al vacío ideológico

por Elizabeth Lerner

¿Qué es un signo? Algo que está por “otra cosa”. El “embajador del objeto”. Teorías semióticas mediante -las elucubraciones del filósofo norteamericano Charles Peirce en este caso- un signo nos habla de instancias de representación. Nos habla de una realidad que sólo puede ser percibida en y por instancias de mediación. Platón, en La República, deja trazos de estos niveles de ilusión y mediación en la alegoría de la caverna: sujetos que no ven los objetos de manera “directa” sino a partir de sombras, de proyecciones. La alegoría platónica también refiere a los peligros de VER más allá de las veladuras de la representación. Y esto es un problema. Por un lado, y volviendo al filósofo norteamericano, vivir en una comunidad significa ser un lector de signos. Nunca un lector directo, puro, impoluto, de la realidad. Por otro lado, los signos, desde un afiche publicitario, sus colores o el lugar donde está posicionado, hasta el tono de voz de un amigo, las palabras, la vestimenta, los ademanes y gestos, todo constituye un haz de “pistas” a ser interpretadas. En un nivel deductivo, propio del género policial clásico -Sherlock Holmes a la cabeza- implicaría que todo sujeto es un pequeño detective de signos. Si vemos una mancha de aceite en el piso donde un auto está estacionado, esa marca nos conduce a otra “cosa”: un hecho, un objeto, una situación. En el caso del auto, indica una falla mecánica. Los médicos, Galeno el primero, leen e interpretan los síntomas del paciente en tanto signos: una alta fiebre “está por” una posible infección. Un dolor de cabeza “representa” stress, problemas cervicales y tantas otras opciones.

Si damos un paso más, de la mano de Peirce, el “ícono” es un tipo de signo que entabla una relación de semejanza con el objeto. Por ejemplo, una fotografía. Pienso entonces, con estas herramientas de lectura a mano, en los signos visuales que el macrismo ha ido diseminando -no se escape aquí la premeditación estratégica en la disposición de los elementos- a lo largo de los últimos meses del año. ¿Dónde encontrar esos elementos, esos signos? En el despliegue del discurso mediático con sede fuerte en las redes. Pero aquí, con una vuelta de tuerca. El entramado virtual del discurso macrista aprovecha cada detalle doméstico, personal, para convertirlo en un signo político -pero asordinado, con un peso ahistórico, como un producto light, vacío de nutrientes-. Basta con explorar las cuentas de Facebook o Instagram de varias figuras públicas, para rastrearlo. Aquí, algunos ejemplos.

Desde hoy, de martes a domingos, Buenos Aires Playa te espera en el Parque de los Niños (Av. General Paz y Av. Cantilo) y el Parque Indoamericano (Av. Escalada y Av. Castañares). Vas a poder disfrutar de juegos de agua, espacios para hacer deporte, música en vivo y mucho más. La entrada es libre y gratuita. ¿Qué esperás para venir?

Página Oficial de Horacio Rodríguez Larreta (07/02/2018) (https://www.facebook.com/horaciorodriguezlarreta/)

 En el nivel discursivo, descuella el personalismo en el uso de la segunda persona del singular, recurso ya establecido en la propaganda macrista: “¿Qué esperás [vos] para venir? No “ustedes”, no “el pueblo”, ni siquiera “la gente”. “Buenos Aires playa te espera [a vos]”, una concepción individualista que salta a los ojos críticos como marcada ausencia de idea de colectividad y al ojo simpatizante con las actuales políticas, como una oportunidad, como un ítem de compra. Por otro lado, ¿dónde se emplaza esta “playa”? En el Parque Indoamericano, terreno ganado a través de violentos desalojos. Una historia de espejos y espejismos cubre a otra, de lucha y represión. Palimpsestos. El video que promociona esta playa muestra la polémica pileta pintada. Una suerte de riñón de celeste mediterráneo que, desde las alturas de la percepción -¿drones, aviones, turistas que sobrevuelan la ciudad?- parece una pileta de natación. Un signo nuevo en el verano macrista: un espacio acuático, de natación pero sin agua y sin profundidad. Volviendo al inicio de la nota, nos preguntamos: la pileta pintada, como signo, está en lugar ¿de qué? Podemos ensayar una respuesta lineal pero plausible: está en lugar de la ilusión. Una ilusión de realidad causada por la presencia de un objeto. Roland Barthes explica este “efecto de realidad” y cómo funciona en la novela realista europea del siglo XIX. Dicho efecto, dicho artilugio, lleva al lector a la ilusión de situarse en un lugar real y concreto, en una época, en un ámbito sociocultural específico. Por ejemplo, un gran reloj de oro en la sala de una casa constituía signo de clase, de poder, de riqueza y vinculaba al lector con ese contexto. Lo hacía verosímil, si bien el reloj en sí no cumplía ninguna función en la historia: no modificaba la trama, no incidía en las acciones de los personajes, no colaboraba ni entorpecía el relato. Sólo estaba allí para causar efecto, artificio, representación. La pileta pintada del verano macrista 2018 cumple esta función. Un “como si” pero, por fuera de la ficción, perverso en su funcionalidad social y propagandística. Los signos no están aislados. Al lado de la pileta de mentira podemos colocar, como si construyéramos un gran relato, las cuidadas y políticamente asépticas fotos de la primera dama, Juliana Awada, en su cuenta de Instagram: la pileta falsa se entronca con las fotos de la familia presidencial: en la huerta de la residencia de Olivos, tirados en el pasto con la niña, en el exclusivo predio de Villa La Angostura, desembarcando vestida de gamas de blanco -Awada- en la reciente visita a Moscú. Esos signos están en lugar-todos ellos- de una cuidadosa, medida, premeditada, gestación de ilusión. En su función representacional velan la historia, los sucesos y las ideologías. El pensamiento crítico, de un lado, los espejitos y espejismos, del otro.

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