La Felicidad – Parte II

Katia B. Novella Bosio
Berlín, Alemania

La mención más antigua que se conserva sobre la felicidad es del siglo VIII a.C., y está ligada a la tragedia griega. Para los griegos -y también para los romanos paganos- la felicidad era algo que simplemente sucedía, no se podía hacer nada para conseguirla. Había una conjunción entre la suerte y la dicha.

Y, curiosamente, esta relación entre la dicha y la suerte marcó el nacimiento de diversos vocablos en la mayoría de las lenguas indoeuropeas para designar este concepto. Happiness proviene del inglés medio, happ significa ocasión, fortuna. El término francés, bonheur, procede de bon (bueno) y heur (suerte y fortuna). En italiano, español y portugués, felicità, felicidad, felicidade, derivan del término latino felix, que a veces significa suerte, y otras destino.

Aunque ya en los albores de la humanidad se empieza a relacionar la felicidad con el azar, la mayoría de las palabras que surgen para denominar este concepto aparecen recién en la Edad Media, una época donde había condiciones de vida terribles: miseria, hambrunas, epidemias, guerras, tiranías, y una fuerte violencia en las relaciones interpersonales. Pocos motivos había para ser felices, salvo la propia sobre vivencia y Dios. En la Edad Media no todo el mundo tenía derecho a ser feliz, pero sí a albergar la esperanza de serlo en la otra vida. Y por esa recompensa la gente soportaba todo tipo de sufrimientos.

Pero atención: no se trató de una ‘ideología’ inventada ex novo por la filosofía cristiana ya que el cristianismo estableció una asociación apuntada ya por Platón y Aristóteles, entre la felicidad y Dios. La diferencia con el pensamiento platónico y aristotélico, que consideraba la felicidad como contemplación de Dios a través del conocimiento y la práctica de la virtud, fue que el cristianismo asoció la felicidad ‘para todos los virtuosos’ con los paraísos prometidos.

El Renacimiento hace tambalear esta idea de la felicidad. Al menos para los intelectuales de la época, el centro del mundo deja de ser Dios, y comienza a perder sentido la idea de que la felicidad está en el cielo.

Los estudiosos apuntan que este cambio de perspectiva fue debido al avance tecnológico que se produjo a finales de la Edad Media y que permitió a los europeos mejorar su la calidad de vida.

A partir del humanismo, en el siglo XV, con las corrientes vinculadas a los epicúreos, se vuelve a ligar el placer a la felicidad. El filósofo itálico Lorenzo Valla, y más tarde el pensador británico John Locke (considerado el padre del empirismo y del liberalismo moderno), pensaban que la felicidad era el máximo placer que se podía obtener. Es en esta fase histórica cuando la felicidad comienza a tener un significado más social y se entiende como un estado placentero que se puede extender a un gran número de personas. Aún así, es muy probable que la mayor parte de las personas supiera entonces que ese estado estaba reservado solo a unos pocos privilegiados. De hecho, es recién en el siglo XVIII, en la época de la Ilustración, cuando se comienza a difundir la idea de que todos los seres humanos tienen derecho a la felicidad.

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