La Importancia del Asombro

Por Marta Abergo*

Nada más triste que no sentir el asombro. El mundo se vuelve opaco, de una uniformidad exasperante. Cuando todo resulta obvio y evidente, nada sacude la monotonía cotidiana. Todo parece parte de un mismo paisaje que creemos eterno. Y todo se «naturaliza» en ese paisaje: la frivolidad, la injusticia, la deshonestidad, la violencia…

Hace 2400 años, Aristóteles sostuvo que todos los hombres tienen el impulso de conocer y, en ese sentido, que son todos filósofos (amantes del saber). Aunque no hagan de la filosofía un oficio o un (dudoso) medio de vida.

El asombro es el primer paso. «En efecto, el asombro ha sido siempre, antes como ahora, la causa por la cual los hombres comenzaron a filosofar. Al principio se encontraron sorprendidos por las dificultades más comunes. Después, avanzando poco a poco, plantearon problemas cada vez más importantes, tales como aquellos que giran en torno a los fenómenos de la luna, del sol o de los astros, y finalmente los concernientes a la génesis del universo. Quien percibe una dificultad y se asombra, reconoce su propia ignorancia.» (Aristóteles, Metafísica, I, 2, 982b)

Asombrarse es preguntar y preguntarse. Es el primer paso para no aceptar las respuestas habituales, «lo dado», lo que se nos aparece como la única realidad posible y con la cual no podemos sino conformarnos con distintos grados de resignación.

Sin embargo, a pesar de su importancia, el asombro es sólo el inicio de un arduo recorrido. Porque buscar nuevas respuestas a viejos males no es un camino sencillo ni que pueda emprenderse en soledad. Se torna imprescindible hacerlo con otros.

*Profesora de Filosofía U.B.A.
Tel. 4208 4126