La noche y las librerías…

La atmósfera es húmeda y pegajosa. Sobre la Corrientes peatonal los cuerpos avanzan cansinos al ritmo de una noche de domingo con una temperatura que acusa 38 grados. No se visualiza clima festivo, ni algarabía, solo el cotillón institucional y las sonrisas impostadas del personal contratado para el evento. Bajo un cielo que amenaza aguacero, se celebra una nueva edición de “La noche de las librerías”. Los duendes inspiran la lectura, los libros se ofertan en escaparates dispuestos en las veredas. Manos inquietas revuelven y miradas atentas escrutan los títulos.

Este año de miserias económicas “La noche…” se ha desplegado más allá de la Corrientes peatonal. Se adentra dos cuadras por Balvanera y llega hasta Junín. Este año, también, predominan los azules en lugar del característico amarillo taxi del oficialismo porteño. Y este año, las mujeres de la literatura han copado la parada. Cada escenario lleva el nombre de una escritora argentina.

Corrientes se ha hecho peatonal de lado a lado y el tosco cantero central que la divide se convierte es un mamotreto difícil de sortear. El único servicio que presta es la posibilidad de apoyar asentaderas entre el entramado de plantas silvestres. En las intersecciones de las calles se han dispuesto sillones, sillas y otros adminículos alrededor del escenario, donde algún literato o literata hará su acting y pondrá su cuerpo para que sea devorado por las miradas transeúntes.

En el bar La Paz un grupo de pensadores invita a imaginar mundos nuevos a partir de la filosofía. Como si se tratara de caramelos, reparten temas trascendentes: la nada, el amor, la violencia y el compartir. Reciben a cambio conclusiones inverosímiles y una divagación inconclusa sobre las ventajas y desventajas del compartir. Sorprende la ilación de incoherencias que un individuo o un grupo está dispuesto a hilvanar ante un micrófono.

El escenario o “living” Silvina Ocampo está dispuesto en la intersección de Montevideo y Corrientes. Allí se plantea, a manera de dilema filosófico, la incomodidad que experimentan literatos y literatas “viajeros” a la hora de escribir. Como si se tratara de un reality show, una de las escritoras invitadas hace un dramático despliegue del incordio tecnológico que soporta en cada viaje. No quiero saber quién es ni cómo se llama ni qué escribe. Huyo.

Cien metros más adelante, sobre el escenario Alfonsina Storni, un veterano rockstar propone proclamar prócer a Federico Peralta Ramos. Mientras dice esto, un batallón de insectos sobrevuela por encima de las acaloradas testas espectadoras y se encamina hacia la hilera de baños químicos, instalada por Rodriguez Peña al sur. “¡Abejorros!”, grita uno. “Alguaciles”, dice otro. “¡Son las libélulas de Federico!”, exclama un último fan.

Cruzando Callao, una mesa de ping pong y dos mini tribunas ofician de “estadio” Hebe Uhart. Allí los autores y las autoras hablan de lo que más les gusta hacer ante un público inexistente. Cincuenta metros más adelante se desarrolla un campeonato de go y otro de ajedrez. Este es el único sitio donde la concurrencia se muestra nutrida y atenta. En el escenario Alejandra Pizarnik dispuesto al oeste -donde comienza o termina el recorrido-, una soprano interpreta canciones de Disney y de la Novicia rebelde, colapsada por la alarma antirrobo de un automóvil.

El recorrido temático de “La noche…” se ha alargado y los cuerpos aletargados deambulan exhaustos de esquivar bolardos. Cuando tienen la oportunidad, desparraman su humanidad en la intemperie de los “livings”. Si no escudriñan escaparates y mesas de oferta o entran en malón a las librerías para sorber un poco de aire acondicionado. El millón de programas impreso para “La noche…” es usado para apantallar el aire. Incomprendidas, las palabras caen sobre el pavimento y se evaporan.

Aturdidxs, cansadxs y acaloradxs libreros y libreras intentan vender algo que les ayude a soportar el desaguisado financiero resultante de la crisis económica macrista. “No era necesario gastar millones para hacer esta megapeatonal, ni blindar contenedores, ni sacar las mesas de los bares a la vereda. Con implementar una serie de políticas para el sector, fomentar la lectura y redistribuir la riqueza se acaban nuestros problemas y los de la mayoría de la gente”, comenta un legendario librero de Corrientes que, para prevenir represalias, pide no ser nombrado. El resto de los libreros y libreras consultados coincide con él.

“Todo esto es un montaje para hacer un espectáculo de un arte, que no es de por sí espectacular. Nadie lee a la vista de un público. Nadie escribe a la vista de un público. La escritura y la lectura son actos solitarios y de introspección. ¿Por qué exponer a los escritores y escritoras como divos o divas en los escenarios? Montar ese espectáculo sólo tiene sentido para vender. ¿Pero entonces qué es lo que se está vendiendo? Se venden imágenes, sonido, gestos y luces, una ilusión. Los libros no”, dice Gabriel Luna, autor de La Otra Historia de Buenos Aires.

Comentarios

  1. Que buen análisis. Sociología de este medio pelo culturalizado. Felicitaciones por tan acertada nota. Carlos maria romero sosa

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