La Otra Historia de Buenos Aires

Antecedentes
Parte III

por Gabriel Luna

Tras el arribo a Sevilla de la malograda expedición de Solís, el 4 de septiembre de 1516, un juego de exclamaciones se extiende desde el Puerto y la Casa de Contratación por tabernas, plazas, calles, ferias, casas, palacios, chabolas, iglesias y lupanares. ¡No está el capitán! ¡Ha muerto el piloto mayor de España, don Juan Díaz de Solís! ¡Ha muerto allá, en la lejanía del mundo! Hubo una tormenta oceánica y un naufragio donde se perdió una carabela y su tripulación. Hay un bando con el listado de esa tripulación y la gente pregunta por parientes y conocidos, rodea al pregonero que dice: Alejo García… Cristóbal Cevallos…Y siguen los nombres. Pero no ha sido en esa tormenta donde murió don Solís. Fue de una manera muy distinta. Ocurrió en un mar dulce, dicen, a la orilla de un río ancho y apacible. Solís y ocho tripulantes habían desembarcado y fueron atacados por un ejército invisible. ¡Miles de salvajes aparecieron de la nada y los rodearon en menos de lo que canta un gallo! ¡No quisieron rosarios, espejos, gorros rojos, ni conferenciar, ni besar la cruz! ¡Los mataron sin piedad a flechazos! ¡Y no resucitaron como San Sebastián! Eran tantas las flechas que los cuerpos quedaron irreconocibles, como enormes puercoespines. Se salvó únicamente el grumete Francisco Puerto, que se fue a vivir con los indígenas, pero eso los sevillanos no lo supieron hasta mucho después. Volviendo a la escena y las exclamaciones, los salvajes recuperaron las flechas. ¡Trozaron los cuerpos y se los comieron! ¡Comieron a Solís, a un cartógrafo, a un cura, y a seis más! A la noche, quedaba en la orilla sólo una hilera de brasas y la amenaza de un ejército invisible capaz de trepar a los barcos españoles para seguir comiendo.

Esta escena, escuchada miles de veces y leída sólo por decenas (porque la mayor parte de la población era analfabeta), llega semanas después hasta Flandes, donde el joven y nuevo rey Carlos I (que no conoce España) está organizándose con sus asesores y por tomar posesión de los reinos de León, Aragón y Castilla, heredados de su madre y de su abuelo Fernando II (el que le había encomendado la expedición a Solís). Carlos I, de entonces 16 años, retiene de la escena -además de la truculencia- que su abuelo y Solís habían muerto con poca diferencia de días.

En 1517 Carlos I arriba a España desde Flandes con una escuadra de 40 navíos, pasa por Tordesillas para visitar a su madre, la reina Juana “La Loca” -que guarda luto perpetuo y duerme junto al cadáver de su marido, el rey Felipe “El Hermoso”, muerto hace diez años-, y llega a Valladolid, donde es recibido con gran pompa por el pueblo y los militares, pero con reticencia del clero hacia lo flamenco.

Y en 1517 el marino Fernando Magallanes llega a Sevilla desde Portugal, con cartografía secreta y una expedición ambiciosa para proponer a Carlos I, algo que “superaría todo lo visto y cimentaría por siempre el poder marítimo y el imperio comercial de España”. ¿Quién era este personaje mágico?

Magallanes, bajo de estatura, morocho y cojo, era noble portugués y había servido a su Corona en la gran Armada de las Indias. Que fue la 7º escuadra enviada por Portugal a la India, desde que Vasco de Gama descubrió la Ruta de Oriente, bordeando África por el Atlántico y conectando después con el océano Índico. Esta escuadra de 22 barcos bien artillados, tripulación de mil hombres más mil quinientos soldados, tenía por objetivo asegurar a Portugal el monopolio de las rutas marítimas del océano Índico y el golfo Pérsico. Es decir: incluir a Portugal en el comercio de las medicinales y sabrosas especias, que hasta entonces importaban a Europa sólo los árabes y los venecianos, con enormes ganancias. Magallanes se alistó como oficial a los 25 años en esa escuadra, asoló los puertos africanos e indios, levantó fortalezas y participó en batallas terrestres y navales contra los árabes y los nativos, hasta consolidar el dominio e imponer un virrey portugués en la India. Luego, algunos barcos de la escuadra volvieron a Europa cargados de especias; llegaron otros barcos. Y Magallanes junto a su primo Francisco Serrao participaron en una expedición desde la India a Sumatra, para hacer una base allí y después llegar hasta Indonesia, al archipielago conocido como el Maluco o Moluco, o como las Islas Molucas, las codiciadas Islas de las Especias. Intentaban obtener el producto de primera mano. Batallas de por medio, los portugueses conquistaron en Sumatra la pequeña ciudad de Malaka. Francisco Serrao quedó allí y Magallanes volvió a la India y luego a Europa, tras siete años de navegar y batallar. Volvía con un pequeño botín, heridas de guerra, y con un esclavo malayo llamado Enrique que compró en Sumatra.

Ya en Lisboa, aunque su desempeño fue alto y Magallanes pertenecía a la nobleza, no tuvo el reconocimiento del rey Manuel I. Mientras tanto Francisco Serrao llegó a las Islas de las Especias y se estableció. Magallanes volvió a navegar y participó en la gran batalla de Azamor en Marruecos -cuando se rebelaron los árabes del yugo portugués en 1513-; y pese a resultar triunfante, perder su cabalgadura y haber sido herido quedando cojo de por vida, tampoco lo reconoció el rey. Recibió entonces carta de Francisco Serrao desde las Islas Molucas y fue una conmoción. A partir de esa carta se recluyó en Lisboa, estudió cosmografía con Ruy Faleiro -el astrónomo y geógrafo más importante de Portugal- y reunió todos los mapas recientes que pudo. Faleiro encontró el plano de un alemán llamado Schöner, partícipe de una expedición secreta portuguesa, que consignaba un estrecho transoceánico en América del Sur. Magallanes recibió otra carta de las Islas Molucas, que adjuntaba mapas. Faleiro y Magallanes pidieron audiencia con el rey Manuel, que les fue negada dos veces; y a la tercera, el rey menospreció el proyecto de expedición, dio literalmente la espalda a Magallanes y desplazó a Faleiro de la universidad de Lisboa.1

En 1518 Fernando de Magallanes y el cosmógrafo Ruy Faleiro, ya radicados en Sevilla y convertidos en súbditos españoles, presentan su proyecto en la Casa de Contratación. Y dicen exactamente lo que los funcionarios quieren oír. Las Islas Molucas están ubicadas en el hemisferio que le corresponde a España según el Tratado de Tordesillas. Se puede llegar a ellas navegando hacia el oeste y atravesando un paso interoceánico que hay en América del Sur. También se puede, una vez poseídas las Molucas, cargar las especias y, siempre navegando hacia el oeste, llegar a China, Sumatra, a la India, ¡tal como lo soñaba Colón!, y volver a Sevilla circundando África. ¡Ellos llevarían a cabo el sueño!

Juan Aranda, funcionario de la Casa de Contratación, gestiona una audiencia real. Y Magallanes y Faleiro viajan desde Sevilla a Valladolid para presentar a Carlos I la maravilla, algo que “superaría todo lo visto y cimentaría por siempre el poder marítimo y el imperio comercial de España”. Van con un globo terráqueo, el mapa secreto de Schöner, los instrumentos de navegación de Faleiro -para precisar longitudes y latitudes-, copias de los planos de Solís y otros pilotos, y las cartas de Francisco Serrao, adjuntando los mapas de las codiciadas Molucas o Islas de las Especias.

Carlos I, de brillante figura y nieto de los reyes católicos que apadrinaron a Colón, tiene apenas 18 años, sabe poco de náutica -su única experiencia ha sido el viaje con la armada desde Flandes, que perdió el rumbo por una tormenta y terminó en Asturias y no en Santander, adonde iba-. Carlos es alto, rubio, de mentón prominente (bien flamenco), habla poco castellano y menos portugués; y mira con curiosidad a Fernando Magallanes, ese hombrecillo inquieto, morocho y cojo, que habla -como él- un castellano lerdo, mientras le tiende un globo terráqueo donde hay dibujada una trayectoria. Todo parece asombroso. Carlos I y su paje, el joven noble Pedro de Mendoza -que años después también sería nombrado adelantado por el mismo rey, y tendría una flota mayor que la de Magallanes- siguen minuciosos esa trayectoria. Todo parece estar bien. El globo pasa de manos y hay una larga exposición del cosmógrafo Faleiro, no dirigida particularmente al rey sino a sus asesores flamencos y castellanos, a quienes se ha sumado fray Bartolomé de las Casas, filósofo, humanista, historiador y también navegante del Nuevo Mundo. De las Casas pone el dedo en una zona algo difusa del globo y pregunta. ¿Qué ocurrirá si no hay paso entre los mares? La pregunta tensiona. Magallanes, apoyado en la cartografía, responde que sí lo hay, habla de explorar a fondo el río ancho de Solís, de explorar más al sur, de llegar al paralelo 70º S si fuera necesario (esto es en la Antártida); y si no lo hubiera, entonces seguiría la ruta portuguesa y tomaría igualmente posesión de Las Molucas.

Pero debe haber un paso, todos coinciden en esa creencia porque es la más conveniente (para ellos). España y sus funcionarios aumentarían su poder, desplazando a Portugal y extendiendo un imperio comercial en Oriente. Magallanes y Faleiro obtendrían la gloria. Y Carlos, disfrutaría el traspié de su pariente, el rey Manuel, que (según Carlos) había intentado desheredarlo y todavía seguía hostigándolo.2

Magallanes hace leer fragmentos traducidos de las cartas de su primo Francisco Serrao -felizmente establecido y amancebado con una bella nativa en las Molucas- que dan cuenta de la excelencia, diversidad y abundancia de las especias. Y llegan hasta los oyentes los bosques fragantes de nuez moscada y clavos de olor, las enredaderas interminables de pimienta; y la temperatura ecuatorial, el mar azul, los paraísos terrenales, la ingenuidad y mansedumbre de los nativos, las ropas livianas y la tibieza -mientras que en Valladolid es invierno-. Tras la lectura se exhiben en una mesa redonda cubierta con damasco los dibujos y mapas de Serrao y otros tantos mapas de Faleiro, que indican las formas y ubicación de las Islas.

Magallanes (con toque escénico) presenta finalmente a Enrique, su esclavo de Sumatra, un joven moreno que entra en la sala ataviado con brillantes sedas indias, hace una reverencia profunda al rey, y habla en malayo, en portugués y castellano. Enrique dice que es originario de las Molucas (cuando en realidad proviene de Malaka, Sumatra) y dice con voz bien articulada que él servirá de intérprete en la futura expedición, y hace otra reverencia.

El proyecto resulta auspicioso aunque Magallanes y Faleiro sean portugueses y haya cierta hostilidad y una fuerte rivalidad militar y comercial entre España y Portugal, a pesar de la diplomacia, del acuerdo de Tordesillas, y de las uniones matrimoniales entre las coronas. La ventaja para la Corte de Valladolid consiste en servirse del conocimiento náutico y secreto sobre la ruta oriental a las Indias trazada por los portugueses y además, de la información reciente y de primera mano sobre las Islas de las Especias. Una desventaja resulta la desconfianza: Magallanes y Faleiro no dejan de ser portugueses pese a haber renunciado al rey Manuel y convertirse en súbditos de Carlos I; pero esta desconfianza puede mitigarse con el control. Otra ventaja es la enorme riqueza que supone el proyecto. Las especias, que recorren miles de kilómetros expuestas a cientos de riesgos y pasan por más de diez intermediarios, cobran un valor inusitado al llegar a Europa. Un pequeño saco de pimienta, de clavo o canela, equivale a los jornales de toda la vida de un marinero. Un tonel puede pagar un barco, y seis toneles toda una flota. La riqueza resulta fabulosa si se considera que un solo barco puede cargar cien toneles. Los granos de pimienta se usan como moneda. Y el rey necesita dinero para sostener y extender sus dominios, y dinero para distribuir entre sus electores si quiere ser nombrado Emperador del Sacro Imperio Germánico, título por el que compite con Enrique VIII de Inglaterra y Francisco I de Francia. Por otra parte -y esta es otra ventaja-, la Casa de Contratación de Sevilla ya ha encontrado la forma de financiar la expedición. Cristóbal Haro, un comerciante de especias y banquero de las casas alemanas Fúcar (Fugger) y Bélzar (Welser), prestaría a Carlos I la mayor parte del dinero y aportaría además las mercaderías para ser trocadas por especias.

El rey y la Corte aceptan el proyecto y firman con Magallanes y Faleiro las capitulaciones o contratos de la expedición el 22 de marzo de 1618. Ambos serían capitanes generales de la flota, adelantados y gobernadores de las tierras que descubriesen para España, tendrían títulos hereditarios, y obtendrían el 20 % de los beneficios que esas tierras produjeran. El rey pagaría los barcos, los pertrechos, los bastimentos, más los sueldos de la tripulación. Obtendría, si los hubiera, el 80 % de los beneficios. Y nombraría inspector general de la flota a un jefe contable de la Tesorería Real, para decidir y controlar todas las transacciones comerciales de la flota, quien vigilaría además -como si fuera una autoridad paralela a los capitanes- el cumplimento de las instrucciones y mandatos reales sobre el comportamiento de la tripulación y el trato a los nativos (queda aquí de manifiesto el control por la desconfianza, y la injerencia de fray Bartolomé de las Casas por los derechos indígenas).

Todo parecía resuelto en el control de la expedición, en lo político y en lo económico. Sin embargo, el gran inconveniente sería geográfico, ocurriría en las zonas difusas de ese globo terráqueo que señalaba De las Casas durante la audiencia. Magallanes y Faleiro no sabían -pese a la cartografía secreta- si realmente había un paso interoceánico. No sabían de las tremendas galernas y tormentas del Atlántico Sur. Y lo que es peor, no conocían la extraordinaria dimensión del océano Pacífico. La tierra era redonda pero más grande de lo que suponían. Habían ubicado a las Molucas más al este de lo que estaban. Suponían que a partir del paso las encontrarían en pocos días. Si Magallanes hubiera sabido que a partir del estrecho tendrían que navegar veintitrés mil kilómetros hacia el oeste hasta encontrar tierra, jamás hubiera emprendido esa expedición. Era una distancia tres veces mayor a la de los viajes de Colón, algo inconcebible.

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1.  Más allá de que existiera animadversión del rey hacia Magallanes y Faleiro, la Corona portuguesa no tenía interés por una nueva ruta a las Islas de las Especias. Ya tenía una, trazada por Vasco de Gama y con sus puertos de escala, consolidados por 7 expediciones y sus respectivas batallas.

2. Manuel I se casó con dos tías de Carlos. Primero, con Isabel de Aragón, y a la muerte de ésta y de su hijo Miguel (que hubiera heredado, en vez de Carlos, los reinos Castilla, Aragón y Portugal) se casó con María de Aragón (cuñada de Manuel y tía de Carlos) y tuvieron muchos hijos, uno de ellos fue Juan (que llegaría al trono como Juan III).
Después de la muerte de María de Aragón, Manuel I, ya en edad avanzada, debía abdicar a favor de su hijo Juan; pero no lo hace y decide casarse otra vez, ahora con la prometida de Juan, que es nada menos que Leonor de Austria, la hermana de Carlos.
La escena de la audiencia con Magallanes ocurre en esta circunstancia.

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