Los 38

por Helena Pérez Bellas

Cumplo 38 años y ya no cuento los años como antes, los cuento a partir de todos los años en los que mi mamá no está. El tiempo, que no es lineal, se desdobla de maneras que pensé nunca iba a conocer y la vida íntima se mezcla con algunas cuestiones que se parecen a la ciencia ficción y creo o al menos espero de corazón, que sea una buena manera de salir de la literatura del Yo.

Ayer me volvieron a cortar la luz y como no supe qué hacer no hice nada. Creo que en algún momento de la tarde me dormí una hora pero el frío no me dejo dormir del todo, así que no tengo certezas sobre eso. Cuando me levanté seguía sin luz pero hice lo que tenía que hacer, bañarme para sacudir el frío, ponerle la comida a la perra en el comedero, sacar las velas de la heladera dónde las escondo de las perra, que desarrolló un gusto por destrozarlas, y esperar, cultivar la paciencia, hacer lo que mejor se hacer. Bancármela.

El año pasado para mi cumpleaños clavaron 2 grados y un paro nacional, y este año ¿qué me espera? Cumplir años se cumple de muchas maneras; y también hace 1 año que me fui por primera vez a Salta, sin nada pero con todo para empezar de nuevo. Supongo que fugarse no es lo mismo que escapar o también puedo decir que me estoy mintiendo. Seguramente lo haga. Hace muchos años para una fecha similar la conocí a Fabiana y me acompaño muchos años de mi vida en un psiconálisis infinito, agotador, y con un alta confirmada. Volví a las pocas horas de la muerte de mi mamá porque Sebastián no sabía qué hacer pero al final supo. Hablamos dos horas, o algo así, después me senté en el jardín botánico y lloré lo que tenía que llorar. Miré a la gente pasar pensé qué tarados, van por la vida y no calculan nada relacionado con la muerte. Después vinieron días en dónde no sé muy bien qué pasó y creo que está bien no saber. Pero creo que ahí, hace ya unos años -así en plural-, empecé a tener un asco por la Ciudad, sus maneras, la vida en general; un asco bastante primario, como cuándo alguien te da asco y no sabes explicar por qué pero la certeza existe. En los peores momentos las cosas toman cierta claridad, cristalizan. Lo triste es que no se puede hacer nada. Pero yo esperar sé, así que esperé un poco y después bastante más. Y un día me tomé un avión y me cambió la vida. Pero me cambió la vida porque yo así lo ordené.

Es un momento raro este. Soy muy joven para algunas cosas y soy muy grande para otras. Soy muy joven para ser escritora. Soy muy grande para el rock and roll. Soy muy joven para dejar Buenos Aires. Soy muy grande para empezar en otro país. Para mí, tuve veinte ayer y también los noventas fueron ayer y empecé a vivir sola hace unos días; no sé, yo iba a recitales y ahora quiero ir pero no voy, porque este es un momento raro. Si voy a ciertos recitales voy a delatar que soy grande, al mismo tiempo que dejo en claro que alguna vez fui joven. Es un momento raro este. Pensé que todas mis amigas iban a tener hijos pero nadie tuvo hijos. Mis amigos varones se separaron o nunca llegaron a poder separarse. Todo el mundo tira años como si fuera el peso argentino que no vale nada. Hay algo que se quemó en los noventas, una manera de vivir, una síntesis de la vitalidad. Todos los cartuchos se gastaron ahí, ahora no hay reservas. Camino por el Centro y no lo reconozco. No entiendo… ¿no había una disquería acá? ¿No estaba Ghandi? Acá me compré mi primer disco de Reincidentes y siempre me encontraba con alguien en la esquina de Zivals. Me paro frente a las cosas que ya no están, que fueron tiradas abajo. Se salía sin guita en los noventas, eso no va más. Para enamorarte tenés que tener plata. Va a venir alguien y me va a decir que no, que con el amor podés todo. Pero yo ya soy muy grande para creerme eso y muy joven para admitirlo con mi propia voz. Me pregunto, como César Aira, si toda mi vida no estuve haciendo literatura pensando que eso era vivir; y me digo que no, para que no me arrastre del todo la melancolía.

Cumplo todo estos años y algunas cosas las sostuve y otras no. Hace algunos años mientras me ocupaba de cepillar los gatos, Lai me dijo de ir a comer sushi a un lugar que creo que tampoco existe más. Tomamos un taxi y nos bajamos en la calle Julián Álvarez en la zona de Palermo. Yo tenía 25 años y estaba por cumplir 26, intentaba vivir sola. Hacer un taller literario era algo que jamás se me había cruzado por la cabeza. En ese departamento de planta baja a metros de Rivadavia y a una cuadra de primera junta escribí muchísimo para no publicar nada. El sushi no me gusta pero soy más obediente de lo que parezco. Al menos con algunas personas. El sushi vino en una especie de barco y los marineros eran los rolls. La cabeza del barco era un dragón. Hablamos de la guerra, nazismo, cuestiones paranormales y de mi juventud. Me dijo, ¿para qué escribir? Para nada, para todo, es algo a lo que todavía no le encontré la vuelta. Creo que publicás un libro, llega a la mesa le va bien, le va mal, seguro mal, obviamente mal, pero eso no es lo que importa. Es todo lo que te va a quitar. Vida primero. Juventud. Ahora cumplo estos años que cumplo pero puedo robar con que parezco de menos, pero una vez que escriba no. Todos los escritores tienen 45 años promedio, aunque tengan 23. Es así. Yo no hice las reglas.

Yo pensé que a esta edad ya no iba a hablar más con mis amigas de lo que tiene un hombre en la cabeza. Pero acá estamos. Analizando cosas que no logro entender del todo. No entiendo pero entiendo la fragmentación de las comunicaciones. Hay cerca de noventa maneras de mandar un mensaje pero vas por la calle y la sensación de ser invisible es atroz. A veces creo que si mando un chat más me voy a volver loca. Compré un chip y lo tiré. Me enorgullece y la verdad que no. No puedo con eso. Creo que si abro una puerta más a una nueva manera de recibir mensajes voy a desaparecer en el medio de la nada. Fuerzo las cosas en un punto, lo admito. Si alguien queda en algo conmigo tiene que ir, no tiene manera de avisarme que no va a ir. Así que tiene que ir. Está bien o está mal, es capricho o es ley. Yo lo veo más bien como un acto de confianza. Podés elegir confiar en mí, porque voy a estar. No soy un conjunto de bits que se desvanece en una promesa online. Yo soy lo táctil.

Sigo yendo a la sala Lugones con la esperanza intacta, la vida es buena conmigo. Miro a las parejas o me miro a mí en pareja. Truffaut decía que en el amor las mujeres son más precisas que lo hombres, que se encuentran preocupados en los problemas sociales y toman la llegada del amor como una emoción fuerte pero al mismo tiempo vaga. Sigo pensando que el capital de las mujeres es el orden que le dan, le damos, al amor. El amor si es bueno ordena todo a su alrededor. Si las mujeres dejan de amar no queda absolutamente nada. Detecto que algo así está pasando y no me extraña. En un punto lo comprendo y lo comprendo desde estos años que cumplo. Por la experiencia, por lo vivido, por lo llorado, por lo dejado atrás. Por la cantidad de veces que vi una mirada vacía del otro lado o las noches que paso al día de hoy sosteniendo a una amiga. Pasan a los años, lastiman a las mujeres. Pero pasan los años y también aparecen expresiones de lo diferente; y un aura de atrevimiento promueve que un día no te lastimen más. No digo que sea fácil, pero de todo se sale hablando. Una chispa, un diálogo, una palabra, algo en común. Después las cosas se hacen solas, se construyen con su propia fuerza alrededor de la alegría de darle al otro las llaves del mundo propio.

Ya pasaron 24 horas y estoy esperando para cumplir otro año más. Me gusta la vida con la misma intensidad que me gustaba a los 15 años. Eso no cambió. Me gustaría hacer las cosas mejor y dentro de lo posible no fallarle a nadie. Nunca pensé que me iban a interesar las cosas chicas de la vida pero son las únicas que me interesan. No enfermarme, no hacer sufrir a nadie, no ser cínica aunque lo sea, querer mucho a quienes me quieren, usar protector solar, comprar flores. Fui feliz todos los días en las circunstancias más adversas. Aunque sea un minuto. El sábado compré flores en Almagro. Dos ramos de flores para mí. La síntesis de estos años es que yo soy mi propia persona. Y me voy a tratar bien. Como planeo tratar a todas las personas en las que pienso cuando escribo todo esto.

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