Muerte y calle

Cuando un muerto más cuenta como un pobre menos
La hipotermia se desarrolla cuando el cuerpo pierde más calor del que es capaz de producir. La piel se torna pálida y el cuerpo tirita para no perder el calor, pero este temblor tiende a desaparecer a medida que el frío se intensifica. Entonces la respiración se hace cada vez más lenta y se entra en un período de letargo o somnolencia, hasta que el corazón deja de latir y se produce un estado de coma. Cuando el frío congela el cerebro, la persona muere.

La muerte de Sergio Zacariaz, en la madrugada del 1º de julio, le estalló en la cara al Gobierno porteño. Desnudó la indiferencia estatal. Zacariaz murió congelado en la calle, a escasas cuadras de la Casa Rosada, en plena City porteña, a quinientos metros de Puerto Madero, en el corazón de la metrópolis más rica del país. Era una de las 7251 personas en situación de calle en una ciudad que tiene el 20% de su parque habitacional ocioso, es decir, 285.000 viviendas vacías

Sergio Zacariaz seguramente jamás imaginó protagonizar revuelo alguno. Quienes lo conocieron aseguran que era un hombre callado y amable. Resignado al dolor que implica vivir de cara a la indiferencia. Su muerte, sin embargo, abrió un estadio de fútbol, puso en alerta a la población, reconstruyó lazos solidarios y activó nuevos mecanismos de ninguneo y ocultamiento de parte del poder estatal.

En los últimos dos años la cantidad de personas en situación de calle efectiva en la Ciudad de Buenos Aires se incrementó un 61%. Este dato se desprende del informe preliminar del Segundo Censo Popular de Personas en Situación de Calle. Mientras que en 2017 había 4494 personas en esta condición, en 2019 son 7251 las personas que habitan la calle, el espacio público o utilizan alguna red estatal de alojamiento nocturno.

La exposición constante al frío, permanecer con ropa húmeda y la carencia de una dieta rica de nutrientes, son causales de hipotermia. Sergio Zacariaz murió congelado, dos días después de que el Gobierno porteño lanzara por las redes sociales la campaña: “reclutando voluntarios para hacer recorridas quincenales de Prevención del Frío”. Siete días más tarde, aparecía congelado otro hombre en el pasillo de la guardia del Hospital Pirovano. “El Riojano”, como le llamaban sus compañeros de ranchada, había llegado hasta allí para refugiarse del intenso frío. Su cuerpo fue encontrado diez horas después, presentaba rigor mortis. “El Riojano” y Sergio Zacariaz vivían en la intemperie, al desamparo del Estado; es probable que no entendieran nada de redes sociales. Mucho sí, de indolencia y hasta de ese barniz que a los ojos de los funcionarios hace invisibles a los desamparados.

Ensayo general para la farsa actual
La reacción del Gobierno porteño ante estas dos muertes fue contundente. Mariano Goyenechea, a cargo de la Dirección General de Atención Inmediata, culpó a Zacariaz de su propia muerte, “no aceptó ayuda”, dijo. Los trabajadores del Programa Buenos Aires Presente desmintieron los dichos de Goyenechea. “Este año, durante las primeras semanas del denominado Operativo Frío tuvimos que salir a la calle sin elementos como comida, abrigo y demás insumos”, señalaron.

Guadalupe Tagliaferri, a cargo del ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat, insiste en que el hombre que apareció congelado en los pasillos de la guardia del Hospital Pirovano “era un paciente cardíaco crónico que se negaba a recibir tratamiento”. A confesión de partes, relevo de pruebas. La funcionaria explícitamente ignora que cualquier cardiopatía acelera un cuadro de hipotermia, al tiempo que implícitamente reconoce la falencia en el sistema de calefacción de la guardia de ese nosocomio.

El desamparo, ese espacio donde no cabe el relato
Pasar la noche en las veredas heladas, húmedas y desiertas de la Ciudad es una experiencia horrenda donde la peor pesadilla puede convertirse en realidad: desde ser rociado con combustible e incendiado por un psicópata, hasta recibir palizas de patotas de cuidadores urbanos, o morir de frío a pocos metros de la Casa Rosada o en el pasillo de la guardia de un hospital público.

Pasar la noche en la red paradores del Gobierno la Ciudad resulta ser una experiencia igualmente temeraria. Son lugares desangelados donde impera un régimen cuasi carcelario. Las familias son separadas: mujeres y niños duermen por un lado y hombres por otro. Antes de entrar, las personas son cacheadas, deben sortear un detector de metales y presentar su DNI. Tienen vedado establecer un punto de referencia en esos espacios. Ninguna de sus pertenencias puede quedar en el lugar. A las 7 de la mañana son arrojadas nuevamente a la calle, donde comienzan a recorrer la incertidumbre de no tener un techo donde pasar la noche. De las 7251 personas en situación de calle que habitan la ciudad más rica del país: 5412 duermen a la intemperie; 1340 pernoctan en establecimientos con convenio gubernamental y 641 lo hace en paradores o refugios.

A esta hora exactamente hay 871 niñes en la calle

Es honra de los hombres proteger lo que crece / Cuidar que no haya infancia dispersa por las calles / Evitar que naufrague su corazón de barco / Su increíble aventura de pan y chocolate / Poniéndole una estrella en el sitio del hambre / De otro modo es inútil, de otro modo es absurdo / Ensayar en la tierra la alegría y el canto / Porque de nada vale si hay un niñe en la calle.

Lejos de ser una metáfora, la letra de la canción de Mercedes Sosa es una descripción de la realidad. El 16% de la población en situación de calle efectiva son niñas, niños y adolescentes. Exactamente 871 almas. También, habitan la intemperie 40 mujeres embarazadas, es decir, 80 vidas.

La falacia de la meritocracia
La falta de trabajo y la imposibilidad de pagar un alquiler, arrojaron a la calle al 42% de las personas censadas. El 52% de esta población atraviesa por primera vez en su vida esta experiencia, en tanto que el 56% siempre habitó en la Ciudad de Buenos Aires. Estas cifras desnudan la falacia de la meritocracia. Son la muestra cabal de que la exclusión social es consecuencia de la falta de trabajo, la falta de políticas habitacionales, la falta de oportunidades laborales.

Según un informe de la Dirección de Estadísticas y Censos de la Ciudad, uno de cada cuatro porteños es pobre. En el último año la indigencia creció un 59%. Esta situación se podría revertir si existiera la voluntad política de hacerlo. La solución para los 64.000 hogares con ingresos inferiores al costo de una canasta básica alimentaria equivale tan sólo al 2% del presupuesto de la Ciudad.

Le hizo ¡crack! el hueso al final
La muerte de Sergio Zacariaz le estalló en la cara y el Gobierno porteño tiró una cifra, contabilizó 1146 personas en situación de calle en la Ciudad. Según el vice Jefe de Gobierno porteño, Diego Santilli, el Programa Buenos Aires Presente, que “durante las 24 horas del día se encarga de brindar atención social inmediata a las personas en situación de calle los 365 del año” (sic), cuenta con una planta de personal de 754 personas. Esta cifra es tan imprecisa como las certezas del titular del Ejecutivo. Horacio Rodríguez Larreta, asegura que en los paradores de la Ciudad sobran plazas, y no logra explicarse por qué la gente se resiste a concurrir a los mismos.

Los trabajadores precarizados del Programa Buenos Aires Presente, desmienten a ambos funcionarios. “El Estado no está ausente, está presente de una manera desidiosa, expulsiva”, dicen y desmienten la existencia de los 32 paradores, de las 2300 camas y de los 45 móviles para abordar la problemática de las personas en situación de calle, de los que habla la propaganda oficial.

Siempre que las políticas públicas estén planteadas sólo para resolver la voracidad del mercados financieros e inmobiliarios, un muerto más contará como un pobre menos.

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